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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
La literatura se hace con literatura, no creo que haya que vivir de primera mano lo que se escribe – Caretas – «A lo lejos», de Hernán Díaz

CARETAS conversa con el escritor Hernán Díaz sobre su novela “A lo lejos”, un antiwestern finalista de icónicos galardones literarios.

Precedida por un éxito de crítica, premios y difusión en el mercado norteamericano, A lo lejos, novela debut de Hernán Díaz, llega a España y Latinoamérica gracias a la editorial Impedimenta y en traducción del escritor Jon Bilbao. A lo lejos ha sido considerada como un antiwestern en el que se explora la configuración fundacional de Estados Unidos pero también del inmigrante, quien, a partir de su épica privada, constituye su propia nación.

Sheriffs locos, diligencias asaltadas, fanáticos religiosos, indios, naturalistas y tramperos de la más insólita ralea son solo algunos de los materiales que componen el universo de A lo lejos, en donde la efervescencia del siglo XIX parece encarnarse en la sombra de Håkan, héroe definitivo y gigantesco que, como don Quijote o Robinson Crusoe, reclama su sitial en la picaresca occidental. Desde Nueva York, Hernán Díaz conversa con CARETAS sobre su literatura y su novela ahora traducida al español.             

Ha pasado casi un año de la traducción al español de A lo lejos. Luego de que en su versión original la novela ganara premios internacionales y quedara finalista entre los icónicos Pulitzer y el PEN/Faulkner, ¿cómo has visto la proyección del libro en países de habla hispana?

La recepción del libro en España y América Latina ha excedido todas mis fantasías. La editorial (Impedimenta) ha hecho un trabajo increíble: la edición en castellano es bellísima y la distribución ha sido excelente, especialmente en estos tiempos tan difíciles. Me importa mucho que el libro circule en castellano, ya que esa es mi primera lengua. Y si bien es cierto que la novela está en diálogo abierto con la tradición norteamericana, también es verdad que hay muchísimas referencias al canon latinoamericano y español: Don Quijote, las crónicas de Indias, la literatura gauchesca, J.E. Rivera, Borges, Rulfo…

Ahora estás traducido, gozas de lectores, tienes agente literario, formas el catálogo de Impedimenta junto a grandes como Mircea Cartarescu o Mary McCarthy, etc. Sin embargo, no siempre tuviste tantas puertas abiertas. ¿Podría considerarse este libro como un triunfo frente a otros tantos rechazos editoriales, a manuscritos en carpetas y a luchas por mantenerte escribiendo pese a todo?

Fueron años y años de rechazo, sí. Pero la lección constante, para mí, fue confirmar que escribo porque necesito hacerlo, porque es una felicidad casi perfecta. Es cierto, de todos modos, que a veces uno siente que se está volviendo loco escribiendo en un vacío total. Por momentos es muy difícil. Pero el antídoto es siempre esa dicha que uno encuentra en el lenguaje.

En una entrevista dijiste que “El sistema editorial, institucionalmente, está montado para que el escritor joven, para que el escritor nuevo, fracase. No está montado para estimularlo de ningún modo”. ¿Quizá todo eso demoró un poco la publicación de tu primera ficción? ¿Es tan difícil que un joven escritor logre entrar a la industria literaria gringa?

Aquí, en los Estados Unidos, es un círculo vicioso: para ser publicado, hay que tener un agente, y para tener un agente, hay que haber publicado… Creo que un modo de romper ese círculo es a través de los programas de “escritura creativa,” y que algún profesor te tome bajo su ala y te introduzca al mercado. Yo no tuve ese recorrido. Siempre estuve relacionado con la literatura, pero mis trabajos fueron académicos (y aquí son mundos muy diferentes). La editorial Coffee House Press tiene un día al año en el que aceptan manuscritos sin agentes. Tienen un cupo de unos 600 manuscritos, que suele cerrarse ese mismo día. Envié mi novela y tuve suerte.

