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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Vidas abandonadas por la suerte – El Heraldo de Aragón – «Una chica es una cosa a medio hacer», de Eimear McBride

Desde que en 1922 James Joyce publicara el Ulises y dejara sin palabras a crítica y lectores con el monólogo interior de Molly Bloom, el flujo de conciencia renovó la forma de contar aquello que se agolpaba en la mente de un personaje sin orden ni estructura. Cambió la forma de trasladar a la literatura lo que sucede en la realidad. Más tarde siguieron su ejemplo Virginia Woolf y Samuel Beckett (y tantos otros después). Retorcieron el lenguaje. Jugaron con él y experimentaron. Descubrieron la forma de provocar sentimientos y contagiar estados de ánimo alterando las normas y rompiendo las reglas gramaticales establecidas.

De estas fuentes bebió Eimear McBride (Liverpool, 1976) cuando escribió esta arriesgada y exigente novela. Y no es de extrañar que tardara tiempo en encontrar editor: se trata de una primera novela de una autora joven, una historia dura que sacude y que remueve por dentro y que juega con el lenguaje de una forma nada complaciente (veamos, por ejemplo, el inicio: «Puesto que. Tú pronto. Pronto le pondrás nombre. Suturada en la piel llevará tu crónica. ¿Mami yo? Sí tú. Brincas en la
cama, diría. Diría que es lo que hiciste. Luego te tumban. Te abren un tajo. Hora y día y espera») que logró ser publicada nueve años después en Galley Beggar, una pequeña editorial independiente inglesa, y que ahora publica en español Impedimenta, con una excelente (y complicada) traducción de Rubén Martín Giráldez.

La chica protagonista de esta novela no tiene nombre. Tampoco su hermano, su madre o el resto de personajes. No sabemos dónde vive ni cuándo se desarrolla la historia. Así, despojada y desprovista de todo contexto, se nos muestra esta familia rota: un hermano mayor que vive a la sombra de un tumor cerebral extirpado con apenas tres años que le dejó ciertas secuelas –una enorme cicatriz que le cruza la cabeza hasta la frente, una leve cojera y un pequeño retraso– y que reaparecerá en la adolescencia; una madre superada, abandonada por su marido, con arranques de violencia y más volcada en la religión que en sus hijos; y una narradora, la hija pequeña, que crece siendo una niña solitaria que defiende a su hermano de los chicos que lo insultan en el colegio mientras busca su lugar en el mundo. Su búsqueda, su descubrimiento de la vida, es en realidad una bajada a los infiernos más oscuros.

Por un lado, su vida está condicionada por la enfermedad del hermano y la sombra de la muerte; por otro, su iniciación sexual está lastrada por una violación sufrida siendo aún una niña que la hace utilizar el sexo como una herramienta de autodestrucción, una adicción compulsiva y cada vez más violenta que le proporciona placer a través del dolor.

Aunque dura y nada cómoda, Una chica es una cosa a medio hacer es una novela de aprendizaje: el paso de la infancia a la madurez de la protagonista, que crece sintiéndose abandonada por su madre y desubicada por completo, su escape a la universidad, su retorno cuando la enfermedad del hermano reaparece, su relación con su violador, sus pulsiones sórdidas… todo está narrado en un largo monólogo dirigido a su hermano, una desbordante re capitulación de sus vidas que nos permite asistir a esa degradación, a ese conflicto permanente, a esa fragilidad que esconde detrás de su carácter desafiante y descarado.

No es este un libro al que se pueda entrar de puntillas ni que se pueda tomar como lectura ligera. Entrar en este libro no es fácil y para disfrutarlo hay que entregarse en cada línea. Pero una vez dentro, una vez que el lector ha asumido una nueva sintaxis y un nuevo orden, el texto adquiere una extraña armonía. Las frases incompletas, las repeticiones, el orden alterado y la puntuación anárquica consiguen un ritmo que hace que lo que estamos leyendo cobre sentido. Este estilo caótico y torrencial se convierte en un personaje más de la novela, una poderosísima forma de narrar que logra contagiarnos la inestabilidad de la protagonista y que sintamos la oscuridad de esta historia, la dureza de estas vidas abandonadas por la suerte.

—Eva Cosculluela, El Heraldo de Aragón.

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