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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Fervor y alucinación

Impedimenta continúa su empresa editorial consagrada a la escritora británica Penelope Fitzgerald con La puerta de los ángeles, un cuento romántico con fantasmas en torno al caos.

En cierta ocasión me contó Luciano González Egido que la publicación de la primera novela a los 65 convierte al escritor, cuanto menos, en sospechoso. Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000) publicó su primer libro, una biografía del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, a los 58; y su primera novela, The golden child, a los 61. Durante los veinte años siguientes, eso sí, alumbró nueve novelas, otras tres biografías y un abundante opus ensayístico. La Fitzgerald apareció cuando menos se la esperaba: muchos se preguntaron de dónde había salido aquella señora, antigua instructora de teatro para niños en su casa flotante del Támesis, cuando La librería quedó finalista del Booker Prize en 1978; pero lo que parecía casi una excentricidad por parte del certamen quedó refrendado ya al año siguiente con la concesión del premio por Offshore. Cuento todo esto porque creo que en la novelista británica la edad a la que decide empezar a ejercer como tal sí tiene consecuencias notables en su escritura. Primero en la limpieza, la claridad del estilo, el equilibrio entre síntesis y minuciosidad como principios no antagónicos: nuestra Penelope Fitzgerald escribe sin ánimo alguno de deslumbrar ni de demostrar nada, segura ya de que este ejercicio no tiene importancia (incluso cuando traslada la acción a la fría Rusia revolucionaria el lector tiene la sensación de encontrarse en su casa, lo que, por otra parte, puede llegar a resultar terrorífico). Pero también en la esencia contenida en sus páginas, breves, servidas sin sobresaltos, sin ruidos ni fuegos artificiales de por medio, en una ofrenda parecida a la amistad: los personajes de Fitzgerald son, aunque no existan. Hamlet, Don Quijote y el capitán Ahab no disponen de existencia, pero sí de una esencia humana y rotunda, un don que muy pocos autores han logrado materializar. Lo mismo podemos decir de la Florence Green de La librería, y hasta del Novalis de La flor azul, más ser en cuanto personaje novelesco que a tenor de criterios biográficos. Penelope Fitzgerald ejerce de testigo: durante sus años de escritura silenciosa ha visto y, contra el poeta, no ha creído. Ha preferido la sospecha, la misma que gobierna sus relatos. Después de lanzar La librería (2010), El inicio de la primavera (2011), Inocencia (2013) y La flor azul (2013), el sello Impedimenta continúa ahora su empeño editorial consagrado a la autora con La puerta de los ángeles (1990), que de forma paradójica podríamos considerar obra de madurez dentro del catálogo de la Fitzgerald, por cuanto acrisolan aquí con especial eficacia sus constantes literarias.

La biógrafa de Penelope Fitzgerald, Hermione Lee, escribe en el prólogo incluido en la edición, tras recordar que la misma autora se consideraba a sí misma una outsider: “Las novelas de Fitzgerald nos demuestran que sentía especial predilección por los personajes inestables que viven al margen. Siempre elegía como protagonistas a la gente vulnerable y a los desfavorecidos: niños, mujeres que trataban de abrirse paso por sí mismas, hombres corteses, confusos, fracasados… En definitiva, dividía el mundo entre los exterminadores y los exterminados”. Dos de sus bichos raros más memorables se dan cita (o no se la dan en absoluto) en La puerta de los ángeles: él es Fred Fairly, un profesor de ciencias contratado en el St. Angelicus, un más que misterioso college de Cambridge que sigue la misma norma del Monte Athos en cuanto a admisión: ninguna criatura del género femenino ha accedido a sus dominios durante más de quinientos años. Ella es Daisy Saunders, una jovencita que se sobrepone a los designios que otros habían previsto para ella y que empieza a trabajar como enfermera en el hospital de Blackfriars, una institución rígida y sombría. Él es cándido y apesadumbrado, ella decidida e impetuosa (“Deberías dejar de ver la vida como un campo de batalla. En una batalla sólo se triunfa mediante el engaño y la violencia”, le advierte el padre Hagget, uno de los muchos secundarios de lujo que pueblan La puerta de los ángeles). Pero los dos ejercen la desobediencia: Fred forma parte de la Sociedad de los Desobedientes, una organización clandestina que lucha por cambiar las normas del St. Angelicus. Y Daisy desobedece de forma flagrante el reglamento del hospital al divulgar en la prensa la suerte de un paciente. Esta desobediencia, sin embargo, es para ambos una cuestión de supervivencia: el mundo se revela gobernado por un caos exterminador ante el que sólo pueden pasar como exterminados, resignados al fervor y la alucinación, pero La puerta de los ángeles es también una novela sobre la resistencia y el precio a pagar que ésta siempre reclama. Bajo su apariencia de relato romántico de nostalgias victorianas, con sus escenarios fantasmagóricos y decadentes (ojo, lector: aquí hay fantasmas, y ninguno aparece por casualidad. El caos y el azar son órdenes completamente distintos), y hasta un final capaz de dejar con la boca abierta al más pintado, la obra de Fitzgerald explica con maestría, y según había anticipado el padre Hagget, cómo se las gastan los mecanismos de la violencia. Lo que cuenta es revelador. Lo que calla pone los pelos de punta.

Por Pablo Bujalance

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