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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Una sorprendente historia de amor

Tengo la teoría, desarrollada con el método científico incuestionable de ser lectora, de que los buenos escritores siempre escriben buenos finales.

Un buen final no tiene que ser un final de esos en los que el malo es castigado con una plaga bíblica, en la que el protagonista encuentra el amor o en el que todo se cierra con un fundido a comieron perdices. Los buenos finales son sencillamente esos que culminan una historia de la forma adecuada, uno de esos que cuando llegas al final ves que son lo que perfectamente encaja. Y, teniendo cuidado de no hacer ningún spoiler, diré que La puerta de los ángeles, el último libro de Penelope Fitzgerald publicado en castellano (por la siempre maravillosa Impedimenta), es uno de esos libros. La historia se cierra de una manera tan genial que cuando se acaba de leer una no puede impedir volver unas cuantas páginas hacia atrás y volver a leer el final.

La puerta de los ángeles, que Fitzgerald publicó en 1990 y que forma parte de la segunda parte de la producción literaria de la autora (esa que, a diferencia de La librería, no está inspirada por su propia biografía), es una novela histórica, una historia de amor y una sátira de la vida universitaria. La novela es muchas cosas y funciona muy bien en todas sus dimensiones.

Sabemos que el hecho fundamental de la novela es el encuentro de Fred con una mujer (una afortunada que ha leído sinopsis previas) pero lo cierto es que la novela no nos muestra el hecho hasta bastante avanzada la trama, lo que nos permite conocer mejor a Fred y comprender mejor su historia (y disfrutar mucho más como lectores de ese encuentro). Estamos en Cambridge, en la Inglaterra anterior a la I Guerra Mundial. Fred Fairly es un profesor de Ciencias en la universidad. Se ha formado en Físicas y ha acabado encontrando empleo gracias a un profesor que básicamente quería a un joven adjunto que se encargase de sus clases para que así él pudiese dedicar su tiempo a sus investigaciones. Aprovechando que ha quedado una plaza libre en el college St Angelicus, fundado más de quinientos años atrás por el papa Benedicto XIII, empieza su carrera en la universidad.

El college es particular. A pesar del cambio de los tiempos, las mujeres están completamente prohibidas en el centro, lo que hace que sus profesores lleven una vida casi monástica. Casarse está completamente prohibido. El college es además singular, ya que es demasiado pequeño, demasiado retro y tiene una misteriosa puerta que solo se ha abierto (hasta ahora) en dos ocasiones. Una fue cuando en 1423 falleció el papa Benedicto. La otra en 1869 cuando se inauguró el primer college femenino. Por supuesto, esas dos veces la puerta se abrió sola, como una especie de augurio.

En ese entorno es el que se mueve Fred, quien tendrá un accidente de bicicleta un día pedaleando por las afueras de la ciudad y se despertará en una cama desconocida, con Daisy, una mujer desconocida a la que todos han tomado por su esposa. Y Fred se enamorará locamente de la misteriosa desconocida.

Por la novela también pasan un profesor de ciencias que escribe populacheros cuentos de fantasmas para descargar el estrés, el padre rector (de la iglesia anglicana) de Fred (a quien su hijo está meditando cómo contarle que es ateo), el obsesivo director del college o la madre y las hermanas de Fred, convertidas de pronto a la causa del sufragismo. Todo esto contado en pinceladas que encajan a medida que va avanzando la historia y se van cruzando los diferentes puntos de vista (la historia pasa poco más allá de las 200 páginas y es una de esas peligrosas novelas que puedes leer de una sentada si no te controlas) para trazar una novela que es funciona además como un cierto juego de espejos. Porque una se podría sentir tentada a decir que es una de esas historias encantadoras, pero, amigos míos, cuando te pones a pensar en lo que has leído no puedes evitar descubrir que por debajo de lo divertido, de lo un tanto lírico, hay muchas, muchísimas más cosas.

Y entonces sentirás la imperiosa necesidad de volverlo a leer.

Por Raquel C. Pico.

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