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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Cuando el futuro era un territorio por conquistar – El Diario Montañés – «El Invencible», de Stanislaw Lem

Editorial Impedimenta celebra el centenario de Stanislaw Lem con el rescate de su clásico El Invencible

A finales del pasado año, el parlamento polaco declaró oficialmente este 2021 como el Año Lem, conmemorando el centenario del nacimiento del escritor Stanislaw Lem (Lwów, 1921-Cracovia, 2006), santo y seña de la literatura contemporánea de Polonia y uno de los puntales de la ciencia-ficción en el siglo XX. Tras saltar a la fama con Austronautas en 1951, el éxito internacional le llegaría con Solaris (1961), su obra cumbre, que incluso sería adaptada para el cine por el soviético Andrei Tarkovski.

En España, tras un largo periodo de silencio editorial –a mediados de los años ochenta su buena estrella comercial comenzó a eclipsarse–, su figura ha sido reivindicada por la editorial Impedimenta, empeñada en rescatar la obra completa del polaco. Su Biblioteca Lem alcanza ya la docena de títulos, y varios de ellos con un más que respetable número de reediciones: El hospital de la transfiguración va por la octava, Vacío perfecto y Máscara por la quinta y Golem XIV por la cuarta edición. Once alcanza ya Solaris, aunque si alguna de las restantes puede hacerle sombra sería El Invencible, la elegida por el equipo de Enrique Redel para unirse a esta conmemoración internacional.

Misión de rescate

Con un guiño evidente a la armada de Felipe II, El Invencible es un navío espacial de enormes dimensiones que debe emprender una complicada misión de rescate, la de la nave de guerra El Cóndor, desaparecida en el lejano planeta Regis III, a manos de un misterioso ejército de nanobots (robots microscópicos), capaces de interferir en el funcionamiento del cerebro humano. Con la premisa de que la evolución tal vez no siempre favorezca a las especies intelectualmente superiores, Lem utiliza como nunca los recursos del género en esta novedosa aproximación a la inteligencia artificial para plantearse el futuro de la humanidad, pero también analizar y caracterizar su propia esencia. Publicada originalmente en 1964, Impedimenta lanzado este mismo mes una nueva traducción directa del polaco, a cargo de los especialistas Abel Murcia y Katharzyna Moloniewicz, que cuentan en su historial con versiones de Witold Szablowski o Wislawa Szymborska.

Obviamente, el más de medio siglo transcurrido desde su escritura resulta evidente a la hora de adentrarse en la novela, aunque su calidad de clásico del género no es cuestión baladí: como en tantos otros aspectos de la ciencia-ficción, Lem fue un pionero, y muchas de las direcciones en las que apunta este relato –la inteligencia de enjambre, el colapso tecnológico– son hoy día temas ineludibles de la producción actual. Sin embargo, su obra sigue cautivándonos, más allá del regusto retrofuturista de una época dorada en la que el futuro era mucho más brillante y espectacular. Incluso, cuando lo aborda en clave distópica. Y es que, más allá del género, las novelas de Lem fundamentan su magnetismo en ese recurso del alejamiento para observar lo cercano. Por más que surquen galaxias, sus protagonistas siguen siendo humanos.

Aspiración realista

Y es que Lem, mucho antes de recalar en la ciencia-ficción, quiso ser un escritor realista. Y en la actualidad puede llenársenos la boca con aquello de que los géneros importan poco, pero hay momentos en los que resultan trascendentales. Por ejemplo, en la Polonia de los años cuarenta. Poco importaron sus méritos en la resistencia anti-nazi: cuando intentó publicar su primera novela, El hospital de la transfiguración, se topó con un muro casi infranqueable: la censura comunista. A pesar de no tratarse de un texto especialmente político –recrea la decepción vital de un médico rural durante la ocupación nazi–, los censores fueron inmisericordes e incluso le obligaron a convertirlo en una trilogía. Tras cinco largos años de calvario, Lem decidió probar fortuna con una temática mucho menos sospechosa para el régimen. Su éxito fue inmediato, a escala internacional.

Sin embargo, con el paso de los años, la etiqueta ‘ciencia-ficción’ empezó a quedársele estrecha. Sobre todo, cuando decidió denostar a los autores norteamericanos por la baja calidad de sus obras, mientras que él aspiraba a producir ‘alta literatura’. La constatación de que en occidente se trataba de un subgénero, de literatura de consumo, de kiosco’, le resultaba insultante. Un par de artículos incendiarios, menospreciando a sus colegas –con la salvedad de Philip K. Dick, les consideraba a la misma altura intelectual de Agatha Christie–, serían la antesala de un olvido tan injusto como prolongado. Obviamente, para un autor cuyo interés literario es la distancia insalvable entre la realidad y nuestra capacidad de comprensión, los devaneos lúdicos de un género que se aproximaba más a las aventuras de Flash Gordon se quedan en juegos de niños.

Tomemos, como ejemplo, la maravillosa caracterización del a Guerra Fría que realiza en El Invencible. Casi podría pasar inadvertida, pero, en medio de la lucha entre humanos y nanobots, desliza una curiosa parábola, la estrategia del «Autoexterminio»: «Se trata, primero, de alcanzar la consolidación de dos grandes nubecerebros separados, y después, de hacerlos chocar uno con otro; lo que se pretende es que cada nube considere a la otra un rival en la lucha por la supervivencia». Cómo semejante invectiva pudo pasar inadvertida a la censura comunista en 1964 es algo ya previsto, curiosamente, en la propia novela: «No es fácil, pero es posible, siempre y cuando la nube sea solo un pseudocerebro, es decir, que no tenga la capacidad de razonar…». Satírico, pero cruelmente realista modo de retratar el enfrentamiento este-oeste durante buena parte del pasado siglo. Y una buena muestra del humor sarcástico y la intención crítica de un escritor al que no se puede encasillar en un género.

—Javier Menéndez Llamazares, El Diario Montañés.

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