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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

El hubiera es un tiempo verbal de pelotudos – «Una casa llena de gente», de Mariana Sández – Estado Crítico

La vida no es sueño. La vida es juego.

Y la literatura es un cubo mágico,

es todos los juegos en un juego.

Eso es lo que las vuelve tan adictivas.

A la literatura y a la vida.

Un edificio o un barrio no son otra cosa que un montón de voluntades puestas a convivir por la fuerza, dice Mariana Sández (Buenos Aires, Argentina, 1973) al comienzo de una de las partes de esta su primera novela, editada por Impedimenta con ese gusto y amor por la literatura que muestran siempre sus editores.

Una casa llena de gente cuenta en principio la historia de los vecinos que se mudan a un nuevo edificio, y en el que su defectuosa construcción ahonda en la compleja convivencia de familias que nunca eligieron cohabitar juntos.

Charo es una escritora y dramaturga de presente y futuro prometedor. Hija única de Leila, lectora empedernida y escritora que jamás publicó nada, y de Fernando, psicólogo y padre de dos hijos de una relación anterior, recibe tras el fallecimiento de Leila una serie de escritos y de archivos fotográficos y videográficos. Con ellos, su madre la ayudará a reconstruir la historia de su familia y muchos de los sucesos que acaecieron a lo largo de los años entre las finas y mal construidas paredes del edificio. De alguna forma, Charo, gracias al legado recibido, ayudará a Leila a escribir la novela que jamás pudo escribir, por culpa de esos «hubieras», el tiempo verbal de los pelotudos, la marca de agua de su vida que a su vez heredó de una madre inglesa que siempre vivió encaramada al precipicio del pluscuamperfecto, y también, y eso lo añade un servidor de su propia cosecha, el tiempo verbal de tantas mujeres que tuvieron que renunciar a sus vidas y sus sueños para que nosotros los machos cumpliésemos los nuestros. Para cagarse en todo el subjuntivo.

La novela se estructura en cinco partes, divididas a su vez en capítulos por los general breves, que de forma no casual se relacionan con el proceso de construcción de un edificio, y también de una novela: Cimientos, Andamiajes, Exteriores, Interiores e Escombros y Reconstrucción se titulan estos pasajes en los que unas veces Charo y en otras diferentes vecinos de la comunidad dan voz de forma coral a los hechos que relata Leila en los documentos que entrega a su hija.

Decía que Una casa llena de gente se estructura en cinco grandes capítulos que se asemejan a la forma de construir una novela, y de alguna forma es en sí misma un curso práctico de escritura creativa, en el que aparecen diferentes aspectos: los personajes principales, encarnados en Leila, la escritora que nunca creerá posible publicar su historia, y la profesora, su hija Charo, que tratará de hacerlo posible; los personajes auxiliares, vecinos y familiares de las protagonistas; y las bases y elementos imprescindibles para construir ese edificio tan complejo que llamamos novela, como los textos que hereda Charo y que sirven para dinamizar la trama. No sé si es una pájara mental que me he creado, si es una pretensión real de una escritora que ha realizado estudios y especializaciones en teoría literaria, pero a un servidor lo que le sugiere la obra de la escritora bonaerense es aquello de voy a dar un curso de creación literaria y lo voy a hacer escribiendo yo una historia.

La trama, basada en los textos escritos por Leila, conforman el entramado exterior, la sencillez formal de un edificio cuyo resultado a veces oculta la tremenda complejidad de lo sencillo. Y la aparición coral de otros personajes, los vecinos, cada uno con perspectivas y formas diferentes de comprender los hechos, cada uno con sus matices, con sus luces y sus sombras, como deben construirse en cualquier historia que se precie, sirven para dar luz a esos interiores en los que vive la historia. Quizás por ello no sea casual que ellos tomen la voz tras haberle puesto unos sólidos cimientos y andamiajes a la trama.

Puede ser incluso, y reconozco que me estoy viniendo arriba sin haberme fumado ningún petardo, que la autora, o al menos a mí me lo parece, homenajee en el personaje de Leila a aquellos escritores que jamás publicaron sus historias, a los que las enterraron en el fondo de sus cajones, en el archivo más recóndito de sus ordenadores, incapaces de vencer su propia timidez o las inmensas dificultades para relacionarse con la soberbia industria editorial, tan ciega muchas veces ante talentos literarios con menos capacidad de vender, tan sorda a veces a todo lo que no sea el clinclin de las cajas registradoras. Aunque haya quien se queje de la cantidad de libros que se publican, siempre hay maravillas ocultas por rescatar. Como las de mi amigo Isaac Páez (ea, ya lo he dicho).

Bueno, como creo que me he pasado con tanta conjetura y elucubración, es mejor que finalice aquí mi reseña, si es que merece la pena llamarla así. Lean esta novela y háganlo de forma atenta. No pasen de puntillas por ella, no se dejen engañar por la sencillez exterior, como si fuera sencillo, insisto, hacer eso, porque sus cimientos son muy profundos. Aquí hay mucha arquitectura literaria por aprender.

—Manuel Machuca, Estado Crítico, 6 de junio de 2022