El vínculo existente entre la palabra y la imagen es tan viejo como el mundo: desde los albores de la humanidad, las primeras palabras pronunciadas (y perdidas en el abismo del olvido por su naturaleza oral y por tanto efímera) convivieron con las pinturas rupestres como manera de representar de una forma u otra la realidad y el pensamiento. Y desde las primeras muestras de la literatura escrita, esta se vio acompañada de imágenes que paliaban su inoperancia ante una población mayormente iletrada; recordemos, a modo de ejemplo, las aleluyas medievales que se mostraban y recitaban en las plazas de los pueblos: estampas que se ordenan formando una secuencia y que, junto a la explicación verbal generalmente en forma de pareados, representan una narración simplificada o una breve peripecia para disfrute del respetable público.
De ahí a la historieta, de la que tanto hablamos en esta columna semanal, solo hay un paso… aunque sea uno bien grande. No obstante, hoy prefiero dejar los cómics a un lado para centrarme en tres libros ilustrados donde la estrecha relación entre la literatura y el arte gráfico es la protagonista principal de su propuesta. Este es el caso de la colaboración artística que desde hace ya una década llevan forjando el escritor Jesús Marchamalo y el ilustrador Antonio Santos: el autor de ensayos bibliófilos como Tocar los libros o Cortázar y los libros propone glosar a modo de esbozo y con apenas unas pinceladas la biografía y la obra de una importante nómina de escritores de la literatura universal, que a continuación Santos retrata mediante grabados en linóleo reproducidos luego como poderosas ilustraciones en un contrastado blanco y negro que se imprimen con fuerza en la psique del lector. Siguiendo esta tónica, el tándem ha publicado diez libritos a razón de uno por año… Y digo libritos a conciencia, dado que lo que edita Diego Moreno y diseña Pep Carrió es una serie de volúmenes de tamaño reducido y conciso número de páginas, ya conocidos en algunos círculos con el simpático apelativo de marchamalines.
Por si tienen curiosidad, conste en acta que hasta la fecha han pasado por sus (cuatro) manos Pío Baroja, Franz Kafka, Fernando Pessoa, Karen Blixen, Virginia Woolf, Stefan Zweig, Miguel Delibes, José Hierro, Emily Dickinson y el trío formado por Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite y Ana María Matute. Ahora todos ellos se reúnen al fin, junto a Juan Carlos Onetti y Marcel Proust (cuyas semblanzas, mucho más breves que el resto, se habían distribuido como felicitación navideña para los más allegados y no estaban disponibles para el gran público), en el volumen Retratos literarios, por lo que en su interior encontrarán los tres más recientes y ya reseñados (Hierro fumando, Dickinson y las violetas y Tres amigas) junto con los siete marchamalines previos. De esta forma, e introducidos por un prólogo del novelista Luis Landero (también retratado por Antonio Santos para la ocasión), el lector podrá ser testigo de las más variadas anécdotas, desde el encuentro de Baroja con Hemingway y Wilde (el primero, más relevante; el segundo, fugacísimo) hasta el rechazo que sufrió el autor de En busca del tiempo perdido por parte de tres editoriales distintas, entre ella la prestigiosa Gallimard y de manos de su asesor literario André Gide. En resumidas cuentas: si se les escapó la mayoría de estos maravillosos libritos, no digamos ya si todavía no tienen ninguno, esta nueva edición integral de los Retratos literarios que firman Marchamalo & Santos les parecerá un regalo caído del cielo.
Si Santos dibuja a los escritores y su mundo vía Marchamalo, el escritor Diego Arboleda escribe a los pintores y sus cuadros en El secreto mejor guardado del gran Museo del Prado, una propuesta destinada principalmente a un lector infantil y que vincula la figura del cuentista Hans Christian Andersen con la de varios de los artistas cuya obra alberga el museo madrileño: la protagonista del relato es la hija de una guía de dicha institución que se entretiene como puede deambulando por sus salas y corredores cuando su madre tiene que trabajar allí. Cuando se den una serie de azarosas circunstancias, la pequeña descubrirá que el museo esconde un mágico secreto relacionado con un escritor danés del siglo XIX… Para terminar de dar forma a este relato fantástico, Arboleda -especialista en literatura infantil y juvenil y Premio Nacional de LIJ por Prohibido leer a Lewis Carroll– ha contado con la inestimable colaboración del autor de cómics y también ilustrador habitual Paco Roca: el arte del responsable de novelas gráficas como El invierno del dibujante o El abismo del olvido, y también Premio Nacional por su cómic best / long seller Arrugas, resulta en un universo maravilloso, repleto de imaginación e inventiva, donde las meninas se transforman en cisnes y una estancia se convierte en un juego de Tetris gigante con cojines de colores. De este modo, el resultado de la colaboración entre ambos sirve para introducir a los lectores tempranos tanto en el universo creativo de quien firmó cuentos como El patito feo, El soldadito de plomo o La pequeña cerillera como en el arte inagotable que alberga la pinacoteca del Prado. En definitiva: una gozada de libro ilustrado para grandes y pequeños.
También es fruto de la colaboración entre un escritor literario y una ilustradora el álbum La milagrosa mudanza de la mansión Mina de los Miller: concretamente, son el novelista estadounidense Dave Eggers y la artista catalana Júlia Sardà quienes nos proponen aquí un viaje al Idaho de finales del siglo XIX, donde un perro encuentra una mina de plata de forma fortuita; a partir de ahí arranca un relato que alcanza a varias generaciones de habitantes del lugar y que implica una mudanza imposible con troncos y cerdos de por medio. De esta obra cargada de ternura y capacidad de asombro cabe destacar especialmente el gran sentido del humor que destila el texto de Eggers, y que lo hace apto también para lectores adultos; así como el espléndido arte de la dibujante de libros ilustrados como Atticus, el chico difícil o Mary, que escribió Frankenstein, que aquí brilla particularmente a la hora de construir los espacios arquitectónicos y de retratar las figuras humanas que interactúan en su entorno: pasearse por las páginas de este libro editado a gran tamaño es un auténtico placer para los sentidos, sea el lector un niño o alguien bastante más crecido… Como es el caso del autor de estas líneas, que les recomienda con fervor las tres obras reseñadas en esta ocasión.
—Francisco J. Ortiz

