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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

Vivir en la Rumania de Nicolae Ceaușescu – La brújula – 17 de noviembre de 2022

Dos escritores rumanos, Gabriela Adameșteanu, autora de «Vidas provisionales» (Acantilado) y Cătălin Partenie, autor de «La madriguera dorada» (Impedimenta); narran en sus novelas la vida de Rumanía durante la dictadura de Ceausescu.

El 25 de diciembre de 1989, un tribunal militar condenó a muerte al dictador Nicolae Ceaușescu y a su esposa Elena Ceaușescu. Entre los cargos que se le imputaban al exlíder de la Rumanía comunista destacó el genocidio de cerca de 4.000 personas en Timișoara. En sus últimos minutos de vida, Ceaușescu entonó la La Internacional y juró que la historia le daría la razón. Más tarde se demostraría que las imágenes reveladas por los medios de comunicación internacional fueron un fraude, pues los cadáveres no pertenecían a disidentes ejecutados por Ceaușescu, sino a personas desenterradas de un cementerio para pobres. Ninguna relación había entre los desmanes del expresidente de la República Socialista de Rumania (que los hubo) y ese conjunto de huesos que pulularon en la prensa y en la televisión de millones de personas.

Esas imágenes fueron la causa de que Occidente le retirara su amistad. El Conducator, como le conocía el pueblo rumano, mantuvo relaciones cordiales hasta ese momento con muchos líderes del Oeste, entre los que se encontraba Richard Nixon, que visitó Bucarest en 1969. En cambio, la relación con sus vecinos del Este, especialmente con Moscú, se caracterizó por la desconfianza mutua. Ceaușescu criticó con dureza que el Kremlin, apelando al Pacto de Varsovia, se inmiscuyera en los asuntos de Praga y su esperanzadora primavera. No llegaron a romper relaciones, aun así la Rumania de Ceaușescu dio continuas muestras de querer volar lejos del nido socialista.

En lo económico, Rumania tuvo su época dorada gracias a un incremento en el esfuerzo industrial y al abandono campesino de las áreas rurales por la ciudad, entre 1940 y 1971. La sociedad disfrutó de salarios más elevados, una educación universal gratuita, pensiones y asistencia médica también gratuita, a unos niveles no tan prominentes como los disfrutados en el lado occidental.

Sin embargo, la bonanza rumana no fue capaz de superar la grave crisis del petróleo de la década de los setenta. Se creó una dependencia energética tras la crisis, que tiene su origen en la mala praxis extractora del propio carburante y en un ineficiente empleo del mismo. La necesidad de divisas llevó al dirigente a realizar una política de exportación virulenta y a limitar las importaciones. Esto se tradujo en una sociedad necesitada de productos básicos ya en 1982.

Dicho esto, Ceaușescu fue un dictador que mediante la Securitate extendía sus largos tentáculos y controló a los ciudadanos, anulando sus libertades sociales y políticas (en menor medida la económica). La vida personal de los individuos era un infierno. 

El erudito en Platón, Cătălin Partenie (Pitesti, 1962), que ha publicado hace unos meses en la Editorial Impedimenta La Madriguera dorada, una enternecedora historia enfocada en narrar “las peripecias de dos jóvenes, Paul, un baterista que estudia filosofía, y Fane, un adolescente de 14 años interesado en tocar la guitarra”. Sus vidas se ven anexadas por su amor a la música y encuentran en un viejo almacén un espacio donde sustraerse del mundo y olvidar los amargos y postreros momentos de la Rumania comunista de Nicolae Ceaușescu. Sin duda, es  difícil analizar los últimos estertores del régimen rumano, pues las investigaciones cada vez son más críticas con el relato oficial sobre la caída de Ceaușescu; sin embargo el texto de Cătălin Partenie está plagado de experiencias vitales y no cae en la argumentación poco fundamentada. Al igual que Platón, el autor de la Madriguera dorada distingue entre opiniones y argumentos, o lo que es lo mismo, entre lo que uno cree y lo que se puede comprobar. Por eso, su obra es un cuadro compuesto de claroscuros con todos los grises que existen en la paleta de un pintor.

¿Por qué relatar los últimos años del régimen de Ceaușescu, a través de la visión de dos jóvenes apasionados del rock?

El relato es una ficción basada en experiencias personales. Yo fui un adolescente al que le gustaba tocar la guitarra eléctrica en diferentes bandas de rock. A finales de los 80, me inscribí en la Universidad de Bucarest para estudiar filosofía. A mediados de los 80, en plena adolescencia, la música conformaba mi madriguera dorada; unos años después, a finales de esa década, descubrí una segunda madriguera: la filosofía. Ambos fueron momentos importantes, pero durante los años que viví en mi primera madriguera experimenté las sensaciones más fuertes. Tiempo después decidí escribir sobre las dos experiencias.

¿Cuándo nació su interés por la música?

Tenía 14 años y un amigo me dejó el casete de Made in Europe de Deep Purple; su música me impresionó muchísimo y despertó mis ganas de tocar la guitarra. Quería hacer vibrar las cuerdas a todas horas. No buscaba fama, solo tocaba para mí mismo. Encontré un grupo de amigos con las mismas inquietudes musicales, queríamos tocar rock por los mismos motivos; no nos interesaba ni la fama ni el dinero, tocábamos para nuestro propio deleite. Ahí comenzó todo.

