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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Stanislaw Lem – Una biblioteca para el siglo XXI – Cultura|s La Vanguardia

© Javier Olivares

El 12 de septiembre se cumplirán cien años del nacimiento del escritor polaco que revolucionó la ciencia ficción. Reivindicamos su obra y un género que hoy vive un gran momento

Stanisław Lem (Lvov, 1921-Cracovia, 2006) fue un niño superdotado que jugaba a diseñar la documentación de los mundos que inventaba. Todo aquello que le otorgaba realidad: carnets, descripciones de inventos y de avances científicos, registros de propiedad, pasaportes. La ironía quiso que su familia, católica pero de ascendencia judía, se salvara del exterminio nazi gracias a la obtención de papeles falsos. Y que Lem, después de trabajar como mecánico y de formarse como médico y psicólogo, después de abrir su abanico de intereses en los años cincuenta a todo tipo de nuevas tendencias científicas –desde la informática y la psicotecnología hasta la cibernética– y de dedicarse profesionalmente a ellas como investigador, acabara no solo escribiendo ficción especulativa, sino también inventándose libros y pergeñando informes, materiales para otorgarle realidad a un futuro que es ahora nuestro presente. javascript:false 

Su exhaustivo conocimiento del estado de la ciencia y de la tecnología de su época le permitió construir una obra literaria de gran solidez. Su primera novela fue El hospital de la transfiguración (Impedimenta), escrita a finales de la década de los cuarenta, que está ambientada en un centro psiquiátrico durante la ocupación nazi de Polonia. La censura postergó su publicación hasta 1955. Por ese motivo su primera novela publicada fue Astronautas (Impedimenta), que en 1951 ofreció a sus lectores un futuro socialista y utópico, en el que la humanidad ya no sufre ni las guerras ni el hambre. Desde entonces fue fiel sobre todo a la ciencia ficción. Y no paró de discutir críticamente el significado de la utopía.

Su exhaustivo conocimiento del estado de la ciencia y la tecnología le permitió construir una obra literaria de gran solidez

Si en el último plano de sus cuentos y novelas encontramos fenómenos biológicos, psicológicos, cibernéticos o cósmicos que –de tan complejos– pueden parecer paranormales, en el resto de los niveles narrativos todo responde a la lógica de las teorías científicas, a la información de la que disponía un lector omnívoro y sistemático. Por eso en los ensayos de Summa technologiae (Ediciones Godot), aunque fueran escritos en los años sesenta, encontramos afirmaciones y síntesis que son válidas todavía hoy. Cuando Lem dice que “la máquina puede crear teorías, o sea, descubrir constantes en los fenómenos en un alcance mayor que el hombre”, está describiendo el funcionamiento de la inteligencia artificial en nuestra época de datos masivos. Y cuando habla de la “máquina casamentera”, que procesa “los rasgos psicosomáticos de los candidatos, tras lo cual les busca una pareja de correspondencia óptima”, prefigura los actuales algoritmos de las aplicaciones de citas.

JAVIER OLIVARES
© Javier Olivares

Gracias al éxito global de Solaris (Impedimenta), después de que la adaptación cinematográfica que llevó a cabo Andrei Tarkovsky ganara en Cannes el premio Especial del Jurado de 1972, Lem fue reconocido internacionalmente como un maestro de la literatura especulativa. De todos los espacios alucinantes que creó en su obra, el más magnético tal vez sea ese planeta ocupado por un océano protoplasmático que parece pensante. Entre los diversos fenómenos que provoca, el más inquietante es de carácter psicológico. Solaris tiene el raro poder de materializar a las personas que habitan en la memoria de sus visitantes humanos. Así, Kris Kelvin, que llega con la misión de analizar el errático comportamiento de los científicos destinados en la base del planeta, verá aparecer ante sus ojos a su mujer, que se suicidó tiempo antes. Y tendrá que convivir con ese ser, ese engendro, ese recuerdo golem y enamorado.

Cuando dice que “la máquina puede crear teorías”, está describiendo la inteligencia artificial en la era de datos masivos

El hecho de que el protagonista de la novela sea un psicólogo –y no un experto en lenguajes extraterrestres– evidencia que lo que le interesaba al autor polaco no era tanto Solaris como lo que revela de nuestra psique. Nuestra adicción a los fantasmas. Nuestra voluntad de entenderlo todo, incluso aquello que nos es radicalmente ajeno (pese a que “en un lugar en el que no hay seres humanos, tampoco existen motivos accesibles a los seres humanos”). Y nuestras dificultades para comprender el mundo sin los libros.

