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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

El escritor riosellano acaba de sacar el libro de relatos Esta es tu casa y no ha podido llegar en un momento más oportuno. Hablamos con él del significado de «casa», de recuerdos y memoria, de buscar filones inexplorados en el pasado y de la indignación ante desahucios que, como el de Mari Carmen.

Fue antes del fin de semana que ha llevado a miles de personas a acampar en la madrileña Puerta del Sol. Antes de que ‘el decreto Maricarmen’ andara en boca de todos. Fue antes de eso, pero después justo de la manifestación que se produjo el mismo día del desahucio de esta mujer que ha puesto rostro a tantas otras personas, cuando hablé brevemente con Jon Bilbao acerca de su nuevo libro: Esta es tu casa. Era inevitable pues que este tema saliese, en forma de una pregunta, junto a muchos otros que definen todo lo que significa «casa»: un refugio, recuerdo, memoria y vida. Sobre todo vida.

Jon Bilbao (1972) lleva años construyendo un mundo literario que orbita en torno a esa casa anclada en su Ribadesella natal. Una casa reveladora que se transforma en su imaginación. Se trata de un lugar acogedor que de pronto puede convertirse en un territorio amenazador. ¿Las amenazas? Cada uno puede acomodar las propias, amueblar la casa es algo muy personal y sus relatos invitan a ello, te interpelan, pero hoy serán las luces del autor las que alumbren la estancia. También las que dejen en sombra algunos rincones.

Tu nuevo libro se titula Esta es tu casa. ¿Se trata de una presentación, de una invitación?
Es una invitación y un reconocimiento. Un reconocimiento que surge de una cita de Rudyard Kipling que viene a decir que las personas somos capaces de mentir, de engañar acerca de quiénes somos, pero nuestras casas no. Nuestras casas revelan la verdad acerca de quiénes somos. Así que decir, “esta es tu casa” viene a ser lo mismo que decir, bueno, pues aquí vienes, esta es tu familia, pero también es «esto soy yo».

Es tu proyecto más personal, y también un laberinto en el que unas historias que parecen inacabadas acaban por enganchar con otras, donde los planos de la realidad y la fantasía se superponen…
Pues no ha sido un proyecto preconcebido. Después de salir de una trilogía de novelas (Basilisco, Araña, y Matamonstruos), un proyecto de unos cuantos años, me apetecía volver al relato, en cierto sentido más cómodo. Comencé a escribir las ideas que me venían a la cabeza y que me resultaban sugerentes. Pero, como siempre me suele suceder, una idea lleva a la siguiente, de manera que los relatos fueron surgiendo de una manera natural. A ver, tampoco voy a idealizar todo el proceso, porque surgieron relatos que, aun estando acabados y corregidos, preferí descartar porque no terminaban de encajar. Y también hubo incorporaciones de última hora cuando pensé que ya estaba todo cerrado.

Y volviste a tu tierra natal.
Sí, una vez más las ideas me llevaron a Ribadesella y a esa casa que se ha vuelto recurrente en mi literatura. También aparecen personajes ya conocidos para lectores que vengan de libros previos, pero que, al mismo tiempo, se presentan casi por primera vez para quien se estrene con Esta es tu casa. Luego, ya sabes, el instinto, las tripas me condujeron hacia cuestiones bastante personales. No es que sea un libro confesional, pero creo que es precisamente cuando hundes el dedo en las heridas personales, cuando pones bastante de ti mismo, cuando más sintonizas con los lectores y con las lectoras.

La casa aparece aquí como centro de un universo. También como refugio, como memoria…
Y te diría que siento más mi casa esta de la ficción, que no se corresponde exactamente con la real, porque se amolda más a mis inquietudes, a mis gustos. La veo como un lugar más lúdico, más de juego, mejor para la ficción que la vivienda real. La casa real se despliega en mi memoria, con todo su pasado, con sus recuerdos buenos y malos. Yo creo, como decía William Faulkner, que “el pasado nunca se muere. Ni siquiera es pasado”.

¿Es una convivencia de tiempos la que se despliega?
Así es. Hay diferentes tiempos conviviendo en esa casa: tiempos presentes, pasados, unos más y otros menos, tiempos incluso en los que la casa no existía. Solo estaba ese lugar, la ladera montañosa con toda su vegetación y las cuevas que la rodean.

