Un repaso por los ingenios de escritura que la literatura imaginó antes de lo que hoy llamamos inteligencia artificial.
Con anterioridad a ChatGPT, la literatura ya soñaba con máquinas capaces de escribir. Trazamos aquí un recorrido por diversos artefactos que sustituyen el trabajo humano, aprenden, recuerdan, mienten y acaban generando textos que leerán otras máquinas.
Si dejamos de lado la «cabeza sabia, habladora y respondona» que aparece en la segunda parte de El Quijote, podríamos establecer una serie, más cercana a nuestros tiempos, de las máquinas textuales en la literatura española. Dicha serie podría comenzar con la «máquina cerebral» del marqués de Valero de Urría (1892) y culminar con las inteligencias artificiales que nos interpelan desde el futuro en la novela-catálogo-museo Membrana de Jorge Carrión (2021). Pero la literatura nos ha legado muchas otras máquinas textuales.
El versificador
Escribir ciencia ficción después de Auschwitz, ¿era un acto de barbarie? Il versificatore es una breve obra teatral publicada por el sobreviviente Primo Levi en Einaudi bajo el seudónimo de Damiano Malabaila en 1966. Estamos en la sala. Se levanta el telón. El Poeta, al frente de una pyme de producción textual, desde poemas de banquete y versos para bodas a anuncios publicitarios e incluso un «cántico a la victoria del Milán», decide dar el gran paso.
— No se puede quedar uno rezagado, usted lo sabe muy bien. Tenemos que ir al compás de los tiempos. A mí tampoco me gusta, se lo aseguro, pero llega un momento en que no hay más remedio que decidirse. Pero además, no se preocupe: a usted nunca le faltará trabajo. ¿Se acuerda hace tres años cuando compramos la facturadora?
La idea de ser sustituida por una máquina aterra a la Secretaria. El Poeta la tranquiliza:
— ¿Podría prescindir de la facturadora? ¿A que no, verdad? Es una herramienta de trabajo como otra cualquiera, como el teléfono, como la fotocopiadora. El factor humano es y siempre será indispensable en nuestro trabajo; pero existe la competencia, y por esa razón no podemos dejar de encargarle a las máquinas las tareas más ingratas, más fatigosas. Las tareas mecánicas, precisamente.
El versificador, un dispositivo que incluía cuarenta estilos de composición, desde el elegíaco al cómico o al didáctico, era lo más parecido a una teletipo parlante. El señor Simpson, implacable vendedor, entra en escena:
— Este es el teclado, igual que el de los órganos y el de las linotipias. Aquí, en la parte de arriba (chasquido), se mete el tema. Generalmente basta con un texto de tres a cinco palabras. Estas teclas negras corresponden a los tipos de composición. Determinan el tono, el estilo, el «género literario», como se llamaba en tiempos. En fin, estas otras teclas definen la forma métrica.
Además de estar entrenado en la lengua de Dante, el versificador permitía ajustar lo que hoy se denomina temperatura en los Large Language Models, esto es, el parámetro que regula la aleatoriedad de las respuestas.
— El versificador dispone del léxico oficial completo de la lengua para la que ha sido programado, y emplea las acepciones normales de cada palabra. Cuando se le pide a la máquina que componga con rima, o sujeta a cualquier otro nexo formal, busca automáticamente entre los vocablos registrados en el léxico, escoge en primer término los que mejor se adapten al sentido y en torno a ellos construye los versos correspondientes. Si ninguno de ellos se presta, la máquina recurre a las licencias, es decir, deforma los vocablos permitidos o acuña otros nuevos. El operador puede determinar el grado de licenciosidad de la composición, por medio de la manivela roja.
El versificador concluye con el Poeta dirigiéndose al público:
— Ya hace dos años que tengo el versificador. No puedo decir que lo haya amortizado todavía, pero se me ha vuelto indispensable. Ha salido muy versátil. Además de descargarme de una buena parte de mi trabajo como poeta, me lleva la contabilidad y los pagos, me avisa de los vencimientos y se ocupa incluso de mi correspondencia. Hasta le he enseñado a escribir en prosa y se le da muy bien. El texto que acabáis de escuchar, por ejemplo, es obra suya.
Antes de ser libro, Il versificatore fue un vinilo de 33 rpm editado en 1960. Ese mismo año se publicaría en una revista una versión en forma de cuento. En 1966, la RAI emitió una versión radiofónica y en 1971 llegaría a la televisión. Para entonces, todos sabían que Primo Levi había inventado el versificador, esa máquina textual foolproof, como glorificaba el folleto original divulgado por la multinacional de Oklahoma.
Del electrobardo a Gigamesh
La literatura de Stanislaw Lem está plagada de máquinas, como el generador fantomático, un dispositivo que permitía vivir en una realidad alternativa; o el opton, un libro-pantalla que «solo tenía una página entre las tapas». Mención obligada merece Golem XIV, la supermáquina pensante –una AGI, diríamos hoy– diseñada para optimizar las operaciones bélicas. Y el electrobardo de Trurl. Ante el fracaso de su máquina de calcular, Trurl decide crear otra que escriba poemas, pero la termina abandonando «en un pequeño planetoide» debido a su desmesurado consumo de energía eléctrica. La máquina de Lem que aquí nos interesa es otra. Nadie la vio, pero se sospecha que tuvo algo que ver con Gigamesh, la obra más ambiciosa de Patrick Hannahan reseñada por Lem en Vacío perfecto.
