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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«El árbol», de John Fowles

«Fowles aprendió a tratar de tú a tú a la Naturaleza, a enfrentarse a su inmensidad y a su misterio, a explorarla, a respetarla, a estudiarla y a compartirla en cuerpo y alma en su diario acontecer.»

Que a la Naturaleza se la domina obedeciéndola, fue algo que Francis Bacon dejó escrito hace ya más de cinco siglos. Conocer las leyes que rigen los fenómenos naturales para, sometiéndose a ellos, utilizarlos en beneficio propio, era uno de los pilares fundamentales de su pensamiento. Y traigo a colación la tesis baconiana, tras la lectura de El árbol, obra cumbre de John Fowles, publicada por vez primera en 1979, y traducida ahora de manera espléndida por Pilar Adón para la editorial Impedimenta.

Nacido en 1926 en Leigh-on-Sea, un pequeño pueblo del condado de Essex -situado a unos sesenta kilómetros de Londres-, Fowles abrazó con pasión el existencialismo francés, -Camus, Sartre-, y tras obtener su licenciatura en 1950, se entregó de lleno a la enseñanza -Francia, Inglaterra, Grecia-. En el país heleno, precisamente, inició su trayectoria, y gracias al éxito de su primera novela, El coleccionista, pudo dedicarse a la literatura a tiempo completo. Sus dos siguientes títulos, La mujer del teniente francés y El Mago, fueron llevadas con éxito al cine.

Pero como he apuntado, fue, en 1979, cuando Fowles escribió este ensayo que me ocupa, El árbol, un volumen con tintes autobiográficos en el que narra su particular relación con el arte y la creación, y que se presenta como un confesional manifiesto a favor de la conservación de la naturaleza salvaje.

Los primeros arboles que recuerdo haber conocido bien fueron los manzanos y perales que había en el jardín de la casa en que crecí (…) Esos árboles tuvieron una influencia enorme en nuestras vidas. Mucho mayor de lo que jamás pude imaginar en mi juventud. Simplemente los contemplaba del mismo modo en que mi padre los presentaba al mundo: el resultado de un pasatiempo tan anodino como cualquier otro.

Con esta sinceridad expresa Fowles su desacuerdo respecto al hecho de que su padre malgastara buena parte de sus días en conseguir modificar el curso verdadero de la Naturaleza para conseguir una producción tan irreal como abundante de aquellos árboles frutales que tanto cuidaba.

Las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial hicieron que toda la familia tuviera que mudarse a un remoto pueblo de Devonshire, en el que como el propio autor británico relata, «todos mis secretos y anhelos se iban a ver inmensamente satisfechos».

En aquel grato e inolvidable lugar, Fowles aprendió a tratar de tú a tú a la Naturaleza, a enfrentarse a su inmensidad y a su misterio, a explorarla, a respetarla, a estudiarla y a compartirla en cuerpo y alma en su diario acontecer. Y allí, supo también, encontrar la mágica conexión que la emparenta con la creatividad, con la necesaria inspiración y devoción que acompañan a cada escritor: «Encuentro una clara analogía entre los árboles, los bosques y la prosa de ficción. Todas las novelas son también, de alguna manera, un ejercicio consciente de búsqueda de la libertad».

Al cabo, su concepción del universo como un sistema autosuficiente e infinito en el que el ser humano tan sólo tenga que respetar el orden lógico de sus elementos, suponía un alegato en defensa de las bondades mas auténticas que nos ofrece nuestro entorno.

Fowles fallecería en su casa de Dorset el día 5 de noviembre de 2005, después de una larga batalla contra la apoplejía que sufriera en 1988.

Por Jorge de Arco.

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