Inevitablemente, en la manifestación por el desahucio de Mari Carmen en Madrid pensé en tu casa. En esa casa del libro. En lo que significa «casa». Y no me resisto a preguntarte, ¿cómo te sientes tú ante desahucios como este y ante esta nueva ciudad que estamos construyendo?
Indignado ante semejante situación. Expulsar a alguien de su casa en la que lleva décadas viviendo, de ese lugar de refugio donde alberga sus recuerdos y donde aspira a terminar sus días, para que otras personas se lucren sin sonrojo es… La codicia en todas sus manifestaciones es uno de los aspectos de la humanidad que más repudio.

Volvamos a esa casa tuya donde somos todos bienvenidos. Veo que tenemos la misma edad y al leer tu libro me encontré ante pensamientos compartidos en torno a las herencias, las raíces, los muertos… ¿Tiene algo de nostálgico el envejecimiento?
Yo tengo una relación compleja con la nostalgia. Me revuelvo un poco contra ella porque a menudo cuando se habla de nostalgia hablamos de una idealización del pasado. Y eso es algo que no. No creo en eso de que todo tiempo pasado fue mejor.

(Sonrío pensando en que hace poco Manuel Jabois también decía algo similar. Pero no interrumpo a Jon, prefiero seguir escuchando.)

Con la edad sí que es inevitable echar la vista atrás y mirar hacia el pasado con ánimo no de regodearse en los sentidos positivos, si no de tratar de aprender de él. Buscar los filones no explorados del pasado. Aquellos aspectos de la memoria que por pudor y conciencia no quisimos explorar. Las preguntas que no les hicimos a nuestros padres o las facetas de nuestra infancia que preferimos obviar porque no resultan cómodas ni significadoras. Y se parece muy poco a esa juventud de los años setenta y ochenta donde parece que todos íbamos en bicicletas por urbanizaciones. [Risas]

[Risas] Dices eso y me viene hasta la banda sonora. Y no una sola…
Claro. Pero no corresponde a nuestra infancia. Conozco bastantes personas a mi alrededor que piensan que fue así, que pasamos la infancia viviendo aventuras. Y a lo mejor habría estado bien, pero…

La última vez que hablé de recuerdos con Luis Landero me dijo que “la imaginación llega en auxilio de la memoria”. Quizás hay algo de eso.
Y yo añadiría: pero a veces también la traiciona. En ese cuento que he titulado Conversación en un gallinero, el personaje narrador, que es una especie de sosias de mí mismo, dice que para él memoria e imaginación son como dos hermanas malavenidas que viven en el fondo de una cueva, siempre peleándose entre ellas. Hablan desde el fondo de esa cueva, lo malo es que las dos tienen la misma voz, y cuesta dilucidar qué es lo que dice la memoria y qué la imaginación. Cuando tu oficio es contar historias de ficción, de una manera inconsciente contaminas el recuerdo. Lo tergiversas.

Hacer memoria es una forma de comprensión. Del mundo, de uno mismo… Escribir para muchos autores es también eso. Una forma de comprender. Para otros es su forma de ordenar el mundo. ¿Por qué escribes tú?
Podría aventurarme en explicaciones largas y muy sofisticadas que me dejarían en un buen lugar, pero la respuesta más sincera es la más sencilla. Escribir me hace sentir mejor y empecé a hacerlo precisamente por eso. Necesitaba una válvula de escape, un espacio propio en el que yo tuviera el control. Durante años ese espacio propio fue la lectura, pero dejó de ser suficiente. Necesitaba algo más participativo. Así fue como empecé a escribir. Sin ningún ánimo de profesionalizarme, de una forma muy íntima, sin dejarle leer a nadie lo que escribía. Y aquello que comenzó siendo una mera afición muy privada, nos ha llevado hasta estar charlando esta mañana.

¿Te hace sentir mejor aunque a veces es remover y es hurgar muy dentro, incluso en las heridas?
Así es, porque no concibo la escritura sin tener un vínculo personal con aquello que estoy contando. Es como el hilo que sujeta la cometa en el vendaval. Si no tuviera ese vínculo personal, tendría la sensación de que estoy levantando castillos en el aire. Y a lo mejor con oficio podría hacerlo, pero no me sentiría cómodo, no me haría sentir bien. Y seguramente si eso llegara a publicarse, me resultaría bastante bochornoso.

Y donde hay verdad hay conexión.
Claro. Cuando estás escribiendo, llegas a ese punto en el que levantas las manos del teclado y piensas: ¿esto merece la pena que lo haga? ¿Quiero meterme en este barrizal? ¿Le va a molestar a alguien? ¿Le va a importar? Como hemos hablado antes, cuando pones algo de ti mismo es cuando más probabilidades tienes de tocar una fibra sensible y encajar con el sentir de quien te lee. Porque el hecho de que te dediques a escribir no te convierte en una persona singular, mucho menos excepcional. Los momentos complicados de tu vida, aquellas cosas de las que te arrepientes, aquellas que te motivan para levantarte de la cama por las mañanas… son las mismas que las de la mayoría de la gente.

