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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Enterrado por placer, de Edmund Crispin – Total Noir

Enterrado por placer, Edmund Crispin. Impedimenta.

No sé quién pensó primero en dividir lo noir en novela negra, esa que expone descarnadamente el lado sucio de la lucha por el dólar—¡como si en la tal lucha hubiera un lado limpio!—, y novela “enigma”, la que efectuaría aquí, casi, la operación contraria, pues se contenta este subgénero con “limpiar” el moteado tweed social de sus pretendidamente inevitables elementos discordantes. Espero, en todo caso, que haya encontrado el final que se merece.

Pues, por culpa del innominado engendro, que Dios confunda (más), todavía hoy nos vemos obligados a sufrir mal llamados «debates» innúmero acerca de los tipos de novela que se encuadran en una u otra categoría, o, en los casos menos malos, acerca de las preferencias lectoras  de cada cual, lo que nos suele llevar, casi siempre, a terrenos pantanosos—algo parecido a cuando, de críos, nos preguntaban si queríamos más a mamá o a papá—. La cizañera pregunta tiene además, se sabe, una sola respuesta correcta: mirar al tendido y pretender que la cosa no va con nosotros, procurando en el entretanto no babear demasiado.

O, tal vez, como suele suceder en el noir, no todo resulta ni tan familiar, ni tan limpio. Porque la serie de Edmund Crispin (verdaderamente falso nombre del falsamente verdadero Bruce Montgomery) nos ofrece una tercera vía para enfrentarnos a las cosas de la incógnita, ya desde la publicidad ensolapada: «The Third Programme of Detection», alusión al Third Programme de la BBC—ahora Radio 3—, en que se difundían los contenidos artísticos, en contraste con el «Home Service», dedicado a noticias, actualidad, deporte y programas, en fin, de interés general, y el «Light Programme», a la cultura pop.

En Enterrado por placer (Buried for Pleasure, 1948), sexta novela de la serie de Gervase Fen, la tercera vía se erige como protagonista indiscutible. Acaba de terminar el profesor oxoniense una edición, según él definitiva, de Langland, y se siente enloquecer tras el ímprobo esfuerzo de lidiar con el autor de Piers PlowmanPedro el labrador—. Decide entonces, como no podía ser de otra manera, enterrarse en la tranquila localidad de Sanford Angelorum—quizá el estrafalario nombre suponga una alusión a Medida por medida, pero no me queda del todo claro—para presentarse a las elecciones de representante como candidato independiente.

Allí se encuentra con una serie de acontecimientos y personajes extraordinarios: un loco escapado de un manicomio que se dedica a exhibirse desnudo ante las ancianas lugareñas; un poltergeist que habita en la rectoría; un peculiar caballero que pesca todo el día, pese a que en el río local apenas si quedan peces; una extraña cuadrilla encargada de remozar la posada en que se aloja Fen, con catastróficos resultados. Inolvidable, para mí, el cerdo tarado, animalito enteco, grisáceo y feúcho que come todo lo que se le pone por delante, pero no consigue engordar ni un gramo. Compensa esta grave falla—para un cerdo, claro—, sin embargo, con su gran lealtad: aunque sus dueños intentan desesperadamente deshacerse de él, siempre consigue el inteligente cerdito hallar el camino de vuelta a casa.

Y entre todo eso, el caso: una exprostituta, en el momento de la narración felizmente casada con un señor de posibles, resulta objeto de chantaje por su pasado. Decide no sucumbir al terror y confesar, alguien le manda entonces una caja de bombones envenenada. Pero esto, el caso, a veces es casi lo de menos: se ha dicho que esta novela puede parecer una farsa y un comentario sociopolítico, y es verdad. Pero a eso iba encaminada la introducción de esta reseña, al hilo también de cierta crítica firmada por Vargas Llosa que ha levantado grandes ampollas entre el gran público: lo único que se estaba diciendo ahí es que ninguna obra literaria verdaderamente grande se ciñe exclusivamente a su género. Vemos esto, sin duda, en El largo adiós o en Cosecha roja, pero también en El sabueso de los Baskerville y en Muerte en el Nilo.

Sea esto como fuere, lo cierto es que el panorama político de ese pueblecito inglés recién salido de la Segunda guerra mundial—apenas quedan hombres jóvenes—se enseñorea de la trama de Enterrado por placer. Principalmente centrada, claro, en los entresijos de la campaña electoral de Fen, en la que se las tiene que ver con los candidatos del partido Laborista y Conservador, de un lado, con el electorado, del otro.

Y sobre la naturaleza de este electorado se explayan diversos personajes con interés directo en la campaña de nuestro detective: el enorme capitán Watkyn, también el excéntrico escritor de novelas policíacas (que publica bajo seudónimo, con nombre de mujer), Judd.

Se habla mucho, así, de unos votantes que oscilan entre la apatía y el fanatismo, eco, sin duda, de las idiosincrasias de aquellos que eligieron al malhadado Hitler, pero muchas reflexiones fácilmente podrían trasponerse a nuestros días:

La aparición de los diversos métodos de propaganda lo ha alterado todo, y hoy en día la política suscita fogosidad, consternación, furia y multitud de emociones que se podrían considerar indignas en todos los sectores de la población. No paramos de atacarnos los unos a los otros, y la válvula de seguridad de nuestra apatía se ha obstruido y averiado de un modo irreparable.

Como ya me sucedió no hace mucho con otra novela de esos días—La fiesta—, no deja de sorprenderme cuánto del comentario resulta aplicable, también, a nuestra situación actual. Espero que en lo del colapso, al menos, no imite la vida al arte.

M.M.