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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
PARA SOBREVIVIR AL DOLOR, ES NECESARIO RECONOCERLO – El Mundo – «Tienes que mirar», de Anna Starobinets

La autora, considerada la Stephen King rusa, abandona la ficción para contar en primera persona su experiencia cuando a los tres meses de embarazo supo que su hijo no podría vivir después de nacer por una malformación. Tienes que mirarlo es un relato estremecedor tanto de la maternidad como de la sociedad rusa

Tienes que mirarlo (Impedimenta, traducción de Viktoria Lefterova y Enrique Maldonado) no se parece a ningún libro. Para empezar, porque su autora, Anna Starobinets, es una novelista de terror («la Stephen King rusa», se ha dicho) que aquí da con la historia más estremecedora de su carrera en el género de la no ficción. En 2012, Staborinets, embarazada de tres meses, supo que el hijo que gestaba no podría vivir después de nacer por una malformación de sus riñones. ¿Debía terminar el embarazo o completarlo y apurar la posibilidad de un milagro? Dudaba y se le acababa el tiempo de practicar un aborto seguro. Visitaba a nefrólogos, radiólogos, psiquiatras y obstetras de Moscú y cada sesión era más aterradora que la anterior. Los médicos la humillaban, le anunciaban padecimientos espantosos y le cobraban a precio de oro 15 minutos de reconocimiento. Al cabo de unas semanas, Anna y su marido se convirtieron en exiliados sanitarios. Consiguieron algún dinero y escaparon a Berlín, al Hospital de La Charité, donde los médicos los trataron como a seres humanos, les aliviaron sus dolores en lo posible y les dieron consejos razonables. Por ejemplo, ese «tienes que mirarlo» del título, que se refiere al cuerpo del bebé condenado. Tienes que mirarlo aunque dé miedo, porque, de lo contrario, el duelo será imposible. «Ya sé que ahora sonará muy pretencioso, pero con este libro me propuse cambiar el mundo, el enfoque médico y las actitudes públicas, con el poder de la palabra», explica Starobinets. «En cierto sentido, fue un acto de quijotismo: armarme con la palabra, porque no tengo ninguna otra arma. Mi temor fue que nadie lo leyera porque el tema resultase demasiado duro y lúgubre. Si era así, el mundo en nada cambiaría, no se iniciaría siquiera el debate. También temía las denuncias de los médicos. Escribí la verdad sin tapujos, di los nombres reales de todos los médicos, pero no tenía pruebas con las que sostener mi relato. Al final, no hubo denuncias y ningún médico puso en duda los hechos descritos en el libro. Eso sí, discutieron mi actitud y negaron mi derecho moral a hablar de mi pérdida. Era un tabú. Se dijo que muestro ‘mi ropa sucia y ensangrentada’ y que ‘deshonro a mi país’».

Todo suena muy tremendo, pero hay un secreto: el relato de Starobinets es, en realidad, bastante cómico. Hay momentos de autoparodia, de humor negro y de ironía en la fatalidad. «Lo único que oigo sobre este libro es que es desgarrador, punzante, útil o, a la inversa, manipulador, histérico y misántropo. Pero nadie dice que en ciertos momentos es, dios me perdone, divertido. Por ejemplo, la escena de la visita al psiquiatra debería, en mi opinión, sacar una sonrisa, pero parece que a los lectores les avergüenza esa sonrisa», explica la autora.

ESCRIBÍ LA VERDAD SIN TAPUJOS, DI LOS NOMBRES REALES DE TODOS LOS MÉDICOS”

Parte de la ironía de Tienes que mirar se dirige a las hipermadres, las perfectas futuras mamás con las que Anna y su marido, hechos un despojo, se cruzaban en las clínicas. Su papel en su historia es el de un coro siniestro que es cómplice de la desgracia ajena porque convierte la paternidad en un juego de perdedores y ganadores.

«Obtienes la prueba de embarazo positiva y, de pronto, te encuentras en la línea de salida de algún tipo de competición interminable. El niño debe desarrollarse en el útero según el calendario, no liarse con los cromosomas, colocarse cabeza abajo, nacer a término (y tú mientras tanto comer bien, dormir mucho y hacer planes para el futuro); después debe crecer según lo previsto, aprender a girarse a tiempo, a sentarse a tiempo, a hablar a tiempo, a caminar, a usar el orinal… La competición nunca acaba: como madre tienes que proporcionar a tu hijo una gran inteligencia, el ambiente psicológico correcto, una buena forma física, una buena escuela, universidad, carrera… Y a tu alrededor siempre hay supermamás que lo hacen mejor. Pero no hay nada más triste que dejar la carrera casi de inmediato, en la etapa del embarazo, aún antes del nacimiento». Rusia es el otro tema de Tienes que mirarlo. Moscú es, en el relato de Starobinets, un lugar hostil en el que los médicos tratan a sus pacientes como si fueran comisarios del PCUS y sus empleados, incluso los más modestos, son incomprensiblemente ásperos. Cuando el relato se traslada a Berlín, el lector respira aliviado al reencontrarse con la amabilidad del ser humano.

«Explicar esta tradicional rudeza rusa, esa, a veces, falta de humanidad, significa, quizá, abordar todas las malditas preguntas rusas: quién tiene la culpa, qué hacer, etcétera. Mi explicación es incompleta y se refiere solo al último período histórico: nuestra sociedad, 30 años después del colapso de la URSS, todavía funciona siguiendo el principio de los bandos. O según el principio de Esparta, que fue un modelo para la sociedad soviética. Sobrevive quien actúa y habla desde una posición de fuerza y poder».

30 AÑOS DESPUÉS DEL COLAPSO DE LA URSS, AÚN FUNCIONA EL PRINCIPIO DE LOS BANDOS”

Casi al final del libro, una enfermera berlinesa le dice a Anna en inglés: «No hay motivo para abandonarte en el dolor» y parece que ése es el descubrimiento al que nos dirige la historia de Starobinets. Lo curioso es que ese «no sufras» también significa lo contrario que «tienes que mirarlo» del título. Tienes que mirar al bebé, aunque duela mucho, para poder seguir adelante. «Probablemente el truco es que, para sobrevivir al dolor, es necesario reconocer su presencia y no fingir que no te duele en absoluto y que no hubo ningún bebé, sino solo algunas células defectuosas conectadas incorrectamente. Mirarlo es mostrarle respeto y amor. Y esta es una razón suficiente para soportar un poco de dolor».

—José Luis Alemany, El Mundo.

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