¿Cómo era pertenecer a una banda de música rock en la Rumania de Ceaușescu?

Resultaba muy difícil. No disponíamos de buenos instrumentos. Una guitarra decente o un amplificador que sonara bien solo se encontraban en el mercado negro y eran caros. Aun así, disfrutábamos con intensidad de todas las experiencias que nos brindaba el mundo del rock. Era increíble.

En la novela, los instrumentos mencionados pertenecían al mercado negro y por lo general eran de segunda mano.

En el mercado oficial escaseaban los instrumentos nuevos. Las marcas más populares provenían del bloque del Este (encontrabas Vermonas de la RDA) y eran de menor calidad. En el mercado negro, por el contrario, encontrabas instrumentos occidentales, pero una guitarra Fender y un amplificador Marshall te costaban lo mismo que un coche nuevo de los caros.

¿Cómo vivía el rock?

No sabíamos lo que sucedía al otro lado del muro. Conocíamos algunos grupos gracias a los casetes que circulaban de mano en mano. Si te refieres a si vivíamos el rock al estilo estadounidense de los años 70-80, en la Rumania comunista las drogas estaban prohibidas y las relaciones sexuales eran escasas porque el aborto era ilegal y no teníamos método anticonceptivo. Así que: no drogas, poco sexo y mucho rock.

¿Qué tipo de música os permitía hacer el Gobierno?

Es compleja la respuesta. En la televisión y en la radio había muchas restricciones; en cambio recuerdo haber asistido a un concierto de la banda Red and Black en la que tocaron una canción de los Deep Purple llamada Maltratado. En la radio era impensable escuchar a este grupo y sus canciones. Todo era complejo.

¿Entonces, la censura no contaba con unas líneas claras?

Existía una censura que ejercía su poder e influencia en la televisión, en la radio, en el cine y en las obras de teatro. Sin embargo, en los conciertos de rock había mayor permisividad. Uno de los mensajes importante del libro y que me gustaría que quedara claro en esta entrevista es que no todo es blanco o negro, las situaciones revisten una mayor complejidad. Por ejemplo, empezó a correr el rumor de que iban a publicar Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa. Me presenté en la tienda de la editorial que iba a publicar el libro. El dependiente me confirmó que no era un rumor; se había traducido la obra de Vargas Llosa y se iba a publicar. Unos días después regresé a comprar el libro, pero aún no lo habían publicado. Acudí unas cuantas veces hasta que el librero me prometió que me guardaría un ejemplar. En esos momentos todavía existía  la censura, pero se publicaban los libros de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges y Franz Kafka, incluso en el mercado negro podías conseguir libros de Milan Kundera. En Bucarest existía una compañía de teatro llamada Pequeño Teatro. Por aquel entonces, todas las compañías de teatro eran estatales, no existían iniciativas independientes. Allí pude ver una versión teatral de El maestro y margarita de Mijaíl Bulgákov y Ricardo III de William Shakespeare.

Usted era muy joven cuando Ceaușescu cayó, ¿cómo recuerda esos últimos meses?

Fueron años duros: los alimentos escaseaban y en invierno la calefacción no calentaba lo suficiente nuestros pisos. En la televisión, a finales de los 80, solo veíamos un único canal y durante un par de horas al día. No obstante, entre los amigos circulaban películas americanas en formato VHS muy buenas conseguidas en el mercado negro, pongo el caso de Alguien voló sobre el vuelo del cuco.

Habla en su libro de personajes que para casarse con extranjeros tenían que pedir permiso; por favor, desarrolle un poco más esto.

Estaba permitido, pero era increíblemente difícil. Pongamos que en los años 80 yo hubiera conocido a una bella muchacha madrileña, y si nos hubiéramos querido casar, primero tendríamos que haber pedido permiso. Los trámites eran complejos y largos; algunas personas obtenían los permisos, pero muchas otras no lo lograban y no recibían ninguna explicación.

Salir del país también era complicado.

Sí lo era. Primero tenías que conseguir un pasaporte, después la visa y, por último, debías pedir permiso para salir. Así que, podías disponer de tus papeles en regla, pero no haber recibido el permiso. De todos modos, tanto la visa como el pasaporte, una vez regresabas del viaje, tenías la obligación de devolverlos a la comisaría de policía. Los documentos solo te pertenecían durante el viaje. A finales de los años 80 era extremadamente difícil salir de Rumania si tu destino era un país occidental; viajar a uno socialista era una tarea algo más fácil.

Mientras leía su novela no dejaba de dar vueltas al mito de la caverna de Platón.

Con su mito, Platón nos dice que la verdad se encuentra fuera de la caverna; en cambio, en mi libro expreso que mis vivencias de la década de los 80 eran la madriguera. Espero que Platón me perdone.

Paul es un estudiante de filosofía en la universidad, continuamente hace alusiones a la filosofía y al estudio de la materia, ¿de qué manera interactuaba la filosofía y la dictadura?

El marxismo era la filosofía oficial, pero también aprendíamos una filosofía underground. Respecto al mundo intelectual, al igual que sucedía con la música, no todas las experiencias vestían una túnica blanca o una negra.

—David Valiente, La brújula, 17 de noviembre de 2022