La escritora moldava, autora de ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes‘, publica ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero‘
Tatiana Tibuleac acaba de publicar en castellano ‘Cuando seas feliz, golpea tú primero‘ (Impedimenta). Con la anterior, ‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes‘, recibió el prestigioso Premio Cálamo a libro del año.
‘Cuando seas feliz, golpea tú primero’ nace de la relación entre Mila y su padre, pero también habla de su propia relación con su padre. ¿Ha conseguido decirle a través de la literatura algo a su padre que, de otra forma, no habría podido?
Para los dos, la literatura era la única manera de decir determinadas cosas para siempre. Los dos creíamos en los libros más que en cualquier otra cosa que pudieras decir. Cuando era pequeña, una de las cosas que más nos unían era nuestro amor por la literatura, pero también por los autores. Mi padre consideraba que una de las mejores y más fascinantes cosas que puede hacer un ser humano es escribir. Cuando volvía a casa, no me preguntaba si estaba bien, qué había hecho en el colegio o a qué había jugado. Siempre me preguntaba: «¿Qué has leído hoy? ¿Has escrito algo?».
Mila, una inmigrante, sale de su país y se va a París donde sufre un montón de peripecias y desgracias. ¿La herida de la emigración no se cierra nunca?
Habría que preguntárselo a una persona migrante. Yo creo que, en el caso de Mila, sí se detiene de vez en cuando, porque tiene días buenos. Hay momentos en los que disfruta, lo pasa bien y cree que su vida puede continuar. Ve esa luz al final del túnel y piensa que, aunque su vida quizá no haya sido muy buena, sigue siendo suya, y ella sigue viva. Si no tuviera esos días en los que la vida continúa, si solo existiera el dolor, su vida no podría continuar. Así que sí, por necesidad, ese dolor tiene que detenerse en algún momento. Y también hay que recordar que no todos los migrantes viven permanentemente con dolor. Algunos realmente viven mucho mejor después de emigrar que en sus propios países. Esto es especialmente cierto para las generaciones jóvenes que llegan ahora a Europa, mucho mejor preparadas y con más oportunidades. Para ellas, emigrar puede ser lo correcto.
Es muy cauta a la hora de hablar de la migración.
Sí, porque no quiero que este libro se entienda como un libro contra la migración. Es cierto que los migrantes, sobre todo las generaciones más jóvenes que llegan ahora, vienen con otras oportunidades y con otra formación. Para muchas personas migrantes la vida es placentera, rehacen su vida en sus nuevos países y tienen una buena vida, especialmente los jóvenes.
Por otro lado, nunca se habla del coste emocional de la emigración.
No estoy del todo de acuerdo. Creo que se habla bastante de ello. Es imposible hablar de migración sin hablar de sus aspectos negativos, porque cuando una persona decide marcharse de su país sabe que va a tener que dejar atrás muchas cosas, y algunas de ellas eran el núcleo de su vida. Los propios padres dicen, «hicimos esto, esto y esto para que tú pudieras venir aquí, para que pudieras estar mejor, para que pudieras estudiar». Así que creo que los migrantes sí hablan del coste de la emigración, aunque sigo pensando que, en la mayoría de los casos, ese coste está justificado. Seguramente es también una de las cosas de las que más se habla en las reuniones familiares, el coste de lo que se ha dejado atrás. Y una de las cosas que más te dicen cuando consigues irte es «ven, vuelve, vuelve, vuelve, visítanos para no perder el contacto con la realidad que estás dejando atrás».
Sus personajes están llenos de contradicciones. Son víctimas, pero al mismo tiempo tampoco son personas excesivamente complacientes. ¿Le interesa más que el lector los comprenda a que los quiera?
Nunca trabajo con personajes que sean solamente buenos o malos. Para mí eso no existe. Creo que todos tenemos dentro una parte mala y una parte buena. Los migrantes suelen enfrentarse a un doble prejuicio, tanto en el país del que proceden como en el país al que llegan. En el nuevo país nadie espera realmente quiénes son, así que tienen que demostrar una y otra vez que son buenas personas, que harán todo correctamente. Es una maldición, tienes que demostrar cada una de las cualidades que tienes. No solo tienes que demostrar todo el tiempo que eres mejor que los locales, sino que muchas veces tampoco puedes hacer aquello que sabes hacer mejor. Mila era profesora. Era profesora universitaria y enseñaba francés. Pero llega a París y empieza a trabajar limpiando casas, cuidando perros… No solo necesita demostrar que es una buena persona, sino que también tiene que humillarse y hacer trabajos que jamás habría hecho en su país, porque eso es lo único que ese país tiene para ofrecerle. Es también una de las partes más difíciles de ser una persona migrante, tienes que demostrar constantemente que eres mejor que las personas que son de ese lugar y, al mismo tiempo, muchas veces el país al que llegas no te permite hacer aquello para lo que realmente estás preparada.
¿Hay que tener cuidado a la hora de trasladar la experiencia a la migración actual?
