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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Apenas pasó unas horas en Málaga, suficientes para celebrar el 25 aniversario de la tertulia de Rayuela, ejemplo de resistencia en un centro cada vez más saturado y franquiciado. Tatiana Țîbuleac (Chisináu, Moldavia, 1978), una de las sensaciones literarias del año pasado por la extraordinaria acogida de ‘El verano que mi madre tuvo los ojos verdes’, editado en español por Impedimenta, defiende la necesidad de proteger las librerías como espacios de reflexión en una época marcada por la instantaneidad, las pantallas y el ruido.

–Estamos en una librería que acaba de celebrar el 25 aniversario de su tertulia. En un tiempo de inmediatez como este, ¿qué valor cree que tienen estos espacios?

–Son muy importantes. La literatura necesita tiempo; necesita conversación, escucha. En un mundo tan acelerado, estos espacios permiten hablar de los libros con calma. Son lugares donde la literatura puede existir de verdad.

–¿Cuándo sintió que la literatura podía ser una forma de entender el mundo, algo más que un pasatiempo?

–Creo que lo entendí cuando me di cuenta de que no podía escribir. Durante siete años no pude hacerlo, entre mi libro anterior y el que publiqué en septiembre. En ese tiempo pasaron muchas cosas, pero lo más difícil fue no escribir. Todo lo que empezaba me parecía malo o falso, porque sabía cómo ‘debía’ sonar un libro. Escribía para impresionar, no para decir algo. Y ahí entendí que la escritura no es un adorno sino una parte de mi vida.

–¿Sus primeros libros nacen de esa urgencia?

–Sí. Antes de mis novelas escribí un libro muy corto, sobre inmigrantes que conocí en París. Yo también era inmigrante entonces. Ese libro no quise que se tradujera. Lo escribí muy rápido, con la necesidad de sacarlo de mí, de expulsar sensaciones, miedos, frustración. La lengua expresa esa urgencia. Creo que cada historia dicta cómo debe escribirse.

–¿Cómo ha evolucionado su forma de escribir?

–Cada libro es distinto. En uno vuelvo a mis raíces, a mi abuela, a mi madre, a las voces que escuché al crecer en Moldova. En otro la geografía es más amplia: personajes polacos en Reino Unido, historias que cruzan países… Y el último libro es muy personal, sobre mi padre y mi generación. No creo en la idea de reinventarse constantemente. Eso puede funcionar en la moda, pero no en la escritura. Siempre hay algo que permanece en lo que haces, aunque cambie la forma de contar.

«Nunca empiezo por la primera página. Esta vez solo cuando escribí una frase muy dura sobre mi madre supe que ese era el tono»

–Usted viene del periodismo. ¿Qué cambia al pasar a la literatura?

–En el periodismo hay límites. No puedes hacer lo que quieras. Pero en la literatura no entiendo la timidez. ¿Para qué escribir si no dices lo que necesitas decir? Para algunas personas, yo incluida, es la única forma de expresarse. De hecho, odio hablar. No hablo bien. A veces los lectores se decepcionan cuando me conocen, porque esperan que hable como escribo. Pero no es así. La escritura es el único lugar donde puedo estar tranquila.

–¿La literatura es entonces un espacio de libertad?

–Sí, y también de justicia. En mis libros siento que vuelvo a lugares, a personas, y hago justicia a cosas que no se dijeron en su momento. Por eso no tengo pudor al escribir. Tengo miedo, claro, pero no pudor.

–¿Por qué miedo?

–Por la primera página. Nunca empiezo por ahí. Es una barrera. Creo que tiene que ser algo muy importante. Mis libros empiezan con una imagen, con un detalle, a menudo en mitad de la historia. En este libro empecé por el final, por una escena en el océano, después de unos días con mi familia en el norte de Francia. Y solo cuando escribí una frase muy dura sobre mi madre supe que ese era el inicio y el tono del libro.

–Sus libros son muy crudos. ¿Busca provocar?

–No intento impresionar. La vida ya es suficientemente fuerte. Si uso palabras duras o describo escenas crueles es porque tienen sentido, no para escandalizar. Además, nunca sabes qué va a encontrar cada lector. A una persona le impacta un detalle, a otra otra cosa completamente distinta. Y eso es bueno: significa que el libro está vivo.

–¿Se siente responsable de cómo los lectores interpretan sus libros?

–No en el sentido de dirigirlos. No debes decirle a la gente cómo leer. Pero sí hay una responsabilidad ética: la literatura es muy poderosa y puede manipular. El límite está en no usarla para hacer daño de forma consciente.

–¿Qué papel debe tener entonces la literatura?

–Para mí, solo uno: provocar algo. Que te haga sentir, pensar, incomodarte, emocionarte. No es un manual ni un libro de texto. Los libros que guardo son los que me hicieron sentir algo muy fuerte. Cuando los veo, vuelvo a ese momento: a un verano, a una emoción, a un recuerdo. Eso es la literatura.

–En un mundo con acceso constante a información, ¿por qué cree que somos tan manipulables? Parece paradójico.

–Porque ahora todo el mundo puede opinar, recomendar, escribir… Las instituciones críticas han perdido peso y las redes han ocupado ese espacio. Muchas veces todo se presenta como excelente, y no lo es. La única forma de distinguir un buen libro es leer mucho. No hay otra.

«No creo en personajes completamente buenos o malos. Crecí en la Unión Soviética, donde todo cambiaba de un día para otro»

–Su literatura critica la visión simplista del bien y el mal.

–Totalmente. No creo en personajes completamente buenos o malos. Crecí en la Unión Soviética, donde todo cambiaba de un día para otro. Podías ser héroe hoy y traidor mañana. La vida es compleja. Solo sabemos quiénes somos en situaciones extremas. Por eso me interesa esa ambigüedad.

–Sus libros tampoco suelen tener finales felices.

–Porque la vida no funciona así. No siempre se recompensa a los buenos ni se castiga a los malos. Me interesa mostrar a las personas en su complejidad, en su capacidad de cambiar. El cambio es esencial. No somos estáticos. Todo lo que vivimos nos transforma.

–¿Escribir es una forma de fijar la realidad?

–No lo veo así. No escribo para conservar algo. Escribo porque lo necesito. Mi primer libro ni siquiera pensaba publicarlo, era para mi entorno cercano. Después entendí que historias muy específicas, como la de Moldavia o una generación concreta, pueden conectar con gente de muchos lugares. Porque lo que creemos que solo nos pasa a nosotros, en realidad le ocurre a mucha gente.

–En el contexto actual, con guerras y cambios constantes, ¿es más difícil escribir?

–Sí. Cada vez es más difícil aislarse. Hay escritores que pueden vivir en su propio mundo, pero muchos no. Si piensas en Ucrania, por ejemplo, no puedes ignorar la realidad. La vida entra en la literatura. Una vez que has visto ciertas cosas, no puedes hacer como si no las hubieras visto.

— Alberto Gómez, Diario Sur, 10 de mayo de 2026