Tienes poco más de cuarenta y cinco años, y A lo lejos es tu primera novela publicada. Por lo que sé tienes también un libro de crítica sobre Borges y eres catedrático en la Universidad de Columbia. ¿Cómo lidias o creas balance entre tu proceso creativo y tu proceso de crítico? ¿Los separas? ¿Los entremezclas?

Es una relación complicada. Al nivel de la escritura, hay una separación total. La prosa académica no tiene nada que ver con la prosa literaria. Pero creo que el trabajo de muchos años en archivos y bibliotecas me ha dado cierta disciplina que es muy útil para la ficción. También la lectura de textos filosóficos a lo largo de los años ha sido muy buena para mi ficción.

Vives en Estados Unidos desde hace más de veinte años. Naciste en Argentina, luego pasaste a vivir parte de tu infancia en Suecia. A lo lejos, siendo una suerte de western, o antiwestern, reconstruye los fundamentos de EEUU como nación, pero desde la mirada del inmigrante. ¿Desde el principio tuviste claro esta consigna, o fue apareciendo a medida que avanzaba la escritura?

Nunca empiezo a escribir desde un punto de partida teórico. Es más emocional, brumoso y difícil de describir. Un desorden productivo. Pero es definitivamente algo que tiene que ver con determinado sentimiento. En el caso de esta novela, la soledad y el extravío. A medida que la trama va cobrando forma, voy pensando qué implicancias puede tener en un contexto literario mayor. Me resulta muy productivo pensar en términos de tradiciones, del canon, y luego ver qué tipo de huecos o puntos ciegos puede haber allí. El western es un caso claro.

[In the Distance es el título original de la novela de Hernán Díaz. La editorial Impedimenta la tradujo al español como A lo lejos y la ha puesto en circulación en el mercado hispanoamericano. Fuente: Editorial Impedimenta]

A lo lejos está ambientada casi a la mitad del siglo XIX, en donde el caballo, la tierra y las manos son los elementos esenciales de esa civilización. Hay también mucho desierto, mucha estribación, mucha caza y restos de animales extintos por todos lados. ¿Cómo hiciste para familiarizarte con todo esto? Por ahí leí que ni siquiera sabes montar un caballo y eres puramente urbanita.

Sí, no sé montar a caballo. Y soy esencialmente urbano. Pero no creo que para escribir literatura haya que vivir de primera mano aquello de lo que uno escribe. La literatura se hace con literatura. Así que leí muchísimos relatos de viajes del siglo XIX. Pero la mayor parte del libro es totalmente imaginada.

La crítica no ha dejado de emparentar tu literatura con la de Cormac McCarthy. Sin embargo, creo que te sientes más cercano a otros autores. Proust, por ejemplo.

¡No sé por qué siempre aparece Cormac McCarthy! No es un escritor en el que piense jamás. De hecho, McCarthy detesta a varios de los escritores que yo amo, empezando por el mismo Proust y, por ejemplo, Henry James. Leí algunas novelas de McCarthy, pero no es una referencia en absoluto para mí. Me parece que el tratamiento del tiempo en A lo lejos, por ejemplo, aspira más a un devenir proustiano (¡no estoy diciendo que lo haya logrado!).

El estilo narrativo es quizá el punto más fuerte de tu libro. Hay una suerte de punteo o ritmo que, me parece, se acerca mucho al estilo de Henry James, de quien por cierto te sientes muy cercano. ¿Qué lecciones narrativas recoges de James?

En efecto. Tengo un retrato de James en mi oficina. Su influencia ha sido decisiva. Diría que además de cierta cadencia lo que más valoro en él es su tratamiento del punto de vista. He aprendido mucho de James en ese sentido. Y otro aspecto de su literatura que me ha marcado mucho es que muchos de sus relatos y novelas parecen girar en torno a la imposibilidad de relaciones directas. Solo podemos vincularnos con otras personas a través de mediaciones.

Hakan, así como el Quijote o Robinson Crusoe, parece ser el paradigma de la aventura. Hay mucho de picaresca en A lo lejos y el libro puede leerse como la educación sentimental de un niño que se hace hombre y luego anciano en medio de la extravagancia de lo que podríamos llamar humanidad. ¿Cuál es tu relación con el género aventura?

