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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Pequeño Diccionario de Cinema para Mitómanos Amateurs»

Instantes robados al tiempo, sombras proyectadas en la memoria de un espectador que, desde la butaca, despliega su cinefilia como una proliferación incesante de anécdotas, fechas e iconos.

El cine se ha convertido, por múltiples razones, en símbolo y reflejo del siglo XX, y ha desplazado nuestra realidad hacia una tela mate, enmarcada tras unas cortinas de terciopelo rojo. Esa es una pequeña pista de lo que nos espera en este libro: instantes robados al tiempo, sombras proyectadas en la memoria de un espectador que, desde la butaca, despliega su cinefilia como una proliferación incesante de anécdotas, fechas e iconos.

Miguel Cane, el autor de este soberbio diccionario, conoce bien el panteón mitológico del cine: una cosmología en la que drama y glamour se mezclan sin problema alguno.

Desde su nacimiento, Hollywood otorga una cierta aureola de divinidad a sus estrellas, así que no es mala idea aproximarse a ellas como si fueran la versión pop del Olimpo (ya saben, esa montaña en la que los griegos situaban las mansiones de cristal de unos dioses frívolos, exhibicionistas y crueles.)

Si dejamos a un lado el gran talento de Cane como contador de historias, y si nos quedamos solo con sus preferencias dentro del celuloide, entenderemos mejor el repertorio que abarca en su obra. Un tour guiado en el que el cine clásico predomina sobre el actual, en el que los récords de taquilla no demuestran nada, y en el que Amy Irving, Katharine Ross o Paula Prentiss –ay– merecen el recuerdo que no alcanzan algunos titanes modernos, consagrados por el marketing.

Una de las aportaciones más originales de Cane a la consideración de los espectadores es, justamente, el capricho personal, las inclinaciones de un autor bien informado que se permite subrayar preferencias con la yema de su índice, como quien hojea un antiguo ejemplar de Variety o The Hollywood Reporter.

Por otro lado, este es un libro que transmite felicidad. Cane siempre tiene un porqué a mano, conoce todos los chismes y evita los lugares comunes a la hora de describir este o aquel episodio y la atmósfera que los envuelve.

Cada breve biografía, y en general, cada entrada de su diccionario nos sirve para sentirnos parte de una logia: la de los que aprendimos a descargar en la sala de proyección una parte del peso de la realidad.

Reconozcamos, eso sí, que la vida real de los mitos puede resultar contradictoria y decepcionante. Antes de perderme por los vericuetos de este diccionario, ya me asaltó esa precaución que arrastro desde hace tiempo, y que me desanima a la hora de leer ciertas biografías. (Para no arruinar las confidencias de Cane, mencionaré un ejemplo que no figura en su libro. Lo menciona Groucho Marx en una carta que envió a su hija Miriam: «Bogart –escribe– estuvo en casa la otra noche y estaba completamente borracho. Creo que no volveré a invitarle. Es un pesado cuando está bebido y no es mucho mejor cuando está sobrio. Me da pena de ella; intentaba llevárselo a casa, pero es un borracho combativo. La moral es algo que no va con los actores. Exceptuando a unos cuantos son todos unos cerdos». Comprenderán que, después de leer algo así, cuesta un poco más entrar en el Rick’s Café Américain.)

Contribuye a la sofisticación de este volumen Ana Bustelo, una ilustradora elegante e imaginativa, que capta con claridad las intenciones del libro.

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