JAVIER OLIVARES
© Javier Olivares

El enigmático océano es tan importante en la ficción como su espejo libresco: la biblioteca de la base, especializada en solarística , “aquel enorme ­espacio circular de paredes lisas, cubierto de una amplia cuadrícula de cajones llenos de microfilmes y de grabaciones electrónicas”, y con “una gigantesca estantería, llena de libros”. También encontramos bibliotecas en El Invencible (Impedimenta), quizá la otra obra maestra de Lem, donde la humanidad también se enfrenta a un ecosistema desconcertante. Regis III es un planeta que ha experimentado un fenómeno inédito, la necroevolución, es decir, la evolución de la materia inanimada. La tecnología, con el paso del tiempo, se ha convertido en naturaleza. Y en su atmósfera solo pueden “sobrevivir formas inanimadas para celebrar misteriosos actos, que no estaban destinados a ser vistos por los ojos de ningún ser vivo”. Las reuniones estratégicas de los militares y los científicos que integran la tripulación de El Invencible se producen en la biblioteca de la nave. Su cerebro.

Su obra es una poderosa interfaz entre dos mundos, entre su siglo y el nuestro; una máquina de respuestas en forma de preguntas

Der polnische Schriftsteller (u.a. Science fiction), Essayist und Philosoph Stanislaw Lem, aufgenommen am 26. Januar 1983 in Berlin. (Photo by Konrad Giehr/picture alliance via Getty Images)
Stanislaw Lem en una imagen de 1983 (© Getty)

“¿Cuántos fenómenos así, extraordinarios y ajenos al entendimiento humano, puede ocultar el Universo?”: esa pregunta, que se formula Rohan –el protagonista–, se ubica en el centro de la obra del escritor polaco. Para responderla siempre recurre a personajes, objetos y espacios que actúan como intermediarios entre lo humano y lo extraterrestre o lo futuro. El matemático que intenta descifrar un mensaje alienígena en La voz del amo (Impe­dimenta); los futurólogos y periodistas de Congreso de futurología (Alianza), que habitan en un mundo donde los fármacos aseguran, más o menos, la felicidad; libros apócrifos como los que constelan los cuatro volúmenes de la Biblioteca del siglo XXI ; bibliotecas llenas de erudición y paradojas como la de Solaris . Toda la obra de Lem, de hecho, se ha convertido en una poderosa interfaz entre dos mundos, entre su siglo y el nuestro. Una máquina de respuestas en forma de preguntas, que no paramos de releer.

Cuatro tendencias

La ciencia ficción después de Lem

1. EL ENSAYO ESPECULATIVO
La ciencia ficción clásica, de la que Lem es un referente junto a Isaac Asimov o Philip K. Dick, era sobre todo eso: ficción científica. Durante los últimos cincuenta años la filosofía, la tecnología, la mitología o la sociología fueron ampliando el espectro temático del género. Y un nuevo concepto se fue imponiendo como más adecuado al de ciencia ficción, para definir ese tipo de cuentos y novelas que ensayan mundos alternativos e ideas de futuro: el de ficción especulativa. En ella acostumbra a primar la narrativa; pero a veces lo hace el ensayo. En esa tendencia Lem también se revela como un maestro, pues en las entregas de su proyecto Biblioteca del Siglo XXI (Vacío perfectoMagnitud imaginariaGolem XIV y Provocación, todos publicados por Impedimenta) trabajó en textos que hibridan la imaginación con la reseña o el informe, los libros y personajes apócrifos con la reflexión sobre la pornografía, la inteligencia artificial o el genocidio.
El ensayo especulativo es el género que articula Una orilla brumosa (Gris Tormenta), el volumen que ha coordinado la escritora y artista visual mexicana Verónica Gerber Bicecci. Los auto­res seleccionados fueron escogidos como representantes de “algún tipo de ensayo futurista que todavía no se ha catalogado como tal, pero que existe sin duda en Stanisław Lem, Ursula K. Le Guin o Borges, por mencionar solo tres”. Algunos miembros de la tradición posible que ha trasladado ese espíritu de la literatura experimental y transgénero del siglo XX al siglo XXI serían Donna Haraway, Michel Houellebecq, Ted Chiang o Reza Negarestani.

2. EL ASCENSO DE LAS AUTORAS
Al menos desde 1975, cuando Joanna Russ publicó El hombre hembra (Ediciones B), la ficción especulativa ha sido una poderosa arma del feminismo. En nuestros días, la nueva vida en forma de serie de televisión de la distopía El cuento de la criada (Salamandra), de Margaret Atwood, que llegó por primera vez a librerías en 1985, ha coincidido con la nueva ola feminista, lo que ha amplificado su penetración social. En esos casi cincuenta años no solo se ha normalizado la existencia de novelas de ciencia ficción firmadas por autoras, con intención política y sin ella; también han accedido al canon tanto las maestras como sus discípulas. Así, el camino abierto por Atwood o K. Le Guin ha sido transitado por escritoras como N. K. Jemisin, Anne Leckie, Mary Robinette Kowal o Kameron Hurley, que han sido reconocidas con los premios más prestigiosos de la ciencia ficción (como el Nebula o el Hugo).
El fenómeno trasciende el ámbito de la literatura norteamericana. En todos los continentes la ficción especulativa y los géneros fantásticos han sido cultivados en las últimas décadas por escritoras reconocidas, de la argentina Angélica Gorodischer a la china Xia Jia, de la española Elia Barceló a la rusa Anna Starobinets. Sus obras se inscriben en un contexto general de interés por la convergencia de tradiciones muy antiguas con dispositivos e imaginarios de naturaleza futurista, sobre todo en las tradiciones poscoloniales. Como ha dicho Ana Llurba en su ensayo Érase otra vez (Wunderkammer): “Diferentes auto­ras y artistas no europeas abrazan sus propios referentes mitológicos y folklóricos de Europa del Este, África, Latinoamérica y Medio Oriente para crear nuevas narrativas que interpelan estereotipos y formas de apropiarse del pasado para iluminar nuevas posibilidades de futuro”.

