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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Aventura y fetichismo en torno al autor de «En busca del tiempo perdido»

Con razón nos recuerda Hugo Beccacece, el traductor de este libro, que Proust fue amigo de llevar su vida con discreción y de separar al yo profundo que es autor de la obra literaria de la persona en la que se encarna, persona, justo es decirlo, sometida a las comunes y poco memorables servidumbres cotidianas, a la incomprensión y hasta la inquina de desconocidos y parientes, y en fin a la sensatez, o el tedio, de toda vida doméstica.

Literatos aventureros los ha habido, algunos de los cuales, en un ejercicio más o menos consciente de marketing, han creado de sí mismos un personaje, o una leyenda, al gusto del consumidor, a veces más atractiva que su propia obra. No es el caso de Proust, que si ha sufrido póstumamente una especie de culto a la personalidad ha sido a su pesar.

Las ediciones críticas empezaron a trasladar el foco de atención de la obra a la persona que la había creado, y si es cierto que todavía éstas pertenecen por entero a la esfera de los filólogos y estudiosos especializados, también lo es que de ahí a que el autor, que ya no puede defenderse y ha sido totalmente escindido de su obra, caiga en manos de los cronistas del corazón, de los curioseadores de rarezas humanas y de los amantes del morbo no hay más que un paso; a que por fin caiga también en las de fetichistas dispuestos a satisfacer alguna oscura patología, otro.

El libro que nos ocupa se salva de lo anterior por dos razones: en primer lugar porque es literario y verdaderamente ilustra algunos aspectos de la obra de Proust, y en segundo porque la historia que nos cuenta la autora tenía que ser ineludiblemente contada, pues es una de esas historias lo bastante inverosímiles como para que sólo haya podido suceder en la realidad (no en esa ficción de la que incluso con los argumentos más disparatados se espera que sea creíble), y en una realidad admirablemente humana, no obstante sus tintes detectivescos. Además, tiene final feliz.

El traductor, él mismo autor y buen entendido de la obra de Proust, escribió en su libro Pérfidas uñas de mujer (Edhasa, 2012): “Pasa algo con los admiradores de Proust, entusiasmados con su obra se abalanzan sobre su vida traicionando la estética proustiana”. Y eso precisamente es lo que relata Foschini: la historia de un hombre que se abalanzó sobre la vida, o más bien sobre los despojos del autor de En busca del tiempo perdido. Lo aquí narrado es realidad vivida y fielmente transcrita por la autora, periodista y traductora al italiano de algunos textos inéditos de Proust. Así, el presente libro es producto de la complicidad internacional de, además del editor, tres amantes proustianos: la autora italiana, el traductor argentino y cierto magnate de la perfumería y bibliófilo francés llamado Jacques Guérin.

Hay aún otros personajes secundarios que pululan por esta historia, por ejemplo Piero Tosi, el diseñador de vestuario de los films de Visconti; Jean Genet, al que la literatura había rehabilitado lo bastante como para que le consintieran ser un hombre libre (tan libre como es posible serlo); y el novelista americano Edmund White. En una entrevista concedida por éste a The Paris Review a propósito de la exposición organizada hace unos meses por la Morgan Library y la Biblioteca Nacional Francesa para conmemorar los cien años de Por el camino de Swan, comentó que “Guérin era un hombre terrible, la oveja negra de su familia”. Había acudido a él mientras investigaba la obra de Genet, de quien Guérin conservaba diversos manuscritos, sobre todo el del Diario del ladrón, así como una edición de poemas dedicados a Sartre. En dicha entrevista White suelta toda clase de lindezas acerca de Guérin, quien con diversos subterfugios impedía a los investigadores acceder a su fabulosa colección bibliográfica, y cuya forma de tratar estos asuntos “sólo puede calificarse de miserable”.

La imagen de Guérin que nos ofrece dicha entrevista contrasta radicalmente con la que del mismo personaje nos ofrece Foschini en su libro. En éste, en efecto, Guérin viene a ser un héroe filantrópico que literalmente consiguió salvar los manuscritos de Proust y sus escasas posesiones de la hoguera a la que estaban destinados. Es verdad que Foschini no conoció a Guérin, pero ha dedicado tiempo y energía a su persona, en particular al episodio en el que ésta se cruza con, entre otras cosas, el abrigo de Proust. Sin embargo, más allá del carácter y la psicología del perfumista, el libro de Foschini es un relato de hechos comprobados, hechos narrados con habilidad de novelista y que constituyen una especie de intrigante arqueología literaria.

