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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Visiones de la Guerra Fría

Los 'Cuentos completos' de Kingsley Amis revelan a un autor de talento fabuloso, que retoma en sus relatos una tradición para integrarla en otro tiempo y reinterpreta los géneros con gran pericia

Sería una grave imprecisión decir que Kingsley Amis es un producto de la Guerra Fría. Mucho más exacto -y más fiel a su literatura- es afirmar que en sus relatos el imaginario de posguerra se adhiere a una tradición plenamente moderna. Dicha tradición es la literatura fantástica que desde Poe y Lovecraft -pero también Lord Dunsany, Bram Stoker, Le Fanu, Arthur Machen y H. G. Wells-, ha nutrido al orbe occidental con imaginaciones de diverso orden: sobrenaturales, científicas, aterradoras, cuya función tal vez fuera la de compensar el pulso cronométrico, el cauce previsible de la sociedad industrial nacida con el XIX. También cabe señalar otro temor del XX, muy presente en estos cuentos de Amis; el sueño de la distopía, de la sociedad futura, glosada ya en Zamiatin, en Huxley, en Orwell o en la Thea von Harbou de Metrópolis.

Por otra parte, de lo dicho más arriba podría deducirse que Amis es el brillante epígono de una literatura en decadencia. Este marbete, sin embargo, que podría aplicarse con gran cautela a Agatha Christie, no es en absoluto pertinente en los relatos de Amis. En estos Cuentos completos hay no sólo una relectura, una revisión, una nueva vertiente de lo tradicional, actualizada con deslumbrante pericia. Acudiendo al conocido adagio de Eco (“volver sobre lo leído”), existe una indudable huella -en sentido muy lato- de lo posmoderno. Lo que diferencia a Amis de Agatha Christie, de su coetáneo Edmund Crispin o de Bram Stoker es la voluntad de retomar un género, de adoptar a una fórmula conocida por el lector, pero sabiendo ya de los resortes literarios, históricos, sociológicos, etcétera, que hicieron de tales narraciones un fenómeno de masas. Amis es, pues, una inteligencia crítica. Pero no a la manera vaga, arbitraria y caudalosa de un Harold Bloom; en los relatos de Amis, sobre un conocimiento profundo de los géneros tratados, existe la intención, perfectamente lograda, de retomarlos e insertarlos en otro tiempo, que no es tanto tiempo cronológico como cambio de la mentalidad lectora. En este sentido, el relato vampírico que se recoge en Ver el sol es de una claridad ejemplar.

Sin duda, el lector aficionado a los vampiros podría aducir un precedente obvio en el Olalla de Stevenson. Sin embargo, lo que en Stevenson se resuelve en una atormentada reclusión de la heroína, en el relato de Amis, muy fiel a los modos de Stoker, pero deliberadamente infiel a su trasfondo anímico, se conjuga como una historia de amor donde la incertidumbre y el terror adquieren cierto aire de comedia. De igual modo, en El misterio de Darkwater Hall, homenaje expreso a los relatos de Sherlock Holmes, lo que se inmiscuye, lo que asoma, lo que traiciona toda la literatura de Conan Doyle, es la sencilla mención al sexo. O con mayor precisión, el hemisferio humano que se divisa mediante la alusión a una actividad tan insospechada como reprobable: la confesión de un adulterio por parte del doctor Watson.

En cualquier caso, sería fácil relacionar aquí -tan fácil como inapropiado- la industrialización británica, o la intimidad hogareña de las islas, con cierta literatura detectivesca, de terror y el género de la science-fiction. Aun así, parece cierto que es allí, en Gran Bretaña, en la América sajona y en la Alemania de Hoffmann y Von Arnim, donde dichos géneros florecen, hasta extenderse por todo el globo. También el género del espionaje (El gran juego de Rudyard Kipling), pudiera tener el mismo origen. De hecho, en los relatos de espías incluidos en el presente volumen, hay homenajes tanto al terror abisal de Lovecraft como al secreto minué de la Guerra Fría. Y es la Guerra Fría, precisamente, la que volvió a poner de actualidad todos estos géneros, reutilizados por Amis con suma inteligencia: el terror tecnológico, las utopías, el sueño, el miedo a unas criaturas abisales, teológicas, cuando el hombre ha prescindido de los dioses. Quiero decir que el humorismo acre, sutil, límpido, taimado, de Kingsley Amis, opera de algún modo contra la convención histórica: sus vampiros no muerden y su Macbeth es un honesto y piadoso matarife.

Por Manuel Gregorio González

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