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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

«Sapphira y la joven esclava», de Willa Cather

«Un hombre tiene que ser fuerte como un toro para salir del lugar en el que nació» (pág. 121), piensa un personaje de Sapphira y la joven esclava (1940) en referencia a un muchacho del campo que podría aspirar a una vida mejor.

Willa Cather (1873-1947) sabía lo que significa alejarse de los orígenes y romper barreras sociales: su familia era de origen galés y alsaciano, ella nació en Back Creek Valley (Virginia) y a los nueve años se trasladó a un rancho de Nebraska, donde se sitúan sus novelas más importantes, Mi Ántonia (1918) y la ganadora del Pulitzer Uno de los nuestros (1922), que exploran la dura cotidianeidad de los pioneros norteamericanos. Tras terminar sus estudios, ejerció como periodista, se mudó a Nueva York y empezó a vivir con una mujer. No se casó nunca, y precisamente el rol de la mujer en el modelo patriarcal es otro de sus grandes temas.
En Sapphira y la joven esclava, su último libro, Cather evoca el escenario de su niñez con una nostalgia no exenta de lucidez, puesto que recrea la época de la abolición de la esclavitud en los estados sureños desde una perspectiva que destapa todas las sombras del conflicto. Sapphira, la protagonista, vive en Back Creek Valley en 1856 y dispone de esclavos negros a su servicio, una práctica que cada vez está peor considerada por la sociedad. Su marido, con quien no comparte cama desde hace años, es de origen más humilde y tiene ideas diferentes al respecto. Tampoco la hija, de naturaleza progresista  y cercana a la gente modesta, se muestra afín a su madre. En estas circunstancias, el resentimiento infundado de Sapphira hacia Nancy, una joven criada, sirve de pretexto para analizar a fondo el papel que juegan todos ellos en la lucha por la libertad.

La esclavitud es el centro de la novela, pero Cather expande la cuestión a la conciencia del lugar de cada persona en la estructura social, en general, sin el maniqueísmo amo-esclavo. De hecho, la complejidad de los personajes pone de manifiesto las enormes contradicciones que puede haber en el rol de cada uno. Sapphira, sin ir más lejos, no debería haberse casado con un hombre como su marido ni tendría que vivir en una zona sencilla como Back Creek; sin embargo, lo decidió por su propia voluntad pese a la categoría de su familia. Ahora, en la madurez, se encuentra postrada en una silla de ruedas y aun así conserva su carácter autoritario. Su relación con los esclavos es, asimismo, ambigua: del mismo modo que somete a Nancy, actúa de buena voluntad con una anciana y respeta a su doncella. Más que una propietaria tirana, Sapphira es una mujer dominante y fría (también con los suyos), en gran medida por la educación que recibió, pero con la perspicacia suficiente para saber tratar a los demás («Hay distintas formas de ser bueno con la gente. […] A veces, poner a la gente en su sitio es una forma de ser bueno con ellos», pág. 244).

La hija de Sapphira, Rachel, representa la frescura de una generación en contacto con el pensamiento liberal: se casó con un hombre cultivado, vivió en la ciudad y lee la prensa. Aunque podría llevar una existencia cómoda, como su madre, prefiere la austeridad de su hogar y no tiene reparos en ayudar a los más necesitados. El padre, en cambio, a pesar de compartir muchas ideas con ella, carece del arrojo de Rachel para llevarlas a cabo y pasa los días trabajando, incapaz de hacer frente al problema que sufre Nancy.  Cather, por lo tanto, plantea una visión particular del patriarcado: las mujeres, aun con las limitaciones propias de la época, demuestran fortaleza, actitud; no se preocupan por la feminidad ni permiten que sus pensamientos giren alrededor del amor (Cather fue muy crítica con el sentimentalismo de algunas escritoras). En efecto, las relaciones de pareja se alejan por completo del cliché romántico: Sapphira y su marido mantienen un vínculo puramente formal; la dueña casó a su doncella con un hombre castrado para que no tuviera que «cargar» con una prole de niños; Rachel, pese a la viudez, no ha regresado a la casa familiar y saca adelante a sus hijas sola; y Nancy, la joven esclava, sufre el acoso de un chico.

En relación con los esclavos, ni siquiera entre ellos hay un punto de vista único, porque están anclados a los propietarios desde hace tantas generaciones que algunos prefieren la estabilidad de la sumisión a la incertidumbre de un hipotético contrato laboral como personas libres. La autora, que domina el registro coloquial de los esclavos, plasma sus dudas y las múltiples caras de su trato con los propietarios (desde la criada respetada por la matriarca al peón humillado por los aires de grandeza del señorito), aunque es contundente a la hora de denunciar este vínculo abusivo. Nancy, además, experimenta el paso a la edad adulta en este clima de transformaciones, y su evolución se puede extrapolar al camino hacia la libertad de toda la comunidad de esclavos. En este sentido, el epílogo resulta especialmente destacable, porque narra una escena acontecida veinticinco años después desde la voz de una Willa Cather niña —a diferencia de la tercera persona empleada en la mayor parte de la novela—, una Willa Cather niña y por consiguiente no pervertida por los prejuicios de sus antepasados, que mira a Nancy con los ojos de otra época (el paso de llamarla la muchacha «amarilla» a la mujer de piel «dorada», con todo lo que conlleva, es un buen símbolo del cambio producido).

Por si fuera poco, el lenguaje ameno y la estructura lineal —Cather descartó las técnicas experimentales de algunos contemporáneos— hacen de Sapphira y la joven esclava una obra apta para mucha gente, un ejemplo perfecto de novela fácil de leer y, no obstante, difícil de interpretar en su totalidad por la cantidad de matices que la componen, sobre todo en la construcción de personajes, de los que se conoce su pasado con gran detalle. No hay que guiarse por las apariencias: el conflicto entre Sapphira y Nancy solo es el punto de partida, el hilo con el que tejer una magnífica historia sobre la capacidad del ser humano, esclavo o no, para salir de los límites impuestos por su condición social y encontrar la libertad personal. Un dignísimo broche final a la carrera de una de las grandes damas de la literatura estadounidense.

Como último apunte, si alguien desea leer más sobre la esclavitud en Estados Unidos, esta vez a cargo de una escritora actual, recomiendo El último refugio (2013), una novela de Tracy Chevalier ambientada en la misma época que se centra en la huida de esclavos al norte.