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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

La publicación de El regreso pone fin a su serie de novelas de inspiración autobiográfica.

Con la publicación de El regreso (en Impedimenta) llegamos al tercer y último de los volúmenes que Stanislaw Lem dedicó a recrear sus vivencias durante la Segunda Guerra Mundial. Para hacernos una idea de lo que la serie tiene de autobiográfico, conviene conocer su intrahistoria, las circunstancias precisas en las que se escribieron estas páginas de inspiración autobiográfica. Páginas de las que acabaría arrepintiéndose, llegando a prohibir su reimpresión.

En su condición de judío polaco, Lem padeció todas las persecuciones, estigmas y maldiciones del siglo XX. Parte de su familia murió durante la ocupación nazi, en los campos de exterminio; él se libró gracias a unos documentos falsificados y consiguió trabajo de mecánico aunque había estudiado Medicina. Terminada la guerra, ejerció como ginecólogo en un hospital de Varsovia. Brevemente, porque pronto empezó a publicar.

Desde el principio tuvo problemas con la censura, ahora soviética. La primera entrega de esta serie no fue bien recibida por su retrato poco amable del comunismo. Así que en las siguientes, tuvo que ser especialmente cuidadoso. Estamos, por tanto, ante unas memorias autocensuradas, lo que en este caso es un inconveniente menor. Las novelas de Lem se aprecian en el tono, en la mirada, pero no le impiden reflejar de manera cristalina su peripecia durante aquellos años.

La capacidad de observación es extraordinaria. Y su testimonio, el de un testigo directo. Pero la experiencia no debió de serle grata. Tras la publicación de El regreso (1950) abandonó definitivamente el realismo. Para evitarse problemas se volcó en el especulativo, en la ciencia ficción “dura” donde, paradójicamente, acabó encontrando el vehículo perfecto para deslizar diatribas más o menos veladas que pasaban desapercibidas por tratarse de una literatura considerada “de evasión”.

Todo esto para explicar que Stanislaw Lem escribió más sobre lo que pudo que sobre lo que quiso. Y que, a veces, como aquí, tuvo que hacerlo no al dictado de su biografía sino de las autoridades. Pese a todo, estamos, sin duda, ante una obra importante. Como con los mejores testimonios de otros judíos supervivientes (Levi, Grossman…), adentrarse en Tiempo no perdido es emprender un camino tortuoso y macabro, con la cantidad esperable de miseria, desengaño y patetismo.

—M.A.