Todos los libros que mencionas aquí me encantan. Y me encanta la picaresca. La novela de aventuras me fascina. Hay una velocidad en la lectura que es algo a lo que aspiro, por momentos, en mi escritura. Ese deseo casi físico de pasar las páginas. También la relación frente a la muerte que siempre está en el centro de la aventura. Eso me resulta fascinante. Pensamos en la aventura como un género puramente físico, pero es esa dimensión física la que lleva al género a una dimensión mucho más profunda: las verdaderas aventuras siempre reflexionan sobre nuestra finitud y nuestra soledad esencial.

Por momentos, sin embargo, la aventura externa del libro se paraliza y el lector ingresa a otra forma de aventura, una más interna, más psicológica, donde el narrador, los personajes e, incluso, el propio receptor se retrotraen, pierden el sentido del tiempo y el espacio. ¿En algún momento dudaste de estos hiatos o ejercicios de contemplación que siempre ralentizan un poco el texto?

Sí, claro. Uno siempre duda cuando la narración se torna más espesa y viscosa. Pero me interesaba esa diferencia de velocidades, en contraste con lo que decía antes de la aceleración de la aventura. Pero tenía la esperanza de que el lector viera la alternancia de esos ritmos (y de los paisajes interiores y exteriores).

Silencios elocuentes, elipsis brutales, lirismo exacerbado, ruptura espacio/temporal. ¿Fuiste consciente de la esquematización de estos elementos mientras escribías?

Sí, ninguno de esos elementos es casual. No me parece que una “historia” (para usar un término) pueda existir fuera del lenguaje. Es, entonces, la suma de esos ritmos, recursos retóricos, juegos con el tiempo, desplazamientos de registro, etc., de donde proviene la historia. La historia es esos elementos.

Uno de los personajes más memorables del libro es el naturalista John Lorimer. Sus teorías, ideas y puntos de vista enriquecen de sobremanera el relato. ¿Cuál es tu relación con el naturalismo? ¿Seguiste algún modelo especial?

Sí, la tradición del naturalismo me interesa profundamente. Tuvo una vida muy breve que se dio en la intersección del Romanticismo y un incipiente positivismo. Por un lado, una visión extática, sublime, rapsódica de la naturaleza. Por otro lado, un impulso taxonómico, clasificatorio y descriptivo. Es realmente una combinación extrañísima. Debería decir, también, que Lorimer es mi homenaje a la filosofía transcendentalista de los Estados Unidos. Emerson, en particular, es un escritor central para mí.

El lenguaje parece otro de los protagonistas del libro. No solo en la escritura, sino también en el fondo mismo del asunto. En ese sentido pensé mucho en la influencia que puedes haber extraído de Saer, pero también de Faulkner o Henry James. ¿Qué significan estos escritores para ti?

Saer es un escritor muy importante para mí. He leído todos sus libros (y tuve la suerte de conocerlo brevemente.) De adolescente estaba obsesionado con su literatura. Me encanta su sintaxis y lo que hace con el tiempo. Lo relaciono con Beckett. Confieso que no logro que me guste William Faulkner. Seguiré intentando. Sé que es mi culpa.

¿Es cierto que fuiste alumno de Jacques Derrida?

Tomé el seminario de Derrida varias veces en la Universidad de Nueva York. Cuando digo “seminario,” en realidad se trataba de clases multitudinarias. Pero las tomaba cada semestre. Nunca tuve una relación personal con él, más allá de visitarlo en su oficina. Fue un gran trabajo distanciarme de ese modo de pensar y escribir. 

Por último. Ya que estás dentro de la industria literaria norteamericana, ¿qué autores de tu generación que publiquen allá consideras interesantes para ti?

¡Uy, muchísimos! Sin seguir ningún orden particular, mencionaría a Rachel Kushner, Lauren Groff, Percival Everett, Rebecca Solnit, Colson Whitehead, Ottessa Moshfegh, Miriam Toews, Diane Williams. Podría seguir…

—J. J. Maldonado, Caretas.

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