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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Humanísimos – Pérgola – «Terranautas», de T. C. Boyle

Qué terrible. Bueno, qué terrible y qué divertido. Porque es imposible no reírse con las andanzas de los ocho terranautas de la última novela de T. C. Boyle, publicada por Impedimenta, y de sus patrocinadores, ideólogos, compañeros en el exterior de esa particular réplica a pequeñísima escala de la Tierra en la que se han comprometido a vivir dos años. Qué divertido. Y bueno, qué divertido y qué terrible. Qué bucle. Porque los habitantes de esa extraña utopía desarrollada para experimentar la posible vida futura en otros planetas —ya sabéis, cuando sea ya un hecho que nos hemos cargado este y que hay que buscarse la perpetuación de la raza humana en otros y, para ello, crear burbujitas cargadas de comida y de líquidos, de luz y de oxígeno y, oh, de esperanza—… Esos habitantes, decía, meten la pata hasta la mismísima cadera a pesar de estar muy entrenados y controlados. Y la meten, la pata, porque…

“Todos necesitábamos intoxicarnos, como equipo y también como especie, algo que nos elevara por encima de lo cotidiano, y si algún día iba a haber una colonia espacial, los colonizadores iban a necesitar con qué intoxicarse, como todo el mundo o volverse calladamente locos”, escribe una de las tres voces con las que se va contrayendo Los terranautas, la del macho alfa Ramsey. Es solo un ejemplito de lo que les pasa. Explica también que por mucho que uno se esfuerce en habituarse a la convivencia con solo otras siete personas —de su padre y de su madre cada una—, se está abocado a “la lenta desintegración de las interrelaciones”, a olvidarse de eso y de “todos hermanos y hermanas”. Ya ser un mirón, a la lujuria, a dejar que nazcan otro tipo de relaciones, a los celos, a las peleas, al puñetero aburrimiento.

Y porque, va dejando caer en distintos capítulos, “en esta vida hay ganadores y perdedores… y aunque ni esté bien ni sea justo, el hecho es que todo el mundo, desde lo más bajo hasta lo más alto, compite por el espacio y los recursos con cada inhalación cargada de O2 que hacen. Preguntad a Darwin”. Si encima los recursos se van agotando, esa competencia solo puede encarnizarse.

Resumiendo, lo que les pasa, y qué terrible es eso para el experimento pero qué entretenido para la lectura, es que son humanos, escandalosamente humanos. Ya pueden ponerles a su servicio la mejor y más desarrollada tecnología del mundo y prometerles que son la esperanza de la Humanidad entera —además de fama, claro—, que a la hora de la verdad van a comportarse como tales. Y a cagarla, se entiende. Aquí en la burbuja y en Marte, si llega esa oportunidad, me temo. (¡Ey!, pero de esta vamos a salir mejores…).

—E. S., Pérgola.

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