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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Las librerías recomiendan – «Agujero», de Hiroko Oyamada

Asomarte a las páginas de este libro inclasificable, enajenado y perturbador, significa ponerte frente a un limbo luminoso, una tierra de nadie encapsulada en un mediodía perpetuo. Leerlo es arrancar a Alicia, la del espejo, de su archipiélago natal, y llevarla a ese otro archipiélago, no el del Japón hiper-tecnificado de las grandes urbes, sino el de ese Japón más recóndito, rural y milenario, el Japón de los veranos bochornosos y el canto de las cigarras.

Leerlo es como buscar monedas antiguas a la orilla de un mar tranquilo, donde no sabes qué regalos o amuletos va a desenterrar el detector de metales; es asomarse a la grieta en una puerta de papel de arroz y descubrir al otro lado un microcosmos de sentimientos ocultos, deseos alienados y fantasmas ahorcados.

Oyamada hace de las cuestiones de género, del aislamiento social y de la frustración laboral los temas básicos que jalonan los cuatro relatos que componen el volumen, pero no se detiene ahí. Con una prosa limpia y aséptica y una apropiación de las pulsiones kafkianas, Oyamada va un paso más allá y usa lo cotidiano como un escalpelo con el que rasgar la realidad, con el que enseñarnos que debajo hay otras realidades, otros yoes más tenebrosos y aterradores. Plagas de comadrejas, extrañas criaturas y niños fantasma se infiltran entre sus páginas como las dendritas de un mapa hidrográfico, deforman una existencia líquida y maleable y nos abren los ojos ante nuevos paisajes de sueños y fantasías escalofriantes.

Sus personajes transitan por una frontera inestable, por una madriguera de conejo de recorrido incierto, un paseo onírico por un lienzo de pintura emborronada. Irreales y fantasmagóricas, las personalidades que se deslizan por los recovecos de Agujero parecen condenadas a repetir las mismas rutinas una y otra vez, en un bucle recursivo sin fin, llevadas por una inercia inexorable. Más que personajes son entes con una fuerte carga alegórica, metáforas de una sociedad que escupe seres perdidos como quien se quita restos de comida de entre los dientes. Sobre ellos posa su mirada Oyamada, su tacto sutil, su sabiduría venerable, y nos hace partícipes de sus dilemas irresolubles y de su falta de horizontes vitales. Los agujeros a los que hace alusión el título son tanto literales como figurados, tanto físicos como abismos mentales de los que es imposible salir. Los agujeros son el tedio, la insatisfacción y la maternidad desamparada, son los espectros de la memoria y los secretos enterrados como pequeñas lombrices ciegas.

Agujero es, además, una mirada lúcida a la situación de la mujer en un país tradicionalmente misógino, pero también una fina disección de la incomunicación marital y de la soledad, así como de la aceptación de la rutina y de lo ordinario. Dicha mirada es eminentemente nipona, anclada a una idiosincrasia y a unas costumbres que la convierten en un pájaro de extraño plumaje, pero su mirada también tiene vocación de trascendencia, y es increíble cómo en apenas doscientas páginas su autora haya volcado tanto de sí misma y de su capacidad para transformar unas coordenadas tan concretas en algo universal.

—Sergio García (Librería Dorian), Las librerías recomiendan.

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