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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Como bien aclara Ignacio Echeverría en el prólogo, esta no es la típica novela de Iris Murdoch, mucho más cercana al «realismo».

El unicornio es una fusión de cuento de hadas, novela de terror y realismo contemporáneo (aquí hay carreteras, trenes, telégrafo y electricidad) que transcurre en una zona desolada y solitaria en la mansión de Gaze y un poco en Riders, un castillo cercano. Los personajes son absolutamente creíbles pero van cambiando de roles como de máscaras en un baile trágico. Dos ejemplos, entre muchos otros: Hannah, la dueña de Gaze, pasa de doncella desamparada a diosa y después a vampiro; Gerald Scottow es guardián, después cancerbero, después salvador y finalmente víctima. Y ellos no son los únicos. Tal vez el único que sigue siendo el mismo es el monstruo de la historia, Peter, que es sobre todo una ausencia.

La historia está contada en tercera persona desde el punto de vista de dos testigos: Marian, que llega como dama de compañía de Hannah, está en el centro en todas secciones impares; y Effingham, joven invitado a Riders, que ocupa las secciones pares. Las dos miradas se alternan y, en cierto modo, representan a los lectores, porque como ellos vienen de la modernidad y entran en un mundo que se maneja con reglas desconocidas, en el que se mueven fuerzas mágicas, portentosas.

Como toda ficción del siglo XX, sobre todo las que no son realistas, esta se define a sí misma varias veces: es la historia la que mueve los hilos, se dice en algún momento; en otros, se habla del «amor cortés» y de «rescate» y «rescatadores», de cuentos de hadas; al final, cuando las cosas parecen bien, se habla de las comedias de Shakespeare. Los modelos y esquemas cambian bastante según el momento y Murdoch es muy consciente de eso.

Sin embargo, hay símbolos estables, sobre todo la Naturaleza del lugar y el unicornio del título, que se discute en una charla central más o menos en el medio de la novela. Aquí, la Naturaleza es antagonista de la humanidad, una antagonista feroz, incomprensible, poderosa. El mar y la ciénaga matan literal y simbólicamente. Sólo un personaje entre muchos se entiende y comunica con ellos. Ni Effingham ni Marian están en condiciones de enfrentarse a la Natura: ni Effingham a la ciénaga ni Marian al mar. El unicornio es un símbolo mucho más ambiguo: la mayor parte de los personajes cree que Hannah es el unicornio, que su sufrimiento la relaciona con Cristo y con lo divino. Pero el texto no se decide: ¿no hay otros personajes que pudieran ser el unicornio? ¿Todos menos Effingham y Marian?

Effingham y Marian son diferentes de los demás y lo son porque la novela se sostiene sobre una oposición binaria básica: la que hay entre Gaze, Riders y el lugar en que se levantan por un lado y el mundo exterior que queda siempre fuera de la narración porque todo empieza y termina en la estación de tren que comunica con la ciudad moderna. El esquema es el típico de las novelas de terror del siglo XIX, una más de tantas citas literarias, y aquí también esa oposición sirve para explorar la condición, la psicología, las reacciones humanas de todo tipo frente a situaciones límite.

La «magia» que se respira en Gaze y también en Riders, la casa vecina, es sobre todo un catalizador, parte del laboratorio que sirve a Murdoch para preguntarse por lo que somos en Occidente. La pregunta es casi filosófica y Murdoch tiene la maestría de hacérsela con una trama emocionada y emocionante, lo cual no es nada fácil de conseguir en este tipo libro. Así, los lectores pueden elegir seguir «lo que pasa» y si lo hacen, convertir El unicornio en una novela densa de aventuras existenciales, como algunas de Henry James; o decidirse por leer la filosofía y convertirla en un libro polémico y apasionado sobre las variedades del amor humano.

Por Margara Averbach.