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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Los novelistas son los mayores egomaniacos»

Iba para músico punk, pero T. C. Boyle (Peekskill, Nueva York, 1948), que en un tiempo firmó sus libros como T. Coraghessan (un nombre inventado de vago perfume étnico) encontró fama y lectores como incansable hacedor de novelas (y relatos) exuberantes, ingeniosas y maximalistas.

En la última que se edita en España, Las mujeres (Impedimenta), le da un buen repaso a Frank Lloyd Wright, un mito de la arquitectura norteamericana y un monstruo de egoísmo, a quien retrata esquinadamente a través de su amante y sus esposas. Boyle responde vía internet.

–Ha dicho que la escritura es un trastorno obsesivo-compulsivo. ¿Es así, sufre escribiendo? Su, a menudo, divertida prosa no da esa impresión.

–Estaba bromeando, al menos en parte. En realidad, me refería a que la creación artística supone la implicación del propio creador por entero, al modo de las drogas o de los desórdenes psiquiátricos.

–¿Cómo llegó a interesarse por las historias sentimentales de Frank Lloyd Wright?

–Hace 20 años que mi mujer y yo vivimos en la primera casa que Lloyd Wright diseñó en California. Incluso la hemos restaurado. Escribí Las mujeres porque me interesaba explorar la vida y la obra de Wright. Y, por supuesto, construir una novela se parece mucho a construir una casa. En ambos casos, los planes iniciales abren siempre paso a un cierto grado de improvisación.

–¿Cuál de las cuatro tremendas mujeres de Lloyd Wright es su favorita?

–Miriam, sin duda, un personaje de armas tomar. En mi novela se convierte en alguien más grande que la vida, una creación cómica de dimensiones descomunales, aunque espero que los lectores sientan algo de empatía por sus heridas y ataques de celos.

–Creo que su mujer suele quejarse de los personajes femeninos de sus novelas. ¿Ha protestado ahora?

–Mi esposa es una mujer de un poder increíble. Me contrató cuando estábamos en la universidad sobre todo para que hiciera las tareas domésticas y para servirle de fuente inagotable de una cháchara ingeniosa y chispeante. La única ocasión en que abandona el sofá es para ir de compras o para acompañarme hasta el pueblo cercano a beber una copa de vino. Es una persona muy terca, pero, afortunadamente —para mi vida tanto amorosa como mental—, le gusta mi trabajo. Al principio, se quejaba constantemente de que mis personajes femeninos eran planos, y yo contraatacaba señalándole que mis personajes masculinos también lo eran. Pero, desde entonces, me he reformado bastante. Y ella me deja que le dé un beso de vez en cuando.

–¿Cómo se vive en una casa de Lloyd Wright? ¿Es realmente cómodo?

–Es maravilloso. Tiene muchísimo espacio para la familia entera, incluido nuestro perro y nuestro gato. Tiene bancos delante de cada ventana para poder admirar el verdor del patio, y un atrio bellísimo y muy tranquilo. Está hecha de madera añeja, y decorada en el estilo que hizo famoso a Lloyd Wright, el estilo de la Pradera (y aquí tengo que agradecer el ojo que tuvo mi ya mencionada mujer para elegir la casa cuando la vio). Pasados los años, no puedo imaginarme viviendo en ningún otro lugar.

–Describe a Lloyd Wright como un tremendo ególatra, pero, en el fondo, ¿no siente que ese es un inevitable valor añadido del genio?

–Me gusta escribir sobre los grandes egomaniacos del siglo XX (Frank Lloyd Wright en Las mujeres; Alfred C. Kinsey en The inner circle; John Harvey Kellogg en El balneario de Battle Creek) de una manera diríase que cautelar. Estos visionarios nos legaron grandísimos proyectos, pero fue sometiendo a sus personas más cercanas a miserias sin cuento. Naturalmente, admiro la obra de Wright, pero ¿seguiría admirando al hombre si
tuviera que compartir con él una cena? Me pregunto si me dejaría siquiera meter baza en la conversación. Ah, y eso que pienso que los novelistas son los mayores egomaniacos que existen.

–Confiese: ¿no le inquieta un poco, su atracción por estos personajes dominantes?

–Bien, he de decir en mi defensa que, como americano, desconfío de la autoridad (sea un político o un sacerdote) que me diga cosas del estilo: «Sométete a mí y yo me encargaré de que la vida te vaya bien».

–¿Estuvo en Taliesin, la casa que Loyd Wright reconstruyó varias veces y que fue escenario de la muerte de su amante, Mamah Borwick?

–No solo investigué, sino que mi mujer y yo pasamos incluso una noche allí, solos en aquella casa gigantesca, y dormimos en la propia cama de Wright. Recordar aquella experiencia todavía hace que se me pongan los pelos de punta. Me despertaba y me sentía como el amo y señor de aquella mansión, pero la verdad era que hacía un frío tremendo y parecía como si hubiera un montón de fantasmas aullando mientras golpeaban las paredes.

–¿Se puede decir que tiene respecto a Estados Unidos un proyecto histórico-social, variante grotesca?

–Si miro atrás en estos momentos (acabo de terminar mi novela número 25, que se desarrolla en la California actual, titulada The harder they come), puedo ver claramente cuáles son las corrientes, a menudo no conscientes, que atraviesan mi obra. La verdad es que me gusta bromear y decir que, si estoy haciendo algo por la cultura, consistirá básicamente en brindarle a los estudiantes universitarios algo sobre lo que escribir.

–Su imagen un poco enloquecida y bohemia parece contrastar con el profesor y padre de familia que es usted. ¿Me explica la paradoja?

–Bueno, todos somos dos personas a la vez. Cuando era un adolescente, incluso en mi primera juventud, llevé la vida depravada de Bolaño, pero me redimí cuando descubrí la literatura y la inmensa necesidad que tenía de contar historias. Fue como darle a un interruptor. Pasé, casi sin solución de continuidad, de una vida de excesos a centrarme en el trabajo como si me fuera la vida en ello. A eso se le llama madurez. También se le llama suerte.

ENTREVISTA POR ELENA HEVIA.

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