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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Veinte de mayo de 1916. Tres británicos encabezados por el explorador polar Ernest Shackleton llegan a pie a la estación ballenera noruega de Stromness, en la costa norte de la isla de san Pedro. La isla, en el archipiélago de las Georgias del Sur, dista unos 1.300 kilómetros de las costas de la Antártida. Los forasteros, que tras 36 horas de penosa marcha han cubierto los 50 kilómetros que median entre la factoría y la desértica costa sur de la isla, a la que han arribado en bote, proceden de la perdida expedición del “Endurance”, atrapada en los hielos desde enero de 1915. Tras 16 meses de aislamiento, su odisea va a concluir. Y con final feliz. Porque ninguno de los 28 aventureros del “Endurance” ha perdido la vida, aunque 22 de ellos aún tendrán que esperar dos meses para saberse a salvo.

La expedición del “Endurance” (resistencia, en inglés) constituye la última gran epopeya de la edad heroica de las exploraciones polares. Su objetivo, conquistado ya el Polo Sur por Amundsen en 1911, era completar “la primera travesía a pie por el continente antártico, de mar a mar, atravesando el polo”. Una andadura de 2.900 kilómetros que, para sus patrocinadores, “además de tener gran importancia histórica, sería un viaje de enorme valor científico”. El “Endurance” había partido de Plymouth el 8 de agosto de 1914, pocos días después del estallido de la I Guerra Mundial. No es de extrañar, pues, que el estruendo de las conmemoraciones del centenario del conflicto haya dejado en tinieblas el aniversario de la que en su día fue calificada como «Expedición Imperial Transantártica».

Por fortuna, y en justo homenaje a los protagonistas de la gesta, al ilustrador inglés William Grill la efeméride no le ha pasado desapercibida. Prueba de ello es el magnífico volumen “El viaje de Shackleton” (Impedimenta, 80 páginas, 19,95 euros) en el que, con su peculiar estilo de impronta naif, explica en detalle la gestación y peripecias de una aventura que, ante todo, ha quedado como símbolo de la voluntad humana de supervivencia en las condiciones más adversas.

El angloirlandés Shackleton (1874-1922) había sentido la llamada del mar a los 16 años, edad a la que se enroló por primera vez. Decidido a labrarse un hueco en la Historia, fue el tercer oficial de la expedición “Discovery” (1901-1904), en la que Scott marcó un nuevo récord de australidad. En 1907 lideró la suya propia, la “Nimrod”, que llegó a 190 kilómetros del Polo, lo que le valió el título de sir. No fue sino tras el triunfo de Amundsen en la carrera hacia el Sur absoluto cuando Shackleton ideó la expedición del “Endurance”.

En 1913, Shackleton insertó este anuncio en la prensa: “Se buscan hombres para viaje arriesgado. Poco sueldo, mucho frío. Largos meses de oscuridad total, peligro constante, regreso a salvo dudoso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. La respuesta fue abrumadora: 5.000 solicitudes que permitieron formar una tripulación de 28 personas, incluido el propio Shackleton, y reclutar otras tantas para el buque “Aurora”, destinado a labores de apoyo logístico. Un meteorólogo, un dibujante, un físico, un biólogo, un geólogo, el fotógrafo Frank Hurley y hasta un joven polizón figuraban entre los tripulantes del “Endurance”. Además de 69 perros, cuyo peso medio era de 45 kilos.

El “Endurance”, tras una escala en Buenos Aires, se dirigió a las costas de la Antártida, pero el 19 de enero de 1915 quedó atrapado en el mar de Weddell, un enorme puzle de más de mil kilómetros de placas de hielo, a 800 kilómetros del asentamiento humano más cercano. Tras servir de “base de invierno” durante diez meses y ser rebautizado como “el Ritz”, se hundió el 21 de noviembre, destruido por la “lenta, despiadada y asfixiante presión” de millones de toneladas de hielo. Ahí comenzó el errático peregrinaje de su tripulación que, durante seis meses, sobrevivió en campamentos sobre placas heladas, hasta que el deshielo les empujó al riesgo de alcanzar tierra firme. El 14 de abril de 1916 llegaron, en tres botes y tras cinco días de travesía, a la desértica isla Elefante.

La grandeza de Shackleton, aparte de idear actividades físicas e intelectuales para mantener alta la moral de la tripulación, fue darse cuenta de que, sin una actuación decidida, la isla sería su cementerio. De ahí que, diez días después, junto con cinco hombres, se lanzase en un bote de siete metros a recorrer 1.300 kilómetros hasta las Georgias del Sur. Fue una decisión heroica coronada por el éxito. Aunque aún tendrían que pasar casi cinco meses hasta que 30.000 personas les aclamasen como héroes en la chilena Punta Arenas.

La llamada de los hielos australes persiguió a Shackleton durante lo poco que le restaba de vida. De hecho, murió en otra expedición, de un ataque cardiaco, y sus restos reposan en la estación ballenera de Grytviken, en la isla de San Pedro, a pocos kilómetros de la factoría donde seis años atrás había encontrado la salvación.

Por Eugenio Fuentes