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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Relatos que cambian cosas – Mamagazine – «Tienes que mirar», de Anna Starobinets

«Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirse en la protagonista de un cuento de terror. Dudé mucho tiempo si merecía la pena escribir este libro. Es demasiado personal. Demasiado real. No es literatura.

Pero lo único que sé hacer es escribir. No tengo ninguna otra habilidad para cambiar el mundo. Este libro no trata solo de mi pérdida personal. Habla de lo inhumano que es en mi país el sistema al que se ve arrojada una mujer obligada a interrumpir su embarazo por razones médicas. Este libro habla de la humanidad y de la falta de humanidad en general».

Así comienza Tienes que mirar, el último libro de la periodista y escritora Anna Starobinets (Moscú, 1978). Conocida como la «Stephen King rusa», la autora dejó de lado la ciencia ficción, el terror y los libros infantiles para escribir, en 2017, este fragmento de vida, de su vida, quizá uno de los tránsitos más dolorosos por el que puede pasar una mujer. Y es que Anna tuvo que desplazarse a Alemania para poner fin a un embarazo tardío por motivos médicos, tras encontrar en su país pocas facilidades en las instituciones sanitarias y el mandato de esconder un trance, el del aborto, considerado «feo y pecaminoso».

Sucedió en 2012 cuando, una visita rutinaria, reveló a través del ecógrafo que el bebé que Anna estaba gestando no sobreviviría a causa de una enfermedad renal poliquística. A raíz de ese acontecimiento, Anna revela los hechos, se convierte en superviviente, lucha contra la frialdad y la falta de empatía de los sanitarios en su país. A la narración de esta historia de terror se suma el dolor por la pérdida. Y un final esperanzador, resultado de la transformación del duelo en algo más luminoso.

Hablamos con Anna Starobinets sobre su último libro que es un relato escrito de su experiencia, de las consecuencias de su publicación y de la necesidad de arrojar luz sobre testimonios como el suyo.

¿Cómo se encuentra, ahora, tras haber pasado por la tremenda experiencia que relata en su libro? ¿Ha sido la literatura, en algún sentido, terapéutica para usted?

El propósito de escribir esta novela, Tienes que mirar, residía en producir un punto de inflexión en la sociedad, aunque también supuso un agarradero psicoterapéutico. Al menos, la vida breve de mi hijo no fue en vano, tuvo un significado. Su historia ha cambiado la historia, no ha seguido su camino marcado.

Relatos como el suyo son sumamente necesarios. Me da la impresión de que sigue siendo algo que esconder, algo de lo que, mejor, no hablar porque el dolor que provoca se presume como íntimo. ¿No es mejor compartir el dolor/el duelo para descargarse?

En la cultura rusa y, sobre todo, en la postsoviética, mi relato, este relato, se tiende a ocultar. Cuando se publicó el libro, se me reprochó el hecho de hablar en público de mis problemas domésticos y de estar exponiendo mi dolor al mundo. Pero estaba, y estoy, segura de que es mejor hablar de ello y que la gente lo sepa, que permitir que se pudra en soledad. Hay que aprender a dejar que el dolor se marche para impedir que te devore. 

¿El tabú sobre el aborto implica que sea un tema tabú en la literatura? ¿El que el aborto solo pueda darse en el cuerpo de una mujer —y no en el de un hombre—, al igual que un parto, implica menos cuidados, menos reconocimiento o la posibilidad de menos queja por ser un tema estrictamente femenino?

El aborto no es un tabú para la sociedad rusa; en este sentido, según creo, algo que no se siente igual en la española. Porque en la Unión Soviética, el aborto era el método anticonceptivo estándar. Había mujeres que llegaban a experimentar en sus cuerpos hasta diez abortos. Esto se consideraba la norma por un lado; por el otro, eran asuntos que pertenecían estrictamente a los «problemas de las mujeres». Los hombres no querían verse salpicados por él. Los «problemas de las mujeres» a los que aludo, pertenecen a una visión antigua, de la Rusia patriarcal. La combinación de estas dos perspectivas que son, por otro lado, tan comunes en la sociedad moderna, resulta una mezcla altamente tóxica para las mujeres. 

¿Ha tenido la oportunidad de leer sobre experiencias parecidas a la suya? ¿Podría darnos alguna recomendación sobre libros que traten el tema del aborto en la ficción y en la no ficción? 

