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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Un cómic de narices para descubrir un clásico

La editorial Impedimenta publica en España la adaptación gráfica de la obra maestra de Laurence Sterne. El ilustrador británico Martin Rowson dibujó en 1996 esta versión que por primera vez se traduce al castellano. Es un tributo libérrimo y preciosista a una novela del siglo XVIII que abrió camino rompiendo todos los moldes de su época.

A menudo el cine sirve como vía de aproximación a obras imprescindibles de la literatura. Moby Dick, Drácula, El Señor de los Anillos… Algunas personas cometen un error y se conforman con la película, pero otras se animan a leer el libro y no se suelen arrepentir. Esta función iniciática la desempeñan a veces también los cómics. En 2005, con el estreno de un filme de Michael Winterbottom, el público español tuvo una oportunidad de descubrir uno de los clásicos más desconocidos de las letras inglesas. Nueve años después, pasa de nuevo el tren con la llegada de la adaptación gráfica de una novela que puede resultar tan compleja y enrevesada, como interesante y divertida: Tristram Shandy, la obra maestra de Laurence Sterne.

Tratar de resumir Tristram Shandy es más que complicado. Y no tanto por la dificultad de cualquier tarea de síntesis, sino porque su punto clave es precisamente el caos, y lo es como metáfora de la vida. El protagonista declara al inicio su intención de relatar las penurias que el destino le ha deparado. Pero, según avanza, descubre cómo es imposible desarrollar una trama lineal, ordenada y sencilla, porque cada acontecimiento introduce otro cuya explicación se hace necesaria. De esta forma, se suceden divagaciones, rodeos, digresiones y aclaraciones que acaban desembocando en absurdos y barrocos desvaríos. Según se ha definido tradicionalmente, lo que escribió Laurence Sterne no fue una «novela», sino la «antinovela».

Un punto de partida valiente que rompió las férreas reglas de narración cronológica del siglo XVIII y que abrió el camino para que «le dejen a la gente contar sus historias como le parezca», según afirma el protagonista en el libro. En una escena de la versión cinematográfica de Winterbottom se explica a la perfección el espíritu: «La vida es caótica, es amorfa, por mucho que uno se esfuerce no logrará darle nunca ninguna forma. Tristram trata de escribir la historia de su vida pero fracasa, porque la vida es demasiado compleja como para poder ser representada por al arte». Así, la novela se va perdiendo, y al tiempo construyendo, alrededor de lances secundarios vinculados al pintoresco elenco que acompaña al protagonista.

Guiado por un antihéroe fatalista, el lector emprende un viaje laberíntico en el que se presenta obligado ante trascendentales cuestiones filosóficas y, de pronto, vira sin remedio rumbo a pasajes de humor mundano. El lenguaje, en cambio, cargado de ambigüedades, traslada al lector toda la responsabilidad de destapar los mensajes irreverentes de una novela eufemística en la que el narrador declara que cuando utiliza la palabra «nariz», se está refiriendo a una nariz «nada más ni nada menos»; y suplica al público «por el amor de Dios y de sus propias almas, que se guarden contra las tentaciones del diablo y no permitan que mediante engaño o artificio alguno dejen introducir en su mente otras ideas».

Otro de los aspectos más innovadores de la obra es el uso de recursos gráficos como guiones de diferentes tamaños para significar pausas, tipografías variadas, espacios en blanco o una página negra para introducir a la muerte. Las continuas apelaciones al lector incrementa la naturaleza libérrima y desinhibida de la novela. Los expertos ven en el libro de Sterne herencias de Rabelais, Locke o Cervantes y, a su vez, le atribuyen influencia en pioneros posteriores como James Joyce, Virginia Woolf o Julio Cortázar.

