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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Un cartel a la entrada del convento advierte: no se admiten seculares. El internado británico Convento de las Cinco Llagas hace gala de su atmósfera autoritaria incluso antes de que uno ponga un pie en él. Nanda Grey, una niña de nueve años, hija de conversos, ha abrazado el catolicismo con un fervor precoz y accede a este microcosmos opresivo ardiendo en un agonizante deseo de ser como las demás. A pesar de ser una de esas alumnas que no puede evitar portarse bien, las monjas le recordarán constantemente que la obediencia va más allá de la intención. En Lippington, donde cada sala está bautizada con el nombre de un santo, una genuflexión con un desvío de medio centímetro ya es motivo para recibir de pulla sibilina.

Antonia White maneja el lenguaje con la precisión de un bisturí en Helada en mayo, publicada en 1933. De alto contenido autobiográfico —ya que la propia autora estuvo interna en un convento del que fue expulsada a los quince años, una experiencia que la marcaría de por vida—, la difusión de la novela provocó un terremoto en la época de entreguerras. La editorial Impedimenta rescata ahora esta joya (prácticamente desconocida para el público hispano), de estilo pulcro y minimalista, que recuerda a las obras de corte bildungsroman más tradicionales, si bien en esta ocasión se lleva a cabo a través de la experiencia femenina. Su aportación a la literatura ha sido interpretada como precursora de novelas como La campana de cristal de Sylvia Plath.

En las Cinco Llagas, donde no se fomentan las amistades entre niñas, todo son normas. Una delegada debe controlar que las conversaciones no sean demasiado enfáticas ni mundanas. “El mundo sobreprotegido, letárgico, esnob, autoritario y sensual-espiritual del convento escuela parece estar a años luz del Reino Unido del siglo XXI”, asevera la escritora Tessa Hadley en la introducción a la novela ambientada a comienzos del siglo pasado. En ese contexto, Nanda es incapaz de diferenciar qué opción es preferible: si la idea del peligro infernal o la perspectiva de hacerse monja, porque las religiosas, con su comportamiento cruel y mezquino, le dejan claro que trabajan para formar no a jovencitas bien dotadas ni esposas afables, sino a soldados de Cristo.

Nanda Grey se cobija en la literatura y en otras niñas, las menos pacatas y propensas a la sumisión, mientras va cumpliendo años y descubriendo emociones que, repentinamente, la embargan sin que pueda evitarlo. Su amiga Léonie de Wesseldorf alienta que su intelecto no se condicione por las estrictas creencias de las monjas, al garantizar que no existe una prueba racional de la existencia de Dios, al menos ninguna que tenga sentido para un filósofo. A medida que avanza el relato, la sombra del pecado acecha en cada página de esta sutilísima novela en la que su protagonista, desde el juicio del catolicismo, siembra una pequeña semilla de autodeterminación y amor propio que impiden que su voluntad se quiebre del todo, como la fe exige a todo devoto consagrado.

— Ane Araluzea, Pérgola, junio de 2025