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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Cuando la tristeza que derrama la hipocresía se convierte en letras, aparece una obra sublime como La solterona. Da igual que sea un clásico, da igual que el nombre de Edith Wharton retumbe junto a alta literatura. Lo único que importa es que la historia de Charlotte, Delia y Tina nos inmiscuye en un mundo de apariencias, ataduras femeninas y decisiones inmorales que atormentan al lector, hasta el punto de querer gritarles: “no lo hagas”.

Con la distancia de más de un siglo de diferencias y normas sociales, las relaciones, los vínculos ocultos y sentimientos la solteronaincontrolados ante lo indebido, siguen dando forma a la inmutable naturaleza humana. Esa que hace que merezca la pena toda una vida de sacrificios y mentiras dolorosas a cambio de unos instantes de honrado autoconocimiento. El ser uno mismo sin condiciones ni miradas represivas que coarten el verdadero sentido de estar vivo. De La solterona fluye un torrente de emociones prohibidas, escondidas con voluntariedad y sin remedio que, ni en una sola página, dejamos de sentir por más inapropiada que fuese dicha evidencia en la historia que nos relata. Y es que da igual el sentimiento, lo que es real es imposible de esconder. El único que cree que lo consigue, es el que miente.

Charlotte Lovell irrumpe poco antes de su enlace con Joe Ralston (familias destinadas al acoplamiento social) en casa de su prima Delia, haciéndole partícipe de un terrible secreto que decidirá el resto de la vida de ambas. Para mantener las buenas alianzas en la pomposa clase alta, Delia toma las riendas de la situación y decidirá sobre la vida de su prima, no sin atisbos de una especie de venganza encubierta, muy bien disfrazada de sutiles habilidades sociales en un mundo demandante de falsas apariencias. La solterona nos presenta una historia de bajos fondos en la alta sociedad neoyorkina del siglo XIX. Celos envueltos en compasión y normas tácitas infranqueables, secretamente violadas.

Edith Wharton pone patas arriba un mundo del que queda claro, conoce a la perfección. Con una pluma ácida e irónica, marca el relieve del papel femenino en una sociedad costumbrista, donde el decoro de la mujer por la buena imagen, parece en las páginas de la novela, un globo a punto de explotar. Una contención que va deshinchándose con una tajante, sutil e inteligente crítica por parte de la autora a dicho mundo. Así el lector se invade de cinismo, rabia y a la vez, mucha tristeza: “las lágrimas… No me las seques, Delia, me gusta sentirlas…”

Con una riqueza literaria digna de un clásico y una narrativa tan culta envolviendo una historia tan común, Edith Wharton tuvo el poder de convertir las emociones en palabras y lo innombrable en evidente. Queridos lectores, no sólo os recomiendo La solterona, os aconsejo leerla de una sola vez, sin interrupciones. Ante tan magistral obra, sería un insulto romper la magia que la acompaña.

Por Mercedes Suero.