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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Estafadoras encantadoras… – «Maestras del engaño», de Tori Telfer – Pérgola

Si la pena es que haya personas que utilizan sus talentos –la inteligencia en muchas de sus formas, habilidades variadas, la capacidad de escucha y de comprender a los demás… —para el Mal (así, en mayúscula)—. Es una pena, sí, ya lo escribe Tori Telfer en Maestras del engaño. Estafadoras, timadoras y embaucadoras de la historia (Impedimenta). Y es que a lo largo de la Historia habrá habido miles, decenas de miles, cientos de miles, seguro; no diremos millones porque, como todo el mundo sabe, y aunque esta verdad dé menos titulares, en general la gente se comporta más o menos bien con el prójimo. Ahí está la cosa: que en un ambiente de confianza, de sentirse seguro, de creer al otro, viene la otra y te da un zasca. Un zasca a la cuenta corriente, que es lo que hicieron las protagonistas de este volumen, lo que no significa que después del timo conserves la vida, que de todo hay. Telfer ya había hablado de estas señoras que matan en un volumen anterior, Damas asesinas, así que tranquilidad, que en el nuevo la sangre es marginal. La hay, pero poca; y a veces la que corre es precisamente la de ellas, no la de sus víctimas. Las vidas que se narran en Maestras del engaño son las de mujeres con encanto, tanto encanto que se metieron en el bolsillo a muchas otras personas… y les vaciaron los suyos. Lo del encanto no lo digo yo, ni lo dice Telfer, sino que es lo que se contaba de estas señoras en los medios de su época –desde el siglo XVIII hasta nuestros días–. Ah, lo del delito cuando lo comete una mujer: no hay punto medio, o es encantadora o es una arpía. “Si la conocen, les encantará”, se podía leer en el Daily News de Nueva York en 1977 sobre una de las protagonistas. “Es una mujer brillante y encantadora”, diría un detective sobre otra de ellas hace poco. En ningún caso se referían a la belleza, de la que alguna no estaba exenta. Se referían a otras cosas, a modales, inteligencia, saber estar, saber tender la mano (o parecerlo), a la capacidad de adaptarse una y otra vez a las circunstancias, al ingenio.

El libro narra la vida de mujeres que se metieron en el bolsillo a muchas personas… y les vaciaron los suyos

Rose Marks es un ejemplo maravilloso de esa personalidad que se plantea en el libro, en el que hay jóvenes robando –sin robar, eh, menudo arte– collares de diamantes antes de la Revolución francesa, chicas simulando ser hijas desaparecidas de zares, señoras obsesionadas con la fama y las estrellas de cine y música, espiritistas a puñados y madres que estafan en compañía de sus hijas. Marks nació en una comunidad romaní de Estados Unidos y por lo tanto no fue casi a la escuela. En su familia, las mujeres heredaban, se supone, la capacidad de ver el futuro y de deshacer el mal de ojo, así que desde muy joven empezó a construir un emporio basado en la videncia. Sus clientes, pobres personas con problemas, le entregaron millones de dólares. La creyeron hasta el final. ¿Cómo era posible?, se preguntarían después, cuando ya estaba siendo juzgada por sus trapicheos. Los investigadores y jueces se preguntaban más bien cómo había llegado a tener tal fortuna una mujer analfabeta. “Era muy buena en lo suyo”. Vamos, un encanto.

—Elena Sierra, Pérgola

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