Cuando me sucedió lo que relato en mi novela, necesité encontrar libros en mi lengua que me contasen lo que me estaba ocurriendo, pero lo cierto es que no existían. Recuerdo que, aquellos días, encontré un texto en internet, que estaba en inglés, y que se titulaba Manos vacías. Este hablaba de lo que era para una mujer estar esperando un bebé que nacería pronto y que, sin embargo, aquella espera desembocaría en una situación de «manos vacías», manos en las que no habría ningún bebé. En aquellos momento estaba fuera de mí, muy alterada, así que no podría decir si se trata de un buen o de un mal libro, desde un punto de vista literario, claro. Fue el texto que encontré, el texto en el que me apoyé. Pero no lo recomiendo. 

¿Qué es lo más positivo que le ha traído la publicación de su relato y qué es lo peor a lo que ha tenido que enfrentarse?

Mi miedo más grande, por decirlo de algún modo, era que el libro se publicase y pasase desapercibido; que no se leyese por la intimidad que desbordaba o la posible oscuridad. Mi propósito era iniciar un debate público, era lo más importante para mí. Afortunadamente, su aparición generó un gran impacto: la mayor parte de la prensa Rusa se hizo eco de él y hubo numerosas reimpresiones. Ahí comenzó el auténtico diálogo público que tanto anhelé, pero que terminó resultando aterrador. Claro que muchas personas estuvieron de acuerdo con su publicación y con lo que en él se decía, hasta me lo agradecían, pero también hubo una oleada de comentarios muy muy negativos. Me dijeron que rentabilizaba mi dolor, que exponía mi ropa llena de sangre; que estaba haciendo público un sufrimiento que podía guardarme para mí. Hasta me dijeron que acusaba injustamente a unos médicos que se desvivían por sus pacientes cobrando muy poco. E incluso que no amaba a mi país. Publicado el libro, se rompió el tabú, y se abrió la herida que supuraba. A día de hoy, también puedo decir que muchos colegas escritores lo criticaron abiertamente. Esto es, cuando la novela entró en el listado de títulos preseleccionados del premio «Best Seller Nacional», uno de los miembros del jurado dijo que mi libro no era literatura, y que nada tenía que hacer en este ámbito. 

Fue difícil, pero no me arrepiento, porque la aparición de Tienes que mirar produjo cambios reales en el sistema médico ruso. Por ejemplo, en la clínica de la que hablo en mi libro, la dirección de la misma se preocupó de impartir cursos especiales de ética para sus médicos. Especialmente en lo que a informar o notificar malas noticias a los pacientes se refiere. Multitud de sanitarios han expresado públicamente su apoyo a mi novela y a los necesarios cambios que tiene que experimentar el sistema. En Moscú se inauguró igualmente una maternidad en un hospicio para mujeres que tenían el mismo problema que tuve yo. Mujeres que tienen hijos que no vivirán. Allí ahora los médicos no ejercen presión alguna y se ha borrado la palabra «incorrecto» al hablar del estado del bebé. Así, cuando nace el niño, las madres tienen la oportunidad de contemplarlo y poder despedirse como ellas lo sientan, crean o necesiten. 

¿Por qué te recomendamos este libro?

Un miembro de jurado de los Best Seller Nacional dijo que este libro no era literatura. Y claro que lo es: es narración y lo es sin florituras, con un estilo directo y poco aliñado. Quizá ese señor necesite una larga lista de descripciones para considerar esta memoir como integrantes de un género literario… pero la realidad es que no se necesitan más adjetivos. Solo se necesitan los hechos. Y traducir estos hechos en palabras no solo ha creado una obra literaria muy necesaria sino que, además, ha favorecido un trato más humano por parte de los trabajadores sanitarios hacia los pacientes. Ha forzado la empatía y la humanidad.

Son muy necesarios los relatos sobre los «problemas de las mujeres»: cuantas más experiencias compartamos, cuanta más información tengamos, menos frustración nos atacará cuando nos vengan mal dadas. Es admirable la valentía de Starobinets. Lo bueno es que, además, su valentía es realmente útil para el resto de mujeres en una situación como la suya. La experiencia de Anna no es infrecuente, aunque se considere «trapos sucios» a lavar en casa de cada una.

—Victoria Gabaldón, Mamagazine.

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