«Como si con la aparición de las primeras arrugas y de una cierta inseguridad en su equilibrio se borrara todo pensamiento, todo significado, toda esperanza, toda ambición, toda (como él le dijo mucho más tarde) pasión», reflexiona una de las protagonistas de los relatos de este volumen que reúne trece y de propina un epílogo que explica muy bien que no, que de eso nada. Ser vieja –la marca: no es lo mismo, aunque se parezca, ser viejo– no es estar muerta, no sentir, no pensar, no desear. Y esta autora que empezó a publicar muy mayor insiste en ello en cada cuento. Estas ancianas viven y, por lo tanto, aún quieren cosas, personas, experiencias. Las personas hacen y deshacen, cada cual en la medida de sus posibilidades, hasta que se mueren. Y estas señoras son la muestra. E. S.

