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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Oficio de caminantes – Zenda – «El fantasma y la señora Muir», de R. A. Dick

Caminantes y caminos

Hace bastantes años, un artículo de Javier Marías me llevó hasta una película, El fantasma y la señora Muir, de la que yo nada sabía y en la que jamás habría reparado si él no se hubiese referido a ella como una de las grandes obras maestras de la historia del cine. Se trata de una opinión subjetiva y hasta discutible, toda vez que ni siquiera es la más afamada de las muchas que rodó su director, un Joseph L. Mankiewicz que cuenta en su haber con piezas tan incontestables como Cleopatra o De repente, el último verano. El filme que tanto ensalzaba Marías, y del que yo compré una copia en DVD por ver si estaba justificado su entusiasmo, lo dirigió Mankiewicz en los principios de su carrera —fue su quinto largometraje, y firmó más de veinte— y, pese a que sobre el papel no deja de ser una comedia romántica, una parte importante de su mérito está en la sutileza con que su argumento viaja del terror al melodrama y de allí a la fantasía. La delicadeza que desprende, la magia que irradia la conexión entre las imágenes que se suceden en la pantalla y las palabras que les dan sentido, impiden que quien se sumerge en ella salga indemne. La trama arranca a principios del siglo pasado, cuando una joven viuda llamada Lucy Muir se muda, en compañía de su hija pequeña, a una casa próxima al mar en la que, según dicen los lugareños, habita un fantasma. Se trata del espíritu de un capitán de barco que no tarda en manifestarse para expulsar de sus dominios a la mujer, pero ésta no se amilana y termina plantándole cara, lo que lleva a que se entable entre los dos una relación bien peculiar. Noche tras noche, él le va relatando su vida para que ella la consigne y deje constancia de ella, y en el transcurso de ese contar se va convirtiendo en amor lo que antes había sido curiosidad y afecto. Ambos son conscientes de que la suya es una relación imposible, y la ruptura se antoja inevitable cuando Lucy conoce a un hombre del que se acaba enamorando. El fantasma desaparece entonces para no suponer un obstáculo en los planes de aquélla a quien desea, pero estos se frustran cuando se descubre que el pretendiente en cuestión tiene familia y en ningún caso está dispuesto a abandonarla para emprender una nueva vida.  No sabía —o no recordaba— que el guión de la película se inspiraba en una novela que dos años antes había publicado Josephine Aimee Campbell, Leslie bajo el seudónimo de R. A. Dick, y que acaba de rescatar en España la editorial Impedimenta con una cuidada traducción de Alicia Frieyro. No han perdido frescura sus capítulos, ni dejan sus párrafos de aportar nuevos rasgos a las figuras que uno sólo conocía a partir de su traslación al celuloide y que ahora cobran nueva vida al amparo del puro verbo  He entretenido varias horas navegando por sus páginas con el mismo ímpetu con el que surcaba el capitán Gregg los mares, y he buscado con avidez la plasmación literaria de ese colofón que en la película sobrecoge y reconforta porque, como todas las mentiras hermosas, nos instala en la convicción de que el único final posible es el final feliz. «El cuerpo de la pequeña señora Muir permanecía sentado muy quieto en la silla, con el rostro ladeado, mirando sin ver el interior de los ojos del capitán Gregg, pintados en su retrato de la pared.» Hay un rasgo que distingue a las buenas historias: por mucho que uno las conozca, por más que las sepa de memoria, no es posible regresar a ellas sin sentir un estremecimiento agradecido, el temblor de la conciencia que se sorprende interpelada y reconocida, la ratificación de que hay narraciones que cumplen una labor tan crucial como encomiable: la de procurar que nos sintamos menos solos.

—Miguel Barrero, Zenda.

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