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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Reseña: «Terranautas», de T. C. Boyle – El Mundo

UN DEDO AMPUTADO
La novela de T.C. Boyle Los Terranautas, recién publicada en nuestro país por Impedimenta, también se interesa por lo que tuvo lugar bajo la pirámide de cristal de Oracle. En este caso, desde la ficción y usando 1994 como referencia. Es decir, la fecha de la segunda expedición, que fue saboteada por algunos de los primeros biosferianos y abortada antes de tiempo tras otros cuantos imprevistos.

Boyle apuesta por enmarcar la trama en un programa de telerrealidad retransmitido a nivel planetario y supeditado a la voluntad de un demiurgo caprichoso, como sucedía en la película El show de Truman, de evidente eco biosferiano. Sólo que en la novela, al margen del afán de supervivencia de los confinados, hay ciencia, sexo y humor negro.

«Como autor que siempre ha estado profundamente fascinado con los problemas ambientales que hoy parecen ser los acuciantes para el futuro de nuestra especie, Biosfera 2 me atrajo tan pronto como comenzó», confiesa Boyle. «He publicado varios libros con temas ambientales desde entonces, pero por alguna razón no escribí sobre Biosfera 2 hasta hace poco. Por supuesto, los tiempos lo han marcado, ya que hemos comenzado a mirar más allá de la propaganda con la que nos ceban los políticos y a ver los problemas tan graves que tenemos respecto al calentamiento global y la extinción masiva de especies».

Los participantes en el experimento, según lo que se ve en Spaceship Earth, no hablan tan a las claras en ningún momento sobre el futuro sombrío de la Tierra. En un primer momento, diríase que arcádico, se las componen para sacar adelante sus cosechas con luz del sol y agua reciclada, para alimentarse no muy mal –hasta elaboran vino a partir de plátano– y para desarrollar más de 60 proyectos de investigación.

Todo cambia con un accidente fortuito. Jane Poynter mete la mano en una trilladora en marcha. Pierde la punta de un dedo y precisa de una asistencia quirúrgica que únicamente puede encontrar afuera. El grupo delibera y determina que la siniestrada puede acudir al hospital si durante ese tiempo en el exterior no ingiere nada y si la responsable de Relaciones Públicas le acompaña para garantizar que el protocolo se cumple. Aparentemente, es así. Luego se descubre que Poynter introduce dos mochilas con suministros y componentes informáticos. La credibilidad del proyecto de cara a la prensa, a la opinión pública y a la comunidad científica queda en entredicho.

Y a partir de ahí, las crisis se suceden. La luz solar mengua en unos meses de alta nubosidad y las vigas que aguantan la estructura obstaculizan la poca que se filtra, lo que repercute en los cultivos y obliga a priorizar los más productivos. Resultado: la remolacha se convierte en el ingrediente casi único de desayuno, comida y cena.

Por si fuera poco, una plaga de cucarachas emerge de las cañerías a modo de castigo bíblico. Y lo peor de todo: los niveles de dióxido de carbono se disparan sin que nadie sepa muy bien por qué, dejando a los ya de por sí famélicos terranautas al borde de la asfixia y convirtiendo cualquier actividad que les exija un mínimo esfuerzo físico en una epopeya.

Aun así, Biosfera 2 no queda invalidado como paper viviente hasta que las televisiones prueban que se está bombeando oxígeno dentro de las instalaciones con una depuradora secreta. Es el fin, por más que los turistas sigan acudiendo a hacer fotos a un zoológico humano que se degrada un poco más cada día. Allen y Bass, los dos promotores, terminan tirándose los trastos a la cabeza. Vuelan las acusiones de traición. De haber sido una colonia espacial de verdad, habría estallado en mil pedazos.

El colmo es la llegada en helicóptero, escoltado por los marshals y en pleno Día de los Inocentes, de Steve Bannon. Enviado por el banco de inversión Goldman Sachs, para el que trabajaba entonces, se hace con el control del recinto y ejerce en la práctica de liquidador. Una muesca en el currículo de quien con el tiempo se convertiría en asesor clave de Trump y referente del negacionismo climático.

Dice Wolf que Biosfera 2 muestra cómo pudo ser el futuro, pero que también evidencia cómo la política y el dinero pueden frustrar una propuesta tan idealista.

«Creo que la experiencia de los biosferianos fue única porque afrontaron presiones tanto sociales como ambientales siendo un grupo pequeño. Hubo muchas deficiencias, pero descubrieron cómo trabajar codo con codo para gestionar un mundo más sostenible», apunta.

Hoy, el laboratorio más grande del mundo, en el que se sembró esperanza y se recogió caos y otras malas hierbas, es propiedad de la Universidad de Arizona y puede visitarse tras estar a punto de ser reciclado en urbanización. Bass ha donado 30 millones de dólares más al proyecto.

Los experimentos con humanos, animales y plantas en confinamiento se han multiplicado desde entonces, sobre todo a instancias de la NASA. «Esto es bueno, pero subyace en ellos el temor a que en un momento dado tengamos que abandonar nuestro planeta por estar volviéndose cada vez más inhabitable», contrapone Boyle. «Esto es un error.

Crear una ecosfera es casi imposible. Debemos poner todos nuestros esfuerzos en preservar aquélla en la que hemos evolucionado. Mi plan para el cataclismo que se avecina es simplemente morirme, pero para mis hijos y nietos el panorama es realmente desolador».

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