[Y llegados a este punto, «buenas gentes», se hablará ya del cómic que convoca esta reseña –no debe sorprender el retraso a «sus señorías», habida cuenta de que en la obra de la que se trata, el protagonista no ve la luz de este nuestro mundo hasta el capítulo III–. Cabe declarar antes de seguir, para evitar juicios severos por la demora o inquietudes insanas por la máxima ‘tempus fugit’ -y también para dar sentido a esta extraña acotación-, que el respeto que el autor de la novela gráfica demuestra por el material original que le inspira, hace que todo lo referido hasta aquí sea de aplicación cierta no sólo al clásico de Laurence Sterne, sino también a la exquisita versión ilustrada].

La editorial Impedimenta acaba de publicar en España la adaptación a novela gráfica de Tristram Shandy que Martin Rowson realizó en 1996, un libro definido por The Independent como «la obra más extraordinaria en la historia de la ilustración» y que, hasta ahora, no se había traducido al castellano. Con minuciosos dibujos a tinta más propios del arte del grabado que del cómic, y que invitan a detenerse un tiempo en cada viñeta, el ilustrador británico respeta la personalidad de la obra original, hasta el punto de permitirse su propia subversión. Acompañado de su perro Pete, el autor entra y sale del álbum, y protagoniza pasajes en los que divaga sobre la tarea que se trae entre manos. Metaliteratura al cuadrado, ‘shandismo’ puro.

El responsable de la llegada a España de esta edición del álbum de Rowson casi 20 años después de su aparición es Enrique Redel, director editorial de Impedimenta. Amante confeso de los cómics y fascinado por Tristram Shandy desde que tenía 20 años, ha incluido este título en ‘El Chico Amarillo’, una colección que apuesta por obras gráficas con «fuerte carga literaria». «No nos interesa tanto el lector de cómics de toda la vida, muy apegado a sus géneros, como aquel que ve en la novela gráfica un campo de expansión de su pasión libresca», explica. A las biografías de Virginia Woolf, Thoreau y Boris Vian que ya se han publicado, se sumarán pronto El fantasma de la Ópera, Huck Finn o La enciclopedia de la Tierra Temprana.

Si todos esos títulos suponen una gran oportunidad de acercarse al universo de la viñeta para personas con su salón repleto de libros, Tristram Shandy puede influir en sentido contrario. «Quizá enfrentarse a un cómic sea preferible para aquellos que quieran ‘catar’ la obra antes de sumergirse en ella», apunta Redel, un editor que como lector se deshace en elogios hacia el clásico de Sterne: «Leer Tristram Shandy es una experiencia irrepetible»… «Sus enormes exigencias dan paso a enormes recompensas»… «Si logras entrar en su juego, si bajas tus defensas y te fías a ciegas de lo que te está proponiendo, te lo pasas fenomenal»… «A los que les gusta leer porque les abre espacios nuevos, sorprendentes e inexplorados, les encantará»…

Enrique Redel habla también con profundo entusiasmo del producto que su editorial ha lanzado al mercado, y del que afirma que «muchas páginas son auténticas obras de arte». Según explica, si convertir en novela gráfica Tristram Shandy fue un «reto de dimensiones mayúsculas» al que Martin Rowson dedicó tres años, la publicación del tomo en castellano ha supuesto a su vez un esfuerzo importante. «La labor de edición es muy exigente, es un libro intrincadísimo, preciosista, donde se usan cinco familias de fuentes que hay que insertar en bocadillos endiablados», apunta el responsable de Impedimenta, quien también destaca la «modélica y excepcional» labor de traducción de Juan Gabriel López Guix.

Mención aparte merece el aspecto material del cómic. En un momento en el que las editoriales se centran en el ahorro de costes, abusando de tomos en grapa, rústica o ‘cartoné’ de baja calidad, esta edición está presentada en un volumen con encuadernación de lujo, tapa dura, lomo forrado, cinta marcapáginas y papel de altísimo gramaje. Una joya de coleccionista que responde al compromiso asumido por Enrique Redel: «No nos apetecía hacer libros que no mereciera la pena guardar; el cómic es un arte popular, y nosotros queremos hacerlo llegar a un público entendido y exigente». Una declaración de intenciones cumplida, con un par de narices.

Por David Sanz Ezquerro.