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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La más espantosa geografía del terror

Se publica Una oración por Katerina Horovitzová, de Arnost Lustig, una novela inmortal sobre el Holocausto. Por más que uno haya leído miles de páginas sobre el Holocausto y el Gulag, cuando uno pudiera creer que lo ha visto y leído todo, libros como este de Lustig les dan una vuelta de tuerca más a nuestra conciencia, nuestra memoria y nuestro aguante.

Nunca hasta entonces la vieja y civilizadísima Europa había vivido un sismo de proporciones bíblicas como aquel. Un maremoto de odio, fanatismo, crueldad y terror se desató en el continente entre 1920 y1945. El Ángel Exterminador señaló con su despiadado dedo las puertas de centenares de miles de hogares, se produjeron matanzas y martirologios sin cuento, como si el mismísimo Lucifer hubiera decidido vivir como un rey entre nosotros, y millones de personas fueron asesinadas como jamás se había visto entre seres de la misma especie. Nazis y estalinistas lucharon por ver quién era el verdadero lacayo del Diablo, el Holocausto y el Gulag fueron dos caras de una misma moneda, el Zyklon B y el hielo siberiano, Auschwitz y Kolimá, fueron una misma cosa: el exterminio del hombre por el hombre llevado a la enésima, asesina y criminalísima potencia. Afortunadamente, hubo quienes salvaron la vida y decidieron dedicarla a recuperar del olvido a aquellos millones de seres humanos.Y lo hicieron por escrito. Novelas y ensayos sirvieron desde entonces para desenmascarar a los verdugos. Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg («El libro negro»), el resistente polaco Jan Karski («Historia de un estado clandestino»), Shalámov («Relatos de Kolimá»), Gustaw Herling-Grudzinski («Un mundo aparte »)… son algunos de estos hombres empeñados en devolver al ser humano su dignidad. Al fin y al cabo, como escribió Luis Cernuda, la nobleza de un hombre solo vale por la nobleza de todo el género humano.

Vida de película

Un hombre como el checo Arnost Lustig, uno de esos tipos con una biografía que más bien parece el guión de una película, trabajo, el de cineasta, que tampoco le fue ajeno a este hombre muerto hace apenas un año. Tres campos de concentración conocieron sus huesos, Terezin, Buchenwald y Auschwitz. Acabada la matanza, fue corresponsal de radio en la contienda árabe-israelí del 45, y empezó a escribir. Luego, fue artífice, en los 60, de la llamada nueva ola del cine checo, pero otra vez el totalitarismo, esta vez el soviético —los tanques del Pacto de Varsovia que acabaron con la Primavera de Praga en 1968—, le hizo huir a Estados Unidos, donde fue profesor hasta que en 2003 regresó a Chequia. Entre sus novelas, destaca «Una oración por Katerina Horovitzová», felizmente editada ahora en España por Impedimenta, uno de los más grandes y dolorosos, y terribles, y hasta insoportables libros de la Literatura del Holocausto, una novela que corta el aliento y te pone las tripas del revés. Basada en una historia real (desgraciadamente, casi todas las historias fueron reales) cuenta las dramáticas peripecias de un grupo de americanos judíos atrapados en un campo de concentración nazi. Deberán pagar por su rescate y de paso por el de una joven judía a punto de ir a la cámara de gas, Katerina Horovitzová. Por más que uno haya leído miles de páginas sobre el Holocausto y el Gulag, cuando uno pudiera creer que lo ha visto y leído todo, libros como este de Lustig les dan una vuelta de tuerca más a nuestra conciencia, nuestra memoria y nuestro aguante. Terror físico y terror psicológico, chantaje emocional hasta el tercer grado, violencia soterrada y violencia real, en apenas ciento sesenta páginas caben todo el horror, la miseria y la infamia de aquellos tiempos innombrables que jamás de los jamases deberíamos olvidar. El miedo, el sacrificio, la dignidad, la culpa y la inocencia, el dolor, la desolación, la crueldad, el odio, la muerte son tan protagonistas de la novela como la propia Katerina, uno de esos personajes inolvidables de la gran literatura: «Cien veces valerosa, cien veces bondadosa, mil veces justa, mil veces bella…».

Por Manuel De la Fuente

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