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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
‘Tres crímenes rituales’, de Marcel Jouhandeau.

Existe un elemento que fascina profundamente ante la contemplación de, por ejemplo, Saturno devorando a sus hijos o cierta área de El jardín de las delicias (pinturas de Goya y El Bosco, respectivamente), más allá de consideraciones puramente estéticas…

Existe un elemento que fascina profundamente ante la contemplación de, por ejemplo, Saturno devorando a sus hijos o cierta área de El jardín de las delicias (pinturas de Goya y El Bosco, respectivamente), más allá de consideraciones puramente estéticas o metadiscursivas. Presenciar el Horror, con mayúsculas, provoca tanta atracción como repulsión. A priori pueden parecer dos sensaciones totalmente opuestas e irreconciliables; pero la contradicción es probablemente el rasgo humano más característico. Es en este espacio de transferencia de emociones, de empatía, donde aflora la culpable satisfacción de ser meramente espectadores y no mártires. Y esta suerte de “seducción estética de la barbarie” -concepto prestado de la literatura argentina decimonónica- se halla presente en la obra que hoy nos ocupa: Tres crímenes rituales (Impedimenta, 2014).

Afirmaba en una entrevista el escritor Carlos Fuentes -hablando al respecto del Quijote-, “a la literatura le encantan los villanos, las personas malignas, que son las personas interesantes, las personas que hacen lo que nosotros no quisiéramos ni podríamos hacer”. Marcel Jouhandeau (Guéret, 1888 – Rueil-Malmaison, 1979) construye, utilizando como base una serie de sucesos violentos acaecidos durante la segunda mitad del siglo XX, una sólida disertación (de aires Gideanos) sobre temas mucho más profundos que el morbo sensacionalista.

Toda la vasta producción literaria -y la vida- del autor francés está inexorablemente marcada por la convivencia, en absoluto pacífica o equilibrada, entre lo sublime y lo abyecto. Jouhandeau fue, ante todo, un autor torturado por esta ambigüedad ideológica, sexual y religiosa. Así pues, la relación familiar con Élisabeth Toulemon (esposa y madre de sus hijos) y las visitas urgentes a burdeles masculinos, las pretensiones moralistas del hombre con alma de sacerdote y el antisemita cercano a los círculos nazis configuran una personalidad compleja y muy rica en matices.

¿Cuál es la ritualidad a la que alude el título del libro? Bien, partiendo del hecho, de lo concreto, nos desplazamos hacia lo abstracto. Por encima de todo, se encuentran las referencias directas o tangenciales tanto al catolicismo -que el autor profesó con intensidad durante su juventud, llegando incluso a mostrar un manifiesto deseo de seguir el camino sacerdotal- como a la mitología clásica griega (tema que conocía en profundidad, habiendo llegado a ser profesor de latín y griego durante buena parte de su vida profesional).

El primero de los tres capítulos, denominado Los amantes de Vendôme, se concibe como un retorcido y herético sacramento del bautismo -pues Denise Labbé ahoga a su hija pequeña (al quinto intento), debido a la aparente presión de su amante, el estudiante Jaques Algarron-, con el ecos de la Medea del mundo clásico. Jouhandeau, presente en el proceso, se pregunta si la mujer obró debido a la instigación, o más bien fue un acto deliberado, y las circunstancias un vehículo, un pretexto: Algarron no habría sido ya una causa determinante, sino un motivo oportuno para el crimen. El sacrificio provoca la perversión de otro elemento sagrado, el amor; pues, cometido el crimen (aparentemente como prueba para la obtención de una recompensa inmaterial), los jóvenes pasan a buscar la destrucción mutua durante el juicio.

Derribando elementos sublimes, el ritual maléfico de El proceso Évenou-Deschamps es la misa negra, durante la cual el respetado doctor Yves Évenou muestra su rostro de verdadera maldad al asesinar a su esposa, utilizando como brazo ejecutor a la paciente Simone Deschamps, partícipe en orgías clandestinas -o más bien bacanales, por continuar las alusiones al mundo grecolatino-. Irónicamente, este crimen, originalmente perpetrado para construir una nueva vida con otra amante, une al médico irremediablemente con su acólito, siendo arrastrados los dos hacia el infierno de la abyección. Y dice Jouhandeau al respecto: La particularidad de los réprobos como Évenou es que no consideran a ninguna persona un fin.

El tercer crimen alcanza el paroxismo de la transgresión sacramental, pues es un sacerdote católico quien lo perpetra. Guy Desnoyers, padre de la comunidad de Uruffe, asesina a su amante, Régine Fays, así como al bebé no nato que ambos han concebido, y acaba confesándose unos días después, presa de una culpa dostoievskiana. Durante el proceso, las declaraciones del homicida estremecen a Jouhandeau debido a que, contra todo pronóstico, hay en él una doble vertiente, una convivencia antagónica: el criminal y el hombre de Dios. Esto se manifiesta en los detalles de los acontecimientos, pues antes de cada uno de los homicidios, Desnoyers afirma haber concedido a Régine la absolución y al vástago el bautismo. El monstruo violento y el católico piadoso habitan en el mismo cuerpo. Tal vez aquí encuentra el autor la resonancia de sus propias contradicciones vitales.

Las posteriores Reflexiones informales sobre la justicia humana aglutinan algunos de las cuestiones planteadas durante la obra, como la legitimidad del hombre para juzgar al prójimo, o el determinismo que el medio social ejerce sobre el posible criminal. El autor recorre, con cierta dosis de sarcasmo (y una pizca de misoginia) el paisaje antropológico de la sala de audiencias -juez, jurado, periodistas, asistentes-, con la honda preocupación de un hombre que se sabe imperfecto, ambiguo y angustiado ante su posibilidad de corromperse.

Tenemos ante nuestros ojos una pequeña joya, de esas que invitan siempre a la relectura. Discreta en su duración y sin embargo impecable, preciosista en su forma, Tres crímenes rituales ahonda en los abismos más inconfesables de la existencia. ¿Otras consideraciones? Nada mejor que un fragmento de El impostor, del mismo autor (cita presente en el magnífico prólogo del argentino Eduardo Berti -escritor en general y traductor de esta obra en particular-): “la vida es un inmenso tejido de soledades en el que cada uno experimenta, según el momento, su voluptuosidad o su martirio”.

Por Luis Enrique Forero.

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