Gigamesh es la novela total, un libro «tejido de la totalidad del saber humano existente» y que contiene «todo el bagaje idiomático, cultural e histórico del universo, la omniconciencia y la omnitécnica». Este «rascacielos lingüístico», un abismo sin fondo («dondequiera que lo toquemos, se abre ante nosotros una infinidad de caminos»), es también objeto de la sospecha.
— Hay quien dice que a Hannahan lo ayudó un conjunto de computadoras, suministradas por International Business Machines.
Si Joyce hizo todo a mano, Hannahan habría sido secundado por unas computadoras conectadas con la Biblioteca del Congreso, que por entonces –estamos en los años sesenta– contaba con veintitrés millones de tomos (hoy alberga casi el doble). En su reseña, Lem celebra el proceso de electrocreación:
— No veo nada de reprochable. Actualmente, los compositores se sirven con frecuencia de computadoras; ¿por qué tendría que prohibirse su empleo a los escritores?
También se pregunta qué lector podrá abarcar con su mente semejante océano de hechos y sus relaciones. Gigamesh es una máquina intertextual: cada línea admite infinidad de reinterpretaciones y redirige a miles de otros textos. La «semiosis ilimitada» de Charles S. Peirce y Umberto Eco entra en acción. Un signo lleva a un signo lleva a un signo. Lem responde a su propia pregunta: «Los libros escritos de ese modo solo son legibles para otras máquinas de cifrado».
Según la reseña de Stanislaw Lem, Gigamesh consta de 395 páginas, a las que se deben sumar las 847 de prólogos. Gigamesh pertenece al ciclo Biblioteca del Siglo XXI, un proyecto de Lem fundamentado en la escritura de prólogos y reseñas de libros inexistentes inspirado, a través de Jorge L. Borges, en la obra fundacional de Macedonio Fernández.
La máquina eterna
La materialización de una idea semiótica –según Umberto Eco el texto es una «máquina perezosa» que reclama la cooperación del lector para funcionar– ha impulsado la creación de nuevas máquinas textuales. Uno de los modelos más originales proviene de La ciudad ausente, la segunda novela de Ricardo Piglia, publicada en 1992. Los fantasmas de Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio Fernández y Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de Borges se esconden entre los engranajes de este artefacto diseñado para «contar con palabras perdidas la historia de todos, narrar en una lengua extranjera». Por la ciudad, una Buenos Aires espectral donde te «vigilan siempre, aunque sea inútil», circulan casetes. Hay quien piensa que son falsos; según otros, cuentan la pura verdad. La reproducción técnica aumenta la infoxicación. El flagelo de la sospecha (¿quién escribió este texto?) y la amenaza de la mentira («el signo sirve para mentir», decía Umberto Eco) no nacieron con el ChatGPT.Toda la ciudad está llena de copias. Las hacen en Avellaneda, en talleres clandestinos de la provincia, en los sótanos del Mercado del Plata, en el subte de Nueve de Julio. Dicen que son falsos, pero así no la van a parar.
La máquina es Elena Obieta, esposa de Macedonio. Ella era «la eterna, el río del relato, la voz interminable que mantenía vivo el recuerdo». Una muerta en el infierno. Una máquina de repetir relatos. Piglia (su alter ego Renzi, sus personajes, la máquina misma, nunca lo sabremos) nos cuenta su genealogía. Primero intentaron fabricar una máquina de traducir, pero otra vez, como sucedió con el electrobardo de Lem, las cosas se torcieron.
— Queríamos una máquina de traducir y tenemos una máquina transformadora de historias. Tomó el tema del doble y lo tradujo. Se las arregla como puede. Usa lo que hay y lo que parece perdido lo devuelve transformado en otra cosa.
La máquina evoluciona, aprende a medida que narra. «Aprender quiere decir que recuerda lo que ya ha hecho y tiene cada vez más experiencia.»
¿Ficciones?
Máquinas destinadas a sustituir el trabajo humano. Máquinas diseñadas para una cosa que terminan haciendo otra. Máquinas entrenadas con miles de volúmenes de la Biblioteca del Congreso. Máquinas hambrientas de electricidad. Máquinas que permiten regular la aleatoriedad de sus respuestas. Máquinas que funcionan a golpe de prompts. Máquinas for dummies. Máquinas que aprenden. Máquinas que recuerdan. Máquinas que mienten. Máquinas que escriben textos que terminarán siendo leídos por otras máquinas. Impetuosas, imparables, inabarcables máquinas textuales.
[Texto escrito por un humano en el año 4 después del ChatGPT]
Umberto Eco (1993). Lector in fabula. La cooperación interpretativa en el texto narrativo. Barcelona: Lumen.
Macedonio Fernández (1995). Museo de la Novela de la Eterna. Madrid: Cátedra.
Stanislaw Lem (2008). «Patrick Hannahan: Gigamesh». En: Vacío perfecto. Madrid: Impedimenta.
Primo Levi (2020). «El versificador», Cuentos completos. Barcelona: Península.
Fernando Ángel Moreno y Juan Manuel Santiago (eds.) (2024). La mejor novela del mundo. Gigamesh de Patrick Hannahan. Badalona: Hermenaute.
Ricardo Piglia (1992). La ciudad ausente. Buenos Aires: Sudamericana.

