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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Una desaparición narrada en retazos – «Los alcatraces», de Anne Hébert – La Nueva España

Los alcatraces, de Anne Hébert, una novela plena de morbidez prerrafaelita

Anne Hébert (1916-2000) fue poeta, dramaturga y novelista del Canadá de habla francesa. De familia de literatos, Hébert empezó a escribir muy joven y llegó a ser reconocida con los premios más relevantes de la literatura de su país, de Francia y de Bélgica. De las nueve novelas de Anne Hébert, cinco han sido traducidas al español: Las habitaciones de madera, Kamuraska, Los hijos del Sabbat, Eloísa y Los alcatraces.

Los alcatraces, su quinta novela, publicada en 1982 con el título Les Fous de Bassan, ganó el prestigioso Premio Femina y fue llevada al cine por el director Yves Simoneau. Así mismo, Kamuraska, tercera novela de Hébert, publicada en 1970 y que marcó el comienzo de su fama, fue convertida en película por Claude Jutra con la colaboración de la propia autora, quien estuvo vinculada a la primera agencia cinematográfica canadiense, así como a Radio Canadá, y escribió numerosas obras para ambos estamentos.

Como le había sucedido a Mary Shelley, una serie de muertes prematuras en su entorno llevó a Hébert a poblar su escritura de abundantes metáforas e imágenes mórbidas, si bien expresadas en un lenguaje tan sutil y poético que da al drama un tinte nostálgico semejante al de los cuadros prerrafaelitas. La escritora mexicana Alma Mancilla alaba «la claridad del lenguaje de la autora, la potencia de sus metáforas, ese transitar como del sueño a la pesadilla y de tajo a la realidad otra vez».

El lenguaje de Los alcatraces se define entre genésico y apocalíptico y, a tal fin, entremezcla citas de la Biblia que apelan directamente al sentido de muchos de los sucesos que se narran; no en vano la novela comienza con las reminiscencias del sacerdote de Griffin Creek, el pueblo semiaislado del noreste de Canadá donde sucede la historia.

Hay también numerosas referencias a los cuentos populares y a los mitos, que consiguen unificar a los diferentes personajes y sus variadas maneras de entender la vida en Griffin Creek en un todo consistente e inquietante. El encantador de Hamelin, la mujer primordial hecha del limo o las gemelas reminiscentes de Hansel y Gretel son producto de una acción elemental representada en Nora Atkins: «Atrapo una manzana de la mesa de la cocina, la muerdo al viento y escupo las semillas en todas direcciones. Nacerán vergeles a mi paso casi por todas partes».

Nora y su prima Olivia, jóvenes y articuladas, concitan el amor, el deseo, la vida y la muerte en Griffin Creek; a la vez rompen con su existencia la genealogía establecida en el pueblo de esposa, madre y abuela calladas y virtuosas, aunque su lenguaje gestual lo desmienta. Su primo Perceval, en su aparente locura, nos proporciona las claves para entender el devenir de los hechos.

La novela está dividida en seis partes, cada una narrada por un personaje diferente, unas pertenecen a 1936, cuando se producen las desapariciones, y otras al otoño de 1982, recordando el pasado. La última carta de la novela aclara lo sucedido y fusiona los elementos más persistentes de la obra en un tableau literario: «En el silencio que sigue comprendo que la calma y la belleza de la noche no han dejado de existir durante todo este tiempo. Solo el rugido de mi rabia pudo hacerme creer lo contrario».

Recomendación: no leer el final hasta alcanzarlo.

—M. S. Suárez de la Fuente, La Nueva España

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