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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Reseña: «Los extraños», de Jon Bilbao – El Correo

Novela. Una incursión en el género de terror que se mezcla con las tensiones de una pareja en crisis

La figura del extraño que irrumpe en un domicilio y altera la vida de sus habitantes ha sido un tradicional instrumento del cine y la literatura de terror. La mano que mece la cuna de Curtis Hanson es una obligada referencia cinematográfica, como lo es en la narrativa ‘Casa tomada’, el relato de Julio Cortázar en el que dos hermanos van limitando sus movimientos en la antigua casa colonial en la que viven, hasta tener que huir de ella, por culpa de unas invisibles presencias. Yendo más lejos de la literatura de género, Max Frisch nos ofrecía en su obra teatral Biedermann y los incendiarios una alegoría satírica del buenismo político, encarnada en un hombre de negocios que acoge en el ático de su casa a dos desconocidos. Pese a que llegan noticias de una ola de incendios provocados en la ciudad y a que ve a sus huéspedes trasegar con mechas y bidones de gasolina, se niega a sospechar de ellos hasta que por fin es su propio hogar el que resulta pasto de las llamas. En esa tradición literaria de ‘huéspedes de oro’ que se convierten en una amenaza para quien los acoge, se sitúa la nueva entrega narrativa del escritor asturiano Jon Bilbao.

Los extraños (el título no podía ser más explícito) es una excelente nouvelle en la que una joven pareja, Jon y Katharina, que ya ha aparecido en anteriores entregas de este autor, se ha retirado a vivir en un viejo caserón de la localidad costera de Ribadesella. En esa peculiar situación de aislamiento, adobada por la aparición de unas raras luces en el cielo que sirven de reclamo a los buscadores de ovnis, dicha pareja recibe una inesperada visita, a la que debe responder de forma tan acogedora como forzada. Se trata de Markel, un tipo al que Jon no recuerda haber visto nunca, pero que dice ser su primo lejano (tan lejano como que pertenece a una rama familiar afincada en Santiago de Chile) y que va acompañado de una tal Virginia, una secretaria inglesa de su abuelo que este le ha impuesto como asistente personal, y con la que dice no mantener ninguna relación íntima. Este es el planteamiento argumental de un libro donde resulta esencial la administración dosificada de los elementos inquietantes que van a generar la necesaria tensión en la narración, así como el ahorro de recursos, dado que no pasa de las 133 páginas, lo que, por otra parte, se agradece, en esta época en la que hay una temeraria tendencia editorial a la larga extensión que no siempre queda justificada por el contenido banal del material novelesco.

Los extraños no incurre en ese peligro. Se agradecen igualmente en el texto la habilidad y discreción con las que van quedando resueltos todos los detalles técnicos. El hecho, por ejemplo, de que la casona sea una antigua propiedad familiar permite a Markel sostener que la conocía por fotos, como le ayuda a explicar su aparición y a mantener la versión del parentesco. Asimismo, el autor sabe recurrir a los diálogos para brindarnos de modo natural, ligero y exento de la típica aparatosidad, la información sobre cada uno de esos cuatro personajes o de Lorena, la cocinera, que ha hecho un segundo hogar de la despensa, para huir de su marido alcohólico. Es así como el lector va teniendo fluida noticia de la crisis que vive la pareja anfitriona; de la abulia de la que no les consiguen sacar los vídeos porno a los que recurren; de cómo, siendo él español y ella alemana, se conocieron dos años atrás en San Francisco; de la precaria situación laboral de ambos (viven de encargos de lo que se ha dado en llamar teletrabajo); del embarazo de ella o de su tentación de volver a Múnich, donde su padre tiene contactos profesionales; de la incomodidad a la que les someten esos enigmáticos invitados y también de la atracción que simultáneamente experimentan hacia ellos.

De la indignación pasan a la fascinación y, de la decisión de librarse de la cocinera por unos días, a la sensación de una incomunicación claustrofóbica con el mundo exterior. Por un lado, les inspiran desconfianza y desasosiego una reacción, un comentario de sus huéspedes o la decisión de estos de alargar su estancia en la casa porque les han fallado unos planes que tenían de visitar determinadas localidades españolas. Por otro lado, esas presencias exóticas les entretienen y les sacan del tedio, la irritación y el hermetismo de una relación que no atraviesa sus mejores momentos. Es en ese nada extraño juego de ambigüedades en el que reside el gran hallazgo de Los extraños.

—Iñaki Izkerra, El Correo

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