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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Reseña: «Agujero», de Hiroko Oyamada – Dentro del monolito

El canto de las cigarras se mezclaba con cada bocanada de aire que inhalaba y exhalaba. ¿Cuántas serían? ¿Qué distancia recorría el canto de cada una? Había algunos cascarones de cigarra caídos en el suelo, pero no vi ninguna muerta. Con todas las que estaban cantando y con lo poco que vivían me resultó extraño que el camino no estuviese lleno de sus cadáveres. Un saltamontes marrón gigante saltó de entre los matojos hacia el sendero, cerró sus alas emitiendo una vibración y avanzó un poco hacia delante. Era tan grande como la palma de mi mano. El saltamontes dio unos pasos más hacia mí como si me estuviese encarando, luego se dio la vuelta, desplegó sus alas y desapareció de un salto. Al mirar en esa dirección vi un animal negro que se desplazaba junto al camino.

El extrañamiento es algo que, si bien se viene dando en literatura desde hace mucho tiempo, no deja de resultar novedoso cuando lo encontramos en novelas actuales. CortázarBorges o Kafka ejemplificaron como nadie ese concepto de desfamiliarización en sus obras, pero para acercarnos a títulos más actuales de los que hemos hablado en esta web, quisiera citar los relatos de La hemorragia de Constanza o la novela El codo de la Torcaz, ambas obras de Damián Cordones, y esa fábula perversa llamada Trol en la que Luis Pérez Ochando transita con pericia esa distorsión de la realidad para convertirla en algo irreconocible a nuestros ojos. Agujero, tríptico de relatos de la japonesa Hiroko Oyamada, incide en el extrañamiento desde un arraigo puramente natural y costumbrista, con un resultado que deja un poso desconcertante, poco habitual, en el lector.

Agujero arranca con un cuento bastante extenso, que es el que da título al volumen. En él, un joven matrimonio se muda a una casa de pueblo, adyacente a la de la suegra de la protagonista. Oyamada consigue dotar a esa circunstancia tan cotidiana de un aire de rareza casi mitológico, centrándose siempre en el punto de vista de Asahi, quien ha de dejar su trabajo para complacer a su marido y trasladarse a ese lugar que le resulta tan ajeno. 

Asahi adopta siempre un comportamiento defensivo ante las personas y situaciones a las que va encontrando. Es un caparazón muy japonés, que representa muy bien en este caso el miedo ante lo nuevo. La sumisión de la mujer y la complacencia ante la vida disipada del hombre quedan aquí como un reflejo de la sociedad japonesa, tan dada a este tipo de servidumbre. Pero, como sucede durante todo el texto, la sutilidad de la autora para dar muestra de la insatisfacción de la protagonista es un ejemplo de cómo introducir sensaciones entre líneas, sin llegar a describirlas explícitamente. 

Además de esto, la naturaleza adopta un protagonismo insólito. Casi sin que nos demos cuenta, Oyamada va introduciendo la presencia de insectos, animales o flora como si fueran fantasmas, entidades que nos pasan desapercibidas hasta que algo nos obliga a mirarlos fijamente. Así, el omnipresente canto de las cigarras, por poner el ejemplo más evidente, pasa de ser un eco de fondo a una señal que conecta la realidad con otro mundo, o con otro tipo de sensación, de nuevo muy sutil pero muy presente.

Subyace una sensación de irremediabilidad en el texto, la idea del paso del tiempo como algo irrefutable pero de algún modo inestable. Esto, unido a una innominada presencia fantasmal, compone un relato de fuerte contenido metafórico, que se adentra en ciertas mitologías y referencias externas —mencionada en el propio texto la Alicia de Lewis Carrol, menos evidente la influencia kafkiana— para ofrecer unas historias en las que se apela a nuestra curiosidad más intuitiva y se nos anima a escarbar para dilucidar lo que se esconde en el fondo de las palabras, en el fondo del agujero.

A nivel técnico, la sencillez de la prosa esconde recursos muy efectivos. Por ejemplo, hay algunos hechos relevantes que suceden de repente, en una frase, impactando por su inesperada aparición, como si fueran un golpe súbito que nos sobresalta, una herramienta que cualquier aspirante a escritor debería apuntar con letra fuerte. Y el extrañamiento, por supuesto, cobra una importancia vital, aunque la autora lo plasma de una manera tan natural que podría pasar desapercibido. Tal es su habilidad para hacer parecer normal lo extraordinario.

Tras Agujero, el volumen se completa con un díptico de relatos relacionados entre sí, en los que cambiamos a un narrador masculino. Este cambio permite observar el contraste de pensamiento y costumbre entre hombres y mujeres en Japón. Con Sin comadrejas sucede algo parecido que en Agujero, pero más acentuado si cabe. Una serie de pequeñas escenas que parecen intrascendentes preceden a la escena principal del relato, que adquiere una fuerza muy intensa y consigue que, al igual que los personajes, asistamos absortos a una historia que nos traslada a un sentimiento muy concreto: el de la narración oral, y cómo esta puede centralizar toda nuestra atención. La autora logra que seamos partícipes de la reunión de los personajes, que pasemos a ser uno más entre ellos, y que disfrutemos con un cuento que no carece de crudeza, perversidad y cierto sentido de lo extraño.

Una noche en la nieve es quizá más costumbrista y naturalista, y se centra en la metáfora de la reciente (o la próxima) paternidad. También aquí la presencia de la naturaleza resulta primordial, ya sea tomando la forma de una tormenta de nieve, de una serie de platos cocinados o de un pez encerrado en una pecera. Las imágenes son potentes, pero sobre todo logran adquirir una sensorialidad que traslada al lector el frío, el tacto o el gusto. Tal vez me flojea un poco ante los dos relatos precedentes, aunque me parece uno de esos textos que requieren cierto proceso de maduración.

En resumen, mi primer contacto con Hiroko Oyamada y su literatura se salda con mucha satisfacción. Tenemos aquí un trío de relatos que, además de ocultar con destreza sensaciones y emociones entre líneas, consigue que centremos nuestra atención en cosas cotidianas que son mucho más fundamentales de lo que parecen. De vez en cuando, la reivindicación de lo simple y lo ancestral es necesaria, y más en estos tiempos que corren. Hay aquí mucha literatura.

—José Luis Pascual, Dentro del monolito.

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