Como lectores a veces creemos que una historia está escrita directamente para nosotros. Sucede también con algunos de tus relatos…
Y aunque suene egoísta, cuando me abro como escritor lo hago para conectar conmigo. No tengo un lector en la cabeza. Bueno sí, tengo dos o tres con nombre y apellidos.

¿Quiénes son?
Mi pareja, algún amigo muy cercano, mi editor, mi agente… personas de cuyo criterio y gusto me fío. Y que además sé que, a pesar de la cercanía, cuando me lean y compartan conmigo su opinión no va a estar contaminada por el afecto. Pienso si a ellos les gustará, si disfrutarán, si apreciarán lo que escribo. Y lo más importante: sentirme satisfecho con lo que haya hecho. Me sentiré orgulloso si llega a una librería con mi nombre en la portada. Todo lo demás será quizás una satisfacción añadida.

Como personas, somos legión. Juegas a eso en Esta es tu casa. Somos el niño, el adolescente, la persona que fuimos ayer y la de hoy. ¿Hay algún terreno más fértil?
La verdad es que soy bastante presentista. Prefiero disfrutar del momento y mirar hacia adelante, sin olvidar el pasado.

No pocos autores eligen la infancia.
Para mí no es un espacio identificado. Tengo buenos recuerdos, pero también malos. Es un error tomar la infancia como el baremo con el cual medir las posteriores épocas de tu vida.

Las imágenes destacan mucho en tu escritura. Escribes y, en cierto modo, pintas a la vez. Y he de decir que pintas imágenes muy inquietantes. ¿Es importante para ti todo este imaginario?
Sí, terriblemente. Y es un aspecto de la escritura en el que pongo especial atención y al que me gustaría continuar apuntando en el futuro. Es la aspiración a producir un goce estético a través de la palabra. Estoy convencido de que cuando terminamos de leer un libro rara vez recordamos citas y no recordamos párrafos. Sin embargo, sí podemos recordar imágenes. Si al final de un libro te han quedado tres o cuatro imágenes potentes que arraiguen durante cierto tiempo eso ya es un logro. Si además consigues que esas imágenes vayan asociadas a ciertas ideas, inoculas unas ideas en las imágenes, mejor todavía, porque pueden quedar dentro del lector y puede darles vueltas, puede tirar de esos hilos y quién sabe si llegará a algunas conclusiones. Creo que es uno de los mayores logros a los que puede aspirar un escritor: lograr que la lectura, y no solo la escritura, sea un acto creativo.

Guardas alguna imagen de alguna de tus lecturas. Alguna que te venga ahora mismo a la cabeza, que sé que esto es complicado.
Hay montones, pero una inmediata es del que seguramente es mi libro favorito, Moby Dick.

Ay, la veo venir.
Ese libro deja muchas imágenes, pero hay una… Llegas al final de la novela, donde el último superviviente, el último marinero, cuando el barco ya se está hundiendo, trepa por el mástil, que es lo último que asoma sobre la superficie. En ese momento se posa un albatros en la cúspide del palo mayor, el marinero lo mira y, con un martillo, clava un ala del albatros al palo para que se hunda también. Y te quedas pensando, ¿por qué ha hecho eso? En una novela que es una acumulación de atrocidades, de despropósitos, también de ideas felices y de imágenes, el autor decide dejar esa última imagen que se te queda en la cabeza girando como el remolino que crea el barco al hundirse. Una imagen de interpretaciones infinitas.

(Me parece curioso cómo recuerda esa imagen Jon y cómo lo hago yo, con el brazo de Tashtego en primer plano saliendo del mar con su martillo y el ala del ave agitándose entre el espantoso ruido de los graznidos. La memoria es así).

Antes de despedirnos, te confieso que me gusta en estas entrevistas devolveros a los autores algunas de las preguntas que lanzáis en vuestros libros. Así que allá va. En uno de los relatos de Esta es tu casa preguntas: ¿qué haces cuando te encuentras con alguien que se cree mejor que tú?
[Risas] En primer lugar considerar que igual esa persona tiene razón. Pero si tengo atisbos de que está equivocada lo dejo correr. Dudo que pudiera hacerla entrar en razón. Como leí hace poco: las personas estamos dispuestas a pagar mucho dinero para que nos engañen, nada porque nos desengañen.

Toda la razón.

—Pilar Manzanares