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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

La transgresión de Marian Engel y su “Oso”

Oso puede ser un libro extraño, pero no es obsceno. Entiendo la controversia de este clásico contemporáneo de 1976 ante el reclamo majestuoso de una zoofilia literaria, magistralmente descrita, en algunas (pocas) de sus páginas.

Cuando las incansables novedades literarias son una constante en la vida de un ávido lector, cuando todo lo nuevo se vende como impactante, original y transgresor, el principio de habituación se abre paso entre los libros y es difícil generar emoción e inquietud ante lo nuevo que se nos ofrece. Ese es el momento de elegir. Es el momento de confiar en aquellos sellos que nos devuelven la fe en obras merecedoras de nuestro tiempo y dedicación, que no nos dejarán indiferente y que ocuparán su sitio en el legado literario de nuestra vida. Cuando la inseguridad por la elección de la nueva lectura nos bloquee el camino a seguir, es el momento de acudir a Impedimenta, apuesta segura y regeneradora de amor por la buena literatura. En este caso, impactante, original y transgresor son palabras carentes de superficialidad que cumplen con su significado. Oso de Marian Engel cumple con todos, pero sobre todo con el último, de estos calificativos.

Lou es una joven solitaria con problemas para las relaciones sociales. Trabaja como archivera en un instituto al que le han dejado en herencia una casona victoriana repleta de libros. La chica se traslada a la apartada isla canadiense con el encargo de catalogar la vetusta biblioteca. Solo tendrá la presencia, en contadas ocasiones de Homer, el señor que le abrirá la puerta y enseñará su nuevo destino. Pero en la casa hay otro habitante, un oso del que también tendrá que hacerse cargo durante los meses que dure el trabajo. Entre ediciones exclusivas aparecen notas sueltas del antiguo dueño relacionadas con el mundo osuno: leyendas, notas simplemente informativas o referencias extrañas. Poco a poco Lou establecerá un vínculo cada vez más estrecho con su compañero de casa, colmando todas las expectativas con el animal. Una relación afectiva y sensitiva que hará que su estancia en la isla se prolongue con el objeto de permanecer más tiempo con él. Lou pasea por el camino del autodescubrimiento físico y emocional con la ayuda del oso, convirtiéndose en un ser distinto y con capacidad para amar.

Oso puede ser un libro extraño, pero no es obsceno. Entiendo la controversia de este clásico contemporáneo de 1976 ante el reclamo majestuoso de una zoofilia literaria, magistralmente descrita, en algunas (pocas) de sus páginas. El surrealismo que a priori despierta el amor y la sexualidad entre seres nada compatibles se evapora cuando nos adentramos en la historia que Marian Engel nos relata con una prosa clara, nada ambigua, sin estridencias. La parte sexual y controvertida de la novela es solo eso, una parte, ya que la autora consigue que todo sea natural, que fluya como cualquier destino irremediable sobre el que no se puede hacer nada y en el que, además, se encuentra lo que se desea. Obnubilada estoy ante la construcción de un ambiente maravilloso de soledad, esa que no angustia, que es buscada y admirada. Mantenida con la fuerza que la naturaleza le da a la historia y desprende de ella.

Oso, por fin editada en castellano con la soberbia traducción de Magdalena Palmer, capaz de mantener un aura estable y tranquilizador ante tanta perturbación, hará las delicias de lectores arriesgados y ávidos de quebrantar lo establecido, de rascar en lo contravenido. Queremos más. Oso de Marian Engel es sin duda una apuesta segura.

Por Mercedes Suero Fernández