3. AFROFUTURISMO Y NUEVA LITERATURA CHINA
Lem fue nombrado en 1973 miembro honorario de la SFWA (la asociación de escritores norteamericanos de ciencia ficción y fantasía). Lo expulsaron a los tres años, por denunciar que la mayor parte de sus miembros se dedicaban a la literatura comercial, en vez de investigar en los temas y las formas del género. Con ese doble movimiento, de inclusión y de exclusión, quedó claro el carácter periférico del autor polaco. Y su condición de precursor. Porque a partir de aquel momento la ficción especulativa no ha dejado de proliferar no solo en Europa, sino también en el resto de los continentes.
A ese respecto, tal vez los dos fe­nómenos más importantes en este siglo XXI estén siendo el afrofuturismo y la nueva literatura china. Quizá las máximas representantes de esa estética que pone en diálogo la ciencia ficción con la negritud, la tecnología con el conti­nente africano y su diáspora, y que ­llamamos afrofuturismo a falta de una ­pa­labra mejor, sean las afroamericanas N. K. Jemisin (su novela El cielo de ­piedra –Nova– ganó el Locus, el Hugo y el ­Nebula) y Nnedi Okorafor (autora de la saga de Binti) y el anglonigeriano Tade Thompson (autor de Rosalera –Runas–). Y entre los autores chinos que más han destacado se encuentran Liu Cixin y Ken Liu. Este último se ha convertido, además, en un gran divulgador de la literatura de género de su país. En las antologías Planetas invisibles y ­Estrellas rotas (ambas en el sello Runas de Alianza Editorial) se constata la efervescencia del futurismo en la cultura china. Una cultura que ha dejado atrás la idea de que la narrativa debe ­tener responsabilidad social y que ha empezado a entender que un nuevo ­imperio también necesita nuevas ficciones.

4. OTRAS NARRATIVAS
Si durante el siglo XX la adaptación cinematográfica de relatos de ciencia ficción (2001: Una odisea del espacio, Solaris, Blade Runner) sedujo a nuevos públicos, en el siglo XXI la ficción especulativa se ha vuelto completamente mainstream. Mientras el cine sigue traduciendo la literatura de género (La llegada, de Denis Villeneuve, es una versión del cuento La historia de tu vida, de Chiang; The Martian, de Ridley Scott, lo es de la novela homónima de Andy Weir), los nuevos lenguajes narrativos han dado un paso más allá y han hecho de la ciencia ficción una opción casi tan habitual como el costumbrismo o el género policial.
Se constata en todos los formatos, desde el videojuego o el teatro hasta la realidad virtual o las exposiciones (el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona ha presentado dos muestras en esa frecuencia, Marte, el espejo rojo –hasta el pasado 11 de julio– y Ciencia fricción –hasta el 28 de noviembre–, que integran ficción especulativa en forma de instalación artística, experiencia inmersiva o narrativa audiovisual). Pero donde quizá se ha vuelto más poderosa ha sido en el lenguaje de la serialidad. Después del fenómeno de la serie Lost, llegaron obras más perfectas y sofisticadas como The Leftovers, Black Mirror o Counterpart. De nuevo, no se trata de una tendencia exclusivamente anglosajona, como demuestran la serie alemana Dark o la española El Ministerio del Tiempo, con sus viajes temporales, o la rusa Mejor que nosotros, con sus robots de aspecto humano. En el caso de las series para escuchar, el dominio de la ciencia ficción es rotundo: indiscutible. Homecoming, Welcome to the Night Vale y Sandra son tres títulos de referencia en inglés. Y en español la gran mayoría de los mejores podcasts de ficción también imaginan distopías, universos alternativos o tecnologías sorprendentes. En el canon figuran sin duda Sonia (la versión mexicana de Sandra), la ficción chilena Caso 63 y las españolas BiotopíaLa esfera o El gran apagón

—Jorge Carrión, La Vanguardia (TEXTO)

© Javier Olivares (ILUSTRACIONES)

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