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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
El vacío que puebla nuestras vidas – Aki Monogatari – «Agujero», de Hiroko Oyamada

Hiroko Oyamada (nacida en Hiroshima en 1983) ya apuntaba maneras cuando obtuvo en 2010 el Premio Shinchō para escritores noveles con su primera obra, Kōjō (La fábrica), inspirada en su propia experiencia laboral. Después, llegaría el Premio Oda Sakunosuke y, finalmente, en 2014, el galardón más importante de las letras niponas, el Premio Akutagawa, con Ana (Agujero), que en una exquisita edición nos trae para nuestro deleite la editorial Impedimenta.

Oyamada, que se alza como una de las más brillantes y prometedoras plumas contemporáneas de la literatura japonesa, con un particular estilo, ágil y fresco, ha sido elogiada por su agudeza y capacidad para insertar la fantasía en entornos cotidianos, en una combinación imaginativa y original que funde lo extraordinario y surrealista con la realidad. En Agujero, nos presenta a Asahi, narradora en primera persona de esta historia, quien se traslada a una remota zona rural tras la promoción laboral de su marido, que goza de contrato estable en una empresa, frente a la eventualidad del empleo de la protagonista, al que tendrá que renunciar para comenzar una nueva vida como ama de casa. La casualidad dicta que la pareja se instale, sin necesidad de pagar un alquiler, en la casa que los suegros de Asa poseen justo al lado de su residencia, pese a la inquietante ausencia en la memoria de la pareja del edificio en el que van a vivir. Pronto, sin embargo, se instaura en la rutina de Asahi el aburrimiento, y el anodino paso del tiempo comienza a aplastar su existencia, pues los días transcurren con lentitud en un verano excepcionalmente caluroso, en el que el canto de las cigarras todo lo invade, hasta el punto de que el sonido parece emanar del interior del propio cuerpo de la protagonista.

El hastío, no obstante, se verá truncado cuando un día Asahi atisba un animal sin identificar que «no era ni un perro ni un gato ni una comadreja ni un tanuki ni un jabalí», que la conducirá a la ribera del río, donde nuestra protagonista, cual Alicia en el País de las Maravillas (referente al que de manera explícita se alude en la novela), caerá en un agujero, en el que sorprendentemente encaja a la perfección, como si estuviera hecho a su medida. A partir de ese momento, se abrirán para Asahi las puertas a lo sobrenatural y al misterio. Así, el agujero, catalizador de la metamorfosis en la relación de Asahi con todo lo que la rodea, da paso a un entorno envolvente en el que lo prodigioso toma cuerpo en la realidad, comunicando mundos paralelos, al tiempo que se nos antoja metáfora de los vacíos y ausencias de la vida personal y cotidiana de la protagonista: el aislamiento, la soledad, los roles de género y familiares; el desconocimiento de en qué consiste el trabajo de su suegra y de su marido, perdido siempre en su teléfono móvil; la ausencia constante del suegro, el enigma del que dice ser hermano de su marido…

  ¿Por qué todo el mundo lo sabía todo sobre mí, pero yo no sabía nada sobre ellos?

Asimismo, destacaríamos también las soberbias descripciones que realiza la autora, en las que el sonido toma una relevancia especial, creando sensaciones muy reales, casi palpables, casi físicas, capaces de trasladarnos al denso mediodía, cuando todo se paraliza por el calor aplastante y el envolvente canto de las cigarras, o a las misteriosas noches del estío, en las que cualquier cosa puede hacerse realidad. Oyamada se complace en conducirnos por un viaje cargado de sinestesias, demostrando una maestría insuperable para captar nuestra atención en esos pequeños detalles (el sudor entre los dedos, la fricción de la tierra al contacto de las manos, un vaso que se empaña al verterse agua en él, el aire que desde los pulmones sale propulsado por la nariz…) que, como fogonazos, transforman lo narrado en vívida experiencia.

Yo creo que no tienen interés. O puede que no lo vean, simplemente. No son el tipo de persona que se va fijando en un animal que camina por ahí, en la cigarra que vuela por allá, en el trozo de helado caído en el suelo, en el hikikomori. No se fijan. Son personas que no miran, vaya. Lo que no quieren ver no lo ven. También hay muchas cosas que tú no estás viendo.

Completa este sugestivo volumen un par de relatos entrelazados entre sí —Sin comadrejas y Una noche en la nieve—, también escritos en primera persona. En ellos, se vuelven a hacer patentes los rasgos definitorios del estilo narrativo de Oyamada, pues nos vemos atrapados en una atmósfera en la que percibimos oculto algo extraordinario, algo que se intuye tras una casa infestada de comadrejas, un embarazo, inescrutables palabras pronunciadas en un susurro y la presencia de una anciana que es más de lo que parece. El misterio, pues, cohabita una vez más con lo racional, sello de identidad de esta joven escritora, maestra en mantenernos en vilo de principio a fin.

—Shibuya Stage, Aki Monogatari.

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