Inteligente y divertida especulación, entre la reflexión y la fabulación, sobre el fervor que ha despertado la Luna a lo largo de la Historia
Con la Luna pasó lo que antes pasó con el mar. La llegada del ser humano a ese territorio, inexplorado hasta que Neil Armstrong puso en él su pie el 20 de julio de 1969, acabó con la literatura fantástica que había suscitado. Como el dominio físico, científico, técnico y tecnológico de los mares y océanos hizo ya imposible una redición contemporánea de las fantasías de Verne o las lejanamente anteriores de Homero. Ya la serie televisiva ‘Viaje al fondo del mar’, que se emitió en los años 60, era un anacronismo porque para entonces sobre el mar y sobre la Tierra se sabía todo. Circe y Calipso, las sirenas y los cíclopes habían muerto o estaban a punto de morir en los brazos de los documentales del ‘National Geographic’. En el caso de la Luna, el viaje del Apolo XI terminó con su misterio y su literatura fantástica. Es a esta última a la que Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958) le dedica su nueva entrega literaria. ‘Los falsarios’ es un magnífico texto a medio camino entre la reflexión y la narración, una suerte de ensayo creativo donde las citas y anécdotas a las que recurre no son totalmente de fiar, lo cual no quita valor al resultado, como nos sucede con muchas de las invocaciones falsas o ‘falsarias’ de Borges.
No es el autor argentino el único invocado en estas páginas. Por ellas circula una amplia galería de personajes, unos reales y otros ficticios, pero todos supuestamente lunáticos y no escritores necesariamente. Comparecen Verne y Flaubert, pero también un tal Émile-Marie Wolf, autor imaginario de un delirante tratado que describía en la Luna una sociedad similar a las que pueblan nuestro planeta, así como el benedictino Benito Jerónimo Feijoo, los hermanos Lumière, el astrónomo John Frederick Herschel o el político liberal hoy recordado como el Abate Marchena, que describió a los diecinueve años una visita a la Luna con una intención didáctica que en estas páginas le confiere una categoría de visionario. Como comparece Rosa Chacel, que, en su novela ‘Teresa’ recreaba la vida de la amante de Espronceda, a la cual este, trastornado de dolor por su muerte, ubicó residencialmente en la superficie lunar.
La verdad es que el propio inicio y el mismo final de ‘Los falsarios’ aluden como verídico a un episodio que ha sido cuestionado. Nos hablan de Alexander Thorndike, hijo de un reputado relojero de Chicago, que presenció el alunizaje del Apolo XI por la televisión de la cámara de oficiales porque formaba parte del programa espacial Géminis. En el libro se nos cuenta cómo Thorndike, al contemplar por la pantalla aquellas borrosas imágenes, reconoció el Omega Speedmaster Profesional en la muñeca del astronauta Armstrong y lo relaciona con una agorera sentencia que abre el ‘East Coker’, el celebrado poema que constituye el segundo de los ‘Cuatro Cuartetos’ de T. S. Eliot: «En mi principio está mi fin».
Como bien nos explica García Ortega, esa frase da la vuelta, de un modo entre irónico y pesimista, a una conocida y esperanzadora cita de la desdichada María Estuardo: «En mi fin está mi principio». El nexo semántico y simbólico que el autor establece entre la fatídica letra griega ‘omega’ que sirve para calificar el trágico final del reinado de María I de Escocia y el Omega que Thorndike vio brillar supuestamente en la muñeca del astronauta resulta sin duda brillante. La única objeción que puede ponérsele es que Armstrong no debía de llevar puesto, al parecer, dicho reloj sino que lo había dejado en el módulo lunar Eagle. Quien sí debió de llevarlo por primera vez sobre el suelo lunar fue su compañero de travesía espacial Buzz Aldrin.
La pega, en efecto, no quita ningún valor a la lucubración con la que se abre y con la que se cierra también ‘Los falsarios’. Al contrario, ratifica, en todo caso, el cariz falsario de un libro excelente, inteligente y divertido en el que el escritor se adentra en un original género al que podemos llamar el ensayo creativo y en el que lo importante son las ideas que maneja independientemente de si los hechos son dudosos.
—Iñaki Ezkerra

