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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«Un buen hijo», de Pascal Bruckner

Le suplico (a Dios), que provoque la muerte de mi padre, si es posible en accidente de coche. Un freno que falla en una cuesta, una placa de hielo, un árbol, lo que Le parezca mejor. «Dios mío, os dejo la elección del accidente, pero haced que mi padre se mate.»

Estas frases las pronuncia cada noche Pascal Brukner cuando se va a acostar. Están en el prólogo del libro y marcan esta portentosa autobiografía.

En teoría siempre es fácil para un hijo hablar de su padre, pero cuando su padre es un tirano doméstico que maltrata, golpea y humilla a su madre, que es antisemita, racista, odia a los Hermanos Marx y a Charles Chaplin, y es un fiel seguidor de Hitler, la cosa se complica.

Eso es lo que le ocurre a Pascal Brukner y que relata de forma magistral en Un buen hijo, aunque también se podía hacer titulado Un mal padre. Semejante conflicto filial da paso a una maravillosa novela de formación, personal e intelectual, de quien es uno de los escritores más sólidos y controvertidos del panorama actual de las letras francesas.

Aquel hombre timorato, doblegado ante cualquier autoridad, débil ante los fuertes y despiadado con los débiles, adoraba la brutalidad de algunos salvajes, porque era incapaz de ella.

El hijo adulto se enfrenta en primera persona y sin ningún tipo de máscara narrativa a un personaje por el que siente, a un tiempo, rechazo y compasión, en un relato que nace del odio pero que va adquiriendo un inesperado y reconfortante tinte de ternura. Semejante giro acaba por sorprender al propio narrador. Bruckner no puede culminar su particular condena al padre, y ve cómo el inspirador rencor de partida se va derritiendo para dejar paso a un tímido cariño, que no comprensión, y a la certeza definitiva de que no es posible juzgar de forma absoluta los comportamientos ajenos.

Solo tengo una certidumbre: mi padre me permitió pensar mejor pensando contra él. Yo soy su derrota: ese es el regalo más hermoso que me hizo.

Quiero terminar con una frase que figura en la página 217 y que sirve a modo de corolario: «El mundo es una llamada y una promesa: en todas partes hay seres sobresalientes, obras maestras que descubrir. Hay demasiadas cosas que desear, demasiadas cosas que aprender y muchas páginas por escribir. Mientras sigamos creyendo, mientras sigamos queriendo, estamos vivos».

Es de destacar la introducción de Juan Manuel Bonet, y la traducción de Lluís Maria Todó.

Por Guillermo Lorén González

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