Cuando hablamos de migración a partir de este libro tenemos que tener cuidado de no generalizar y aplicarlo a lo que ocurre hoy. La mayor diferencia entre la migración que aparece en el libro y la actual es, por ejemplo, que si hoy no te gusta cómo te trata Europa, puedes volver a tu país. En aquella época eso no era posible. Una vez que llegabas, tenías que quedarte allí porque no podías viajar. Eran inmigrantes ilegales y tenían que permanecer allí pasara lo que pasara, soportándolo todo. Creo que esta es la principal diferencia con la manera en que ha emigrado mi generación.
¿Cree que desde Europa occidental no somos capaces de entender, o quizá no hemos querido entender, todo lo que sufrió aquella generación tras la caída de la Unión Soviética?
Creo que hay muchos migrantes españoles en el extranjero. También hay muchos italianos. Si un país ha vivido a través de su propia gente algo parecido, hace 50 o 20 años, creo que está mejor preparado para recibir migrantes. El problema probablemente está en los países en los que la gente nunca tuvo que marcharse. Entonces aparecen los prejuicios, llegan a tu lugar, a tu país, y quieres que inmediatamente vivan como tú y piensen como tú. Pero eso nunca va a suceder tan rápido. Necesita tiempo.
¿La literatura puede ayudar a cerrar heridas familiares o simplemente ayuda a convivir con ellas?
Creo que la literatura puede ayudar, sobre todo, a entender la humanidad y las cosas importantes de la vida. Nos enseñan a hacer las cosas de una determinada manera y a aprenderlas de una determinada manera. Y pensamos que, si hacemos todo correctamente, nuestra vida será buena. Pero el caso de Mila nos muestra algo que la literatura puede presentar, no siempre que haces las cosas correctamente la vida te trata correctamente. Y creo que ese es uno de los mayores regalos de la literatura, que puedes leer la vida tal y como es. Desde pequeños, la escuela nos forma. Estudias, te enseñan cómo tienes que comportarte, cómo tienes que hacer las cosas. Y sales de ahí con la sensación de que, si siempre haces lo correcto, la vida te tratará bien. El caso de Mila es paradigmático. Mila hace todo lo que tiene que hacer en la vida y, sin embargo, la vida no la trata bien. Al final, creo que una de las cuestiones más importantes de la vida es comprender que a veces es mucho más compleja. Ver la vida tal como es nos humaniza y nos permite entenderla mucho mejor.
¿Cree que existe hoy una corriente que presiona para hacer libros más amables, más tranquilizadores, libros en los que todo acaba estando bien?
Absolutamente. Y no solo ocurre con la literatura. Cada vez se nos permite menos expresar todo el amplio abanico de emociones humanas. Cada vez tenemos que ser más correctos, más educados, más agradables. Siempre tenemos que ser buenos, mejores, los mejores. Pero eso no está en la naturaleza humana. Necesitamos momentos en los que podamos llorar, enfadarnos y mostrar a los demás que no estamos satisfechos con algo. Necesitamos momentos de rabia, de llanto, de frustración. Necesitamos poder luchar, sobre todo. Y creo que, en este momento, la importancia de la literatura es precisamente que todavía es un espacio en el que podemos tener esos momentos, un lugar en el que podemos expresar todos esos sentimientos.
¿Le preocupa esa presión por ser siempre la mejor versión de uno mismo?
Sí. El concepto moderno de que siempre tenemos que ser la mejor versión de nosotros mismos me asusta mucho, porque creo que está acabando con nuestra humanidad. ¿Qué significa ser la mejor versión de ti mismo? Si necesitas gustarle a todo el mundo, significa que, en primer lugar, tienes que ser falso contigo mismo. Significa renunciar a los aspectos desagradables de ti mismo, renunciar a los momentos en los que estás enfadado o triste. Y esa rabia de no poder expresarte como eres tendrá que salir de alguna manera y en algún otro lugar. Por eso creo que tenemos que mantener a los escritores, tanto como sea posible, al margen de esta corrección. Hay que dejarles crear, ser sinceros. Y si pensamos en la inteligencia artificial, si llega también a ese lugar, significará que la literatura desaparecerá por completo.
Viniendo de Moldavia, ¿cómo ve la guerra de Ucrania?
Para los moldavos esta guerra nunca ha sido solamente una noticia en los periódicos. Es algo real. Todos tenemos amigos, familiares y muchos ucranianos viviendo ahora mismo en Chisináu y en Moldavia. Estamos preocupados. Llevamos el último año diciendo, «ya casi está, van a terminarla», pero sigue ahí. Y para nosotros esto es una señal muy clara de que, sea cual sea el plan que tiene Rusia —reunificar el imperio, recuperar la Unión Soviética o atacar también Europa—, de momento siguen adelante. Lo siguen haciendo. Cada vez que escuchamos que ha muerto otra persona, o diez personas más, o 50 personas más, muchas veces sabemos quiénes son. Son nuestros vecinos, los hermanos de nuestros amigos, amigos de nuestros amigos. Estas personas tienen nombre para nosotros. Las conocemos. Vemos cómo este país está siendo destruido y cómo mueren personas que forman parte de nuestras propias vidas. Por eso creo que, es inútil decirlo, pero es una guerra que tiene que terminar de la manera que sea posible.
—Daniel Monserrat

