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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

‘El sexto mesías’, de Mark Frost, lo tiene todo: conspiraciones, sociedades secretas, criptografía y conocimientos ocultos con los que poner en jaque las certezas y las previsiones en un viaje enloquecido

Los créditos avalan a Mark Frost (Nueva York, 1953): creó junto a David Lynch la galaxia tormentosa y atormentada de la serie Twin Peaks, toda una revolución que puso pantallas arriba el tinglado televisivo; la pequeña pantalla se hizo grande de golpe. Así que era de esperar que su navegación por las aguas del padre literario de Sherlock Holmes estuviera a la altura del mito. Y del rito: pocos personajes de la ficción han logrado congregar a tantos seguidores. A falta de historias originales de Arthur Conan Doyle (que acabó harto del éxito de su criatura y lo mató), bienvenidas sean las aproximaciones y los homenajes a la figura del detective cuando sean inteligentes e imaginativas. Y a Frost le sobran ambas cualidades, a las que hay que añadir un sinuoso, irónico y elegante estilo que hubiera encantado a sir Arthur. El sexto mesías, segunda aventura de Frost tras La lista de los siete, lo tiene todo para cumplir las expectativas lectoras: conspiraciones, sociedades secretas, criptografía y conocimientos ocultos con los que poner en jaque las certezas y las previsiones en un viaje enloquecido.

La novela busca cobijo en los terrenos movedizos que rodean lo que consideramos racional. Cada paso puede llevarte directamente a un pozo sin fondo de tinieblas malignas. Fuera esquemas para deducciones fáciles, fuera escamas de intrigas convencionales. A Frost le importa menos resolver misterios y descifrar enigmas (un peaje necesario, por otra parte, dado el linaje al que pertenece el género) que seguir los pasos del maestro Conan Doyle. Que conducen a un páramo siniestro envuelto por las brumas de una atmósfera creativa en la que la realidad no se somete a la tiranía de lo evidente y entrega más coherencia que verosimilitud. Algo parecido a lo que sucedía en Twin Peaks, donde cualquier cosa era posible, sobre todo si era descabellada.

Leamos. Unas muertes y una investigación sobre hechos fundamentales de la historia abren el camino a un relato retorcido y hasta cierto punto extravagante, donde ciencia, religión, poder y ocultismo unen sus fuerzas oscuras en un mecanismo perverso que no nos dejan ver. Así, Frost propone una visión alternativa del pasado poniendo el énfasis en los poderes subterráneos. Y tira de la manta erudita para desarrollar un complejo entramado de conexiones que, a veces, corre el peligro de poner en aprietos la agilidad narrativa. Ahí se distancia Frost del Conan Doyle autor, mucho más directo y expeditivo. Y es que, tanto tiempo después, acercarse al mito holmesiano invocando al espíritu de quien lo creó exige marcar distancias para no conformarse con una trama (más) de conspiraciones. Y dar, a cambio, prioridad a una mirada inquieta e inquietante a un mundo donde el conocimiento decisivo se queda en las manos de unos pocos. Lo que vemos cada día.

No vale reducir El sexto mesías a un artefacto de conspiraciones, por complejo y bien construido que esté. Su verdadera ambición está en otra parte: en preguntarse quién acapara el conocimiento decisivo y omnipresente desde el principio de los tiempos, y qué sucede cuando ese conocimiento manipulador de ideas fundamentales deja de ser posesión de unos pocos y se convierte en un peligro generalizado para la certeza, la confianza, la seguridad. El caos tal vez tenga un origen secreto que desvelar.

Frost no desdeña recurrir a estructuras narrativas añejas porque siguen funcionando para atrapar el interés lector, pero las enriquece con todo el bagaje colectivo (literatura, cine, televisión) que nos ha enseñado a no creernos nada de lo que vemos y a creer que todo lo que vemos es verosímil, por imposible que parezca. Frost pone sobre el tablero una ambición literaria considerable que a veces roza el exceso y el alarde, pero sabe parar a tiempo y lograr que la historia fluya con amenidad, convicción y firmeza imaginativa. ¿Le damos visto bueno, señor Holmes?

—TINO PERTIERRA