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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Los años suicidas de la antipsiquiatría y el pop – El Mundo

La palabra loco se ha vuelto un tabú y, a la vez una forma de santidad en el mundo actual. El loco es el mártir perfecto de nuestro tiempo y el espejo convexo que muestra la verdad que no queremos ver. Pero ay de aquel que use la palabra loco en un discurso público. «También en el Reino Unido hay un interés político reciente por las enfermedades mentales», explica Graeme McRae Burnet, novelista escocés, conocido en España por Un plan sangriento y La desaparición de Adèle Bedeau (Impedimenta). «Es normal, la enfermedad mental ha sido un gran agujero en el sistema sanitario y en nuestra cultura. El contrapunto es la romantización del loco que, curiosamente, no creo que tenga nada que ver con la realidad de una esquizofrenia, por ejemplo. Cuando romantizamos al loco, lo convertimos en la refutación del sistema y no en una persona que vive una enfermedad».

McRae Burnet está en España para presentar Caso clínico (también publicado en Impedimenta), una historia de locos y cuerdos que intercambian sus roles y que se lee como si Alfred Hitchcock hubiese rodado Blow up, le hubiese dado un aire de falso documental y le hubiese sacado punta cómica. Lo más interesante de Caso clínico es su valor como relato de los años de la antipsiquiatría, monstruo y mito de los 60. El enfoque que llevó al límite la romantización de la locura.

De hecho, uno de los personajes reales que aparecen en Caso clínico, es Ronald David Laing, uno de los padres de la antipsiquiatría. «El yo dividido de Laing (1960) fue una lectura importantísima en mi formación», explica McRae Burnet. En aquellas páginas, el psiquiatra sostenía que la identidad individual, entendida como un todo monolítico y coherente, era una quimera. Que todos somos un racimo de personalidades, a veces contradictorias y que la esquizofrenia, la epidemia de la era del LSD, no es una maldición sino un desajuste, una torpeza en el tránsito entre un yo y el otro. Las categorías de cuerdo y loco se disolvían en su libro en un solo guiso.

En Caso clínico, Laing es la obsesión de su protagonista, Arthur Braithwaite, un chico de provincias, hijo de un ferretero venido a más, estudiante fracasado en Oxford, editor de tercera en Londres… La suerte de Braithwaite es que le toca vivir el momento en el que la psicología se convierte en una afición de la gente enrollada. Como, durante sus años de estudiante, había trabajado en verano en un manicomio de los antiguos (camisas de fuerza, electroshocks, etcétera), Braithwaite pone un día en la puerta de su casa la placa de psicólogo y al mundo le parece bien. Otro día conoce a Dirk Bogarde, tontea un poco con él, y, a la semana siguiente, se le llena la consulta de actrices y modelos. La contracultura y la antipsiquiatría estaban hechas la una para la otra.

«¿La contracultura? En realidad era un mundo muy pequeño de 5.000 londinenses. Todos los demás vivían en un mundo de muebles marrones y pesados, más cerca de los años 40 que de la era pop», cuenta McRae Burnett. Para toda esa masa que vivía en los suburbios, ir al psicólogo era un acto aspiracional, una ventana al mundo de sus ídolos.

EL ANTIPSIQUIATRA DEL LIBRO ES UN CHARLATÁN PERO TOMA EL CAMINO ACERTADO DE LA HISTORIA

¿Qué pensar de aquel momento? Durante décadas, la antipsiquiatría ha sido vista como una política grotesca que llenó Nueva York de psicóticos abandonados a su suerte por el capricho de médicos que jugaban a ser Dios. La historia de Caso clínico explica ese lado oscuro: «Braithwaite es básicamente un charlatán que actúa en un momento en el que el oficio de psicólogo no tiene normas», cuenta su autor. Es narcisista, erotómano, colérico, dipsómano… Se acuesta con sus pacientes, droga a sus hijas, utiliza sus libros para descalificar a los psiquiatras que lo superan en fama y conocimiento… Por eso, su historia aparece narrada por Rebeca, la hermana de una paciente suicida de Braithwait, que trata de desenmascarar al charlatán y que habrá de pasar de depredadora a presa.

Y, sin embargo, hay algo noble en Braithwaite, igual que lo hay en la antipsiquiatría. En el fondo, tenían una parte de razón. Los manicomios de los 50 como el que aparece en la novela de McRae Burnett era cuartos oscuros aterradores, enfocados, básicamente, a la práctica de la lobotomía. Frente a esa brutalidad, los antipsiquiatras liberaron a sus pacientes de sus inhibiciones y culpas, los animaron a vivir con naturalidad los altibajos de su ánimo y las contradicciones de su personalidad y los escucharon sin juzgar. O sea: actuaron como lo hacen los psicólogos contemporáneos.

¿Cuál era la alternativa? ¿La tradición ortodoxa de los seguidores de Freud? En varios momentos de Caso clínico, Braithwaite desdeña el lenguaje de los psicoanalistas de formación vienesa, se burla de la superstición de analizar los sueños. Sin embargo, el trauma al que se dirigen es el mismo, básicamente: «La represión sexual, claro», explica McRae Burnet.

Solo queda poner una imagen que sintetice Un caso clínico. Si la novela fuese, efectivamente, una película de Alfred Hitchcock, la hermana suicida sería la actriz rubia; la hermana que intenta desagraviarla sería la morena. Y el psiquiatra sería Anthony Perkins.

Luis Alemany, El Mundo.