cabecera 1080x140
Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Mircea Cărtărescu: «Retirarse al metaverso, mayor peligro para la humanidad» – Entrevista – Milenio

Habitual candidato al Premio Nobel de Literatura, el autor reivindica la poesía como el “arte supremo”, cree en la inspiración “aunque sea un concepto obsoleto” y cuenta por qué suele rodear a sus personajes femeninos de ternura y enigmas

Rapé

Candidato natural al Premio Nobel de Literatura durante la última década, Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) se dice “una persona modesta, sin sueños irracionales” como esa distinción, creyente del “concepto obsoleto de la inspiración” y de la poesía como el arte supremo. Sobre la pandemia, sin embargo, es pesimista y la ve como un “ensayo de un evento más devastador, apocalíptico”, además de lanzar una alerta sobre un “peligro mayor” para la humanidad, más que la inteligencia artificial: el retiro de la gente al metaverso.

De camino en su gira por España, Inglaterra e Italia, el escritor abre un espacio para la entrevista con MILENIO gracias a las atenciones de su editorial en castellano, Impedimenta, en la que asegura ser el mismo autor en todos los géneros y en todas las épocas, no se identifica con ninguna escuela o movimiento y reivindica a sus colegas latinoamericanos como los únicos y legítimos herederos del surrealismo europeo, acrecentado por una fuerte conciencia de la justicia social: Borges, Cortázar, Lezama Lima, Fuentes, García Márquez, Sabato y Bolaño.

Usted ha dicho que cuando escribía Cegador tenía más la sensación de crear un largo poema que un relato, y cuando uno lee El Levante existe la sensación de estar frente a una novela antes que a una epopeya poética. En ambos casos, se percibe una aspiración del autor a lograr una summa, una obra total, así sea de manera inconsciente. ¿Qué opina?

No gasto mucho tiempo preocupándome por los «géneros literarios». Soy el mismo escritor en poesía, prosa, ensayos, revistas, libros académicos o artículos periodísticos. Escribo cada texto con la misma pasión y compromiso artístico. Si bien es cierto que el arte supremo para mí (y quizá no solo el arte, sino la forma de ser y fuente de conocimiento) es claramente la poesía. Por eso pienso que mi labor literaria es una labor poética. Me es indiferente si esta se expresa en novelas o en libros de poemas. Creo que todos los grandes novelistas de la historia de la literatura fueron poetas: ¿quién no reconoce en Balzac o en Dostoyevski a grandes poetas?

Rumania vivió una transformación radical con la caída del Muro de Berlín y el derrocamiento de Nicolae Ceaușescu. ¿Cómo afectó ese acontecimiento su narrativa, más allá de los temas?

No me afectó en absoluto. Mi estilo de escribir no ha sufrido ningún cambio desde mi primer libro, publicado en 1980, en el epicentro de la más terrible dictadura en Rumania, hasta el último. Esto se debe a que más allá de la temática o del argumento de cada libro, hay dimensiones mayores que definen mi estilo: sintética, poética y, en ocasiones, también profética. Hay una búsqueda de lo que considero «la verdad de las cosas». Los libros que escribí previos a la revolución fueron mutilados por la censura del momento, pero ninguna intervención podría haberlos alterado debido a su carácter fractal y holográfico. Incluso si eliminasen 50 páginas de uno de esos libros, lo sobrante seguiría teniendo significado propio.

El narrador, ese narrador al que usted le ve más poder que al mismo Ulises, vuelve en El Levante de vez en vez al tema de la Inspiración, con mayúscula. ¿Cómo funciona ese proceso en el caso de Cărtărescu? ¿Cómo trabajan las musas con usted?

Desde el principio, El Levante fue una locura de libro. Originalmente era un poema épico de gran extensión, con siete mil versos alejandrinos agrupados en doce cantos, todo ello escrito en rumano antiguo, que incluso son pocos los rumanos que todavía lo pueden entender. Además, todos y cada uno de esos versos, cada situación, cada escena, contienen alusiones a escritos rumanos que, obviamente, nadie del extranjero iba a conocer. El libro fue un inmenso éxito en Rumania, pero durante muchos años lo consideré intraducible. Para conseguir su traducción a otros idiomas, primero tuve que hacerlo al rumano. Lo reescribí en prosa, renunciando a muchas alusiones literarias y a otro tipo de ornamentación poética. Así se convirtió en una extraña novela barroca que poco tenía ya que ver con la original. El problema con la inspiración fue parte de esa parodia que podemos ver en El Levante. Durante el siglo XVIII, e incluso el XIX, la inspiración se consideraba el motor de toda empresa artística: las musas, el Espíritu Santo u otros poderes celestiales en estatuas de mármol dictaban a los poetas sus versos. Edgar Allan Poe y más adelante también Paul Valéry desacreditaron para siempre ese concepto obsoleto. Pero, aun así, creo en la inspiración. Nunca escribo sin sentirme inspirado. De hecho, ningún autor que conozco depende más de la inspiración que yo. Cuando escribo novelas siempre empiezo sin un plan aparente. Nunca conozco el tema, el desarrollo, los personajes y ni siquiera el significado de mis libros antes de comenzar a escribir. Simplemente escribo. Página tras página, sin editar nada, sin romper páginas o borrar palabras. Escribo como si estuviese en un trance en el cual mis frases me las dicta alguien, o ya existen en la página, pero están escondidas tras una película blanca que yo simplemente hago desaparecer. Incluso mis novelas más monumentales fueron escritas en un proceso continuo de inspiración, como si escribiera cientos de poemas. Uno en cada página.

¿Los personajes le salen al paso o usted los invoca y les marca un destino inexorable, como en el caso de Manoil, esa especie de Eneas rumano?

