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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
En el nombre del padre

El filósofo y novelista francés Pascal Bruckner desnuda sus sentimientos en unas memorias que comparte con su padre, quien se convierte en el catalizador de su trayectoria vital y a través del cual analiza los sucesos que marcaron la historia reciente de Francia.

Arrodillado al pie de la cama, la cabeza inclinada, las manos juntas, murmuro mi oración en voz baja. Tengo diez años. después de un breve repaso a las faltas del día, elevo una petición a Dios Nuestro Creador Todopoderoso. Él sabe que nunca falto a misa, que siempre comulgo, que Lo amo por encima de todo. Le pido simplemente, Le suplico, que provoque la muerte de mi padre, si es posible en accidente de coche.

El 18 de agosto de 2012 murió el padre del filósofo y novelista francés Pascal Bruckner. «Dios había tardado más de medio siglo en atender mis plegarias; debía de haber tenido un trabajo de mil demonios durante todo ese tiempo», lamenta con no poca ironía el autor en Un buen hijo, unas peculiares memorias en las que la figura paterna se erige como la auténtica protagonista, marcando el discurso con el que pretende expiar sus culpas y confesar sus más íntimos sentimientos.

Merece la pena leer la introducción de Juan Manuel Bonet, pues en ella ofrece todas las claves necesarias para
comprender la actitud de bruckner no sólo ante su tormentosa relación familiar, sino también ante una existencia que ha de enfrentar arrastrando ese incómodo y desconcertante equipaje.

Pero sin duda lo mejor es dejarse llevar por el relato del autor, quien demuestra un extraordinario dominio del lenguaje que engalana la elegante prosa que bruckner emplea para describir su peripecia vital. Y es gracias a la magnífica traducción de Lluís Maria Todó que es posible disfrutar de esta obra en toda su dimensión dramática, sentimental y literaria.

No esperen unas memorias convencionales. En realidad no es su propia vida la que aparece en primer plano, sino una curiosa simbiosis entre él y su padre, que se presentan como una especie de Jano que expresa las dos perspectivas sobre la realidad que, en muchos casos, comparten más que confrontan ambos personajes.

Bruckner fue hijo único de un matrimonio en el que la violencia ejercía un extraño poder de cohesión. La brutalidad del padre se cimenta sobre la enfermiza sumisión de la esposa, ante los ojos atónitos de un hijo que sufre un turbador dilema determinado por un odio racional y un amor paradójico hacia su progenitor, del que es incapaz de alejarse por mucho que su deseo sea perderlo de vista.

No estamos ante nada extraño, pues el amor filial es arcano y no obedece a la lógica. Una cosa es la expresión de los sentimientos y otra muy distinta es su poder sobre la conducta y las decisiones del individuo. El ensayista francés logra transmitir esa diferencia simplemente narrando las vicisitudes de una relación que se prolonga más de lo aparentemente deseable.

La figura del padre no es sometida a ningún juicio de valor, sino que se describe en toda su dimensión destacando las diferentes facetas que la convierten en imprevisible e inclasificable. el personaje se describe a sí mismo, sin que Bruckner acentúe ninguno de los rasgos de su personalidad, lo cual le confiere una autenticidad tan escalofriante como, créanme, entrañable.

El secreto del amor desvelado desde la distancia del odio y el miedo. Un rasgo que dota a esta obra de un valor que trasciende lo literario, rozando lo científico en cuanto que propone un diagnóstico certero de la encarnizada lucha psicológica que determina los sentimientos que inducen actitudes ilógicas.

Además, Bruckner refuerza ese relato pesonal contextualizándolo en el curso de los acontecimientos que marcaron la historia de Francia desde la segunda Guerra Mundial. De esa forma, Un buen hijo se convierte en unas memorias a tres bandas: las del propio autor, las de su padre y las de Francia y, por extensión, de Europa. Con todo ello, el autor ofrece una visión enciclopédica del mapa de los sentimientos durante un periodo histórico convulso.

Por Antonio J. Ubero.

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