Foschini, nos cuenta, hizo una entrevista a Piero Tosi para la RAI. Por ella se enteró de que en 1970 Luchino Visconti tenía muy avanzado un proyecto de adaptación al cine de En busca del tiempo perdido, film para el que esperaba contar con Laurence Olivier, Dustin Hoffman y una ya para entonces venerable Greta Garbo (por otras fuentes sabemos que la lista de estrellas invitadas incluía a Marlon Brando). Falto de financiación, el proyecto quedó en nada, pero sirvió para poner en contacto a Tosi con Jacques Guérin, que en su casa de París guardaba como un tesoro los manuscritos de Proust. A partir de aquí Foschini se lanza a desentrañar a este Guérin, propietario de una fábrica de perfumes. “A primera vista”, le explicó Tosi, “me pareció un pajarraco nocturno, negro y fantástico. Hablaba un francés pasado de moda, maravilloso, sublime”. Guérin, devoto lector de Proust, contrajo en su juventud una enfermedad de la que fue tratado por el doctor Robert Proust, hermano de Marcel que a la muerte de éste había pasado a ser depositario de los manuscritos y otras propiedades del difunto. El joven Guérin se quedó pasmado ante aquellos originales repletos de tachaduras, adiciones y notas en los márgenes. Se hizo amigo de la familia, y adoptó la costumbre de presentarse en los funerales de los parientes de Proust, mezclándose con ellos para sonsacarles una información que al cabo de los años llegó a ser ingente. Cuando el doctor falleció, volvió a presentarse en su casa, a tiempo de comprobar que la viuda, Marthe, se disponía a quemar aquellos “papeluchos” y a malvender los enseres que pertenecieron a Proust. Esta señora, que procedía de una familia muy adinerada y que en su viudez había quedado en una situación económica poco menos que desesperada a causa de los excesos de su marido, que además tenía una amante, estaba decidida “a salvar las sagradas apariencias, en beneficio del buen nombre de la familia”. Marthe, que sin duda conocía la homosexualidad de su difunto cuñado, debía sentir en ese momento un profundo rencor (si no odio) hacia toda esa caterva de los Proust, por las que aquellas no del todo inocentes páginas iban a pagar con la extinción. De inmediato, el más que solvente Guérin decidió salvarlas.

Además de los manuscritos, previo pago, llegaron a posesión de Guérin los diversos objetos que contenía una vieja sombrerera, entre ellos cartas firmadas por Proust dirigidas a Jean Cocteau, versos escritos para el gran amor de Proust, el compositor vasco-venezolano Reynaldo Hahn, otra carta que había enviado a su abuelo en la que se quejaba amargamente de su fracaso en un burdel, adonde había sido enviado por su padre “para que se le quitaran esas tonterías”, diversas fotografías de él y su hermano cuando eran niños y una de su amado Reynaldo, y lo mejor de todo: algunos cuadernos que contenían sustanciosas variaciones sobre la parte final de la Recherche y las primeras pruebas de imprenta de Por el camino de Swan. Por el mismo procedimiento llegaron a manos de Guérin diversos objetos de uso personal de Proust, entre ellos su cama, aquélla cama de latón con su colcha de satén azul en la que había dormido desde los dieciséis años, en la que, a causa de su maltrecha salud, había escrito la mayor parte de su obra y en la que falleció el 18 de noviembre de 1922. “En esa cama”, escribió Walter Benjamin, “yacía el escritor destrozado por la nostalgia de un mundo cambiado”. Junto a ella, Guérin pudo rescatar la biblioteca y el escritorio, unos candelabros, un retrato al óleo del padre de Proust, la cinta con la Legión de Honor, un alfiler de corbata de Cartier, un bastón de paseo y, por supuesto, el abrigo, un abrigo forrado con piel de nutria que Proust llevó muchos años y que ya estaba más que ajado cuando llegó a su poder.

“No puedo expresarle mejor mi gratitud que con la alegría que me produce conocer a un lector para el que el fetichismo es una religión”, escribió Genet en la dedicatoria a Guérin de su Querelle de Brest. Con ello Genet demostró haber captado al instante uno de los rasgos, quizá el principal, de este hombre poliédrico, protagonista de esta historia habitada por nombres ilustres y otros desconocidos, como Werner, el “hombre para todo” que consolaba al parecer a la viuda Marthe. Ocho años antes de morir, en 1992, el fabricante de perfumes decidió subastar su colección, la misma cuyo acceso denegó a Edmund White. Entonces se subastaron en el salón La Paix del Hotel Georges V de París, por un precio astronómico, diversos manuscritos y ediciones originales de Baudelaire, Picasso, Cocteau, Genet, Rimbaud y, naturalmente, los objetos contenidos en aquella vieja sombrerera de Marcel Proust. El resto, lo que incluye la cama y el abrigo, se encuentran en el Museo Carnavalet, donde el visitante puede apreciar una reconstrucción del dormitorio de la rue Hamelin donde en sus noches insomnes escribió Proust su obra, aquella que, tras ponerle la palabra “fin”, le persuadió de que, después de todo, su vida había sido suficiente. Un “fin” que no lo es tanto, como demuestra este libro que se halla entre la aventura y el fetichismo y que viene a añadirse a la ya extensa saga de la literatura de motivo proustiano.

Y en medio de eso ¿dónde queda Proust? La escritora Marthe Bibesco, que lo encontró cuando él se aproximaba a su final, lo describió así: “Marcel Proust se sentó ante mí, en una sillita dorada, como si acabara de surgir de un sueño, con su abrigo forrado de piel, su rostro cargado de tristeza y sus ojos que parecían capaces de ver en plena noche…” El resto es literatura, o lo que es lo mismo: tiempo recobrado.

Por José Ramón Martín Largo