Mis personajes forman parte de mí, pero, del mismo modo son totalmente independientes, como los seres que visitan los sueños de alguien: no puedo controlarlos. Muchos de ellos tienen un referente en mi vida real, pero otros son completamente producto de la invención. Ninguno de ellos es fruto de algo preconcebido. Aparecen de la nada. Sin embargo, los personajes de las mujeres son especiales, dado que la mayoría son reminiscencias de las pocas que he amado, y por ello suelo rodearlas de ternura y enigmas.

Treinta años después del fin de la dictadura usted es el favorito de los apostadores para el Premio Nobel de Literatura. ¿El Cărtărescu actual habla con el Cărtărescu del siglo XX, quizá a la manera en que se hablan los personajes de Travesti ilustrados por Edmond Baudoin?

Es un gran honor ser considerado digno merecedor del Premio Nobel. Pero no creo que llegue a ganarlo jamás. Puedo vivir con eso, como la mayoría de los escritores. Soy una persona modesta, contenta con lo que posee y que no tiene sueños irracionales. Siempre me digo: si Joyce, Proust, Woolf, Pound, Rilke, García Lorca y otros muchos grandes no lo consiguieron, ¿por qué debería hacerlo yo? Considero todo mi trabajo como una eterna entrevista que me hago a mí mismo durante mi vida. Es decir, no me interesa que me vean como una «conciencia» de mi época, sino como a un ser humano que cuenta su vida íntima, privada, subterránea, como Kafka, Musil, Joyce, Pynchon o Sabato. Odio representar algo. Solo quiero ser algo. Solo escribo para mí y para las personas que piensan como yo. El mundo entero se puede reflejar en una gota de agua. La condición humana se refleja en una sola conciencia humana.

¿La pandemia en curso implicará una transformación como las guerras mundiales?

No solo la pandemia. La humanidad se encuentra en una enorme encrucijada. Estamos en una época de cambios crucial para el devenir de la sociedad. Es la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que las democracias ya no lideran el mundo. China y Rusia las desafían cada vez con mayor valentía. Si China invadiese Taiwán, podríamos encontrarnos con una guerra que significaría el fin de la civilización. Las nuevas tecnologías podrían evolucionar hasta desarrollar inteligencias artificiales que sean imposibles de controlar y que en algún momento acaben con la humanidad. Las redes sociales son un campo de batalla para manipuladores, repletas de fake news en donde prácticamente solo se difunde el odio y la desconfianza entre los usuarios. El cambio climático afectará de manera terrible a nuestros descendientes. Cada vez somos más conscientes de nuestra inutilidad ante el poder de las catástrofes naturales (meteoritos, volcanes, supernovas…). Las luchas culturales, de género, las disputas entre «conservadores» y «progresistas» ahondan aún más en una brecha ya existente de la sociedad. La pandemia tan solo es un ensayo de algo mucho más fuerte y devastador que parece inevitable en un futuro no tan lejano. El mayor peligro es la pérdida del sentido de la vida, que la gente se retire a ese mundo virtual que existe tras las pantallas, al llamado metaverso, y que perdamos el sentido de la realidad, el contacto humano y el increíble regalo que son nuestras vidas. Reales. En un universo real. Sí, estamos presenciando eventos apocalípticos y nadie puede decir con cuántos más nos encontraremos en el futuro.

En su obra hay ecos inocultables de Jorge Luis Borges («ángel con alas de nácar», lo llama), pero también evocaciones al realismo mágico, como la propia figura de la mariposa para su trilogía Cegador. ¿Cuáles son sus escritores preferidos en español?

Tanto Cortázar como García Márquez, entre muchos otros. Me encantan los escritores latinoamericanos. Son los únicos y legítimos herederos del surrealismo europeo, acrecentado por una fuerte conciencia de la justicia social. El enorme palimpsesto de los escritos de Borges, la excitante fantasía de García Márquez, la locura barroca de Fuentes, la artesanía y las tentaciones de Vargas Llosa, el oscuro mundo subterráneo de Sábato, el lúdico y fantástico Cortázar, el paradójico y onírico Lezama Lima, el infrarrealista Bolaño y un largo etcétera son un deleite majestuoso. Todos ellos hacen el tipo de literatura que a mí más me gusta: imaginativa, que no se ha visto marchitada por los estándares comerciales. Hace no mucho visité México y Colombia y me enamoré profundamente de la región. No porque sea exótica, al contrario, porque me recordaba a Rumania. De hecho, hay quien dice que Rumania es un país latinoamericano perdido en Europa, con una similar propensión hacia las dictaduras, una gran brecha entre ricos y pobres y una literatura muy imaginativa.

La tecnología ha transformado todas las actividades humanas y la literatura no es la excepción. ¿Cree usted que las letras volverán en algún momento a su tradición de movimientos, corrientes, manifiestos…?

Me considero bastante escéptico en cuanto al futuro de la literatura de calidad. Lo que veo ahora mismo es un cúmulo de libros comerciales —generalmente estadunidenses— que asfixian las librerías, jóvenes que han perdido el hábito de la lectura, personas cada vez menos inteligentes, menos complejas. Pero esta triste situación no me afecta: la revolución de 1989 no pudo cambiar mi forma de escribir y dudo que ningún cambio actual pueda hacerlo. Retirado en una cabaña de madera o en un iglú rodeado de un paisaje helado, siempre que pueda sostener un bolígrafo e incluso si soy la última persona en la faz de la Tierra, seguiré escribiendo mis historias, aunque sean solo para mí. No me identifico con ninguna escuela o movimiento porque no me muevo, pero las muchas formas de hacer literatura vienen de visita y me nutren.

—Alfredo Campos Villeda, Milenio

Scroll Up