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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
De la orografía a la metáfora – Diario Sur – «Agujero», de Hiroko Oyamada

La segunda novela de la escritora japonesa Hiroko Omayada (Hiroshima, 1983) sedimenta su trama en las influencias de Kafka y Murakami de la cual Omayada se declara deudora; influencias que atraviesan el texto en vehículo de extrañeza que no siempre parece ser conducido a la velocidad adecuada y que generan en el lector contradicciones de irregulares resultados literarios. La historia es la siguiente: el marido de la protagonista en primera persona de la novela ha sido contratado para trabajar en un enclave remoto a su vez cercano a la casa de sus padres. Su esposa, que desempeña una labor mal remunerada y poco apetecible, renuncia a ella para trasladarse con él a una pequeña vivienda anexa al hogar familiar, donde se mudan durante un sorprendente aguacero constituyente de excepción en medio de una dilatada sequía.

A partir de ese momento, Omayada despliega un engranaje narrativo donde nos encontramos a un animal cuya especie no parece corresponder a ninguna de las biológicamente registradas, y siguiendo al cual cae a través de un agujero –«Me di cuenta de que estaba tan bien encajada que me iba a costar salir»–; a una suegra enigmática y un abuelo que riega incluso cuando llueve –«Quise salir y comentarle algo, pero no tenía ni idea de qué podía decirle, ni si podría oírme»–; a un cuñado del que la narradora nunca había oído hablar, hasta tal extremo que desconocía que su marido tuviese un hermano –«Había llegado a aquel lugar por voluntad propia, nadie me había traído a la fuerza, y no es que yo fuese infeliz o estuviese frustrada, pero la realidad es que había muchas cosas que yo no sabía»–; a unos amigos que se reencuentran después de numerosos años y acaban reanudando la relación por culpa de unas comadrejas –«Un día te deshacías de ellas, al día siguiente volvían otras. Saiki tenía la sensación de haber capturado ya todas las comadrejas del mundo, pero aún así seguían apareciendo más. Según los del servicio de plagas, lo importante no era saber si estaban anidando o no en la buhardilla, sino por dónde entraban y salían cuando no caían en la trampa»–; a dos matrimonios aislados por una tormenta de nieve –«La nieve se convirtió en tormenta, aumentó de intensidad y lo cubrió todo de una bruma blanca y espesa (…) Me dio un poco de miedo ver los copos de nieve blancos chocar con el cristal en aquella negrura»– .

Resulta innegable que se re-quiere una gran dosis de talento para revertir lo cotidiano en sustento literario, y en ese aspecto Omayada no decepciona, introduciendo algunas claves de realismo mágico a su vez atemperadas por un eco de la Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, y consiguiendo que en la aparente planicie de la banalidad se fragüen innominadas inquietudes a su vez vectoras de una constante sensación de irrealidad, como si bajo la superficie de todo existiera un poso siniestro y siempre susceptible de ser absorbido por los personajes. Sin embargo existen indicios en su narrativa que desconciertan de un modo que no parece literaria-mente premeditado sino fruto de cierta inexperiencia, por otra parte comprensible si tenemos en cuenta que estamos hablando de una segunda no-vela. Será sin duda interesan-te averiguar hacia dónde se desplaza la tercera. Novela apta para lectores de un grado de exigencia de 6,6 en la escala de Valente (del 0 al 9, aquí y en Hiroshima).

—Maria Teresa Lezcano, Diario Sur

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