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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
«El árbol», de John Fowles

El novelista y ensayista John Fowles nos recuerda que estamos dentro de la naturaleza y que, más allá de una pasión taxonómica, conocer el mundo natural es tanto un arte como una ciencia. El jardín se convierte en una metáfora de la actividad literaria en este libro publicado por primera vez en 1979.

Esta pequeña obra del escritor británico fallecido en 2005, parcialmente autobiográfica, nos habla de la naturaleza de otra forma. Y nos confiesa que toda su obra literaria –que es muy conocida y exitosa– se basa en la relación que ha mantenido con la naturaleza.

Partiendo del recuerdo del diminuto jardín de su padre nos acerca a la idea del jardín sagrado –en el sentido más actual y amplio del concepto– y, por extensión, al sentimiento de la naturaleza y no sólo a su conocimiento. Bien es cierto que él siempre ha estado alrededor de una de las zonas privilegiadas del paisaje inglés, el Dorset y el Devon.

Los reportajes filmados sobre la naturaleza no la acercan más al espectador –sostiene– pues existe una especie de afán de categorización, de catalogación, que no tiene mucho que ver con el sentimiento, sino con un deseo de ajardinarlo todo, de domesticarla. Ese nombrar cada planta, lo que intentó Linneo, puede ser útil, pero no significa que vivamos la naturaleza. «Mirar las cosas en sí mismas, más allá de los nombres que tienen». Respeta a Linneo, pues Fowles conoce los nombres de las plantas y de los árboles, pero para él la naturaleza es mucho más que la pasión taxonómica.

La naturaleza contemplada como arte, como ciencia, o como terapia, no es lo verdadero sino que provienen de esa mentalidad utilitarista que subyace en toda la filosofía judeocristiana. Fowles nos recuerda que estamos dentro de la naturaleza, que ni la ciencia ni las organizaciones conservacionistas (por ejemplo, del bosque amazónico) nos sitúan verdaderamente en la naturaleza. Ésta es incontrolable, inaccesible sólo por el conocimiento.

Fowles aventura tres verdades: que conocer la naturaleza es tanto un arte como una ciencia, que no podemos contemplarla como una serie de cosas que están fuera de nosotros, y que este tipo de conocimiento no es reproducible por ningún medio, es personal, interno.

Fowles deja de lado la naturaleza como espectáculo (esos reportajes televisivos) y, sobre todo, reniega de la postura utilitarista, indagando más en la visión simbólica, casi religiosa, de los bosques y de los campos. Nos dice que hay veces en que, para describirla, «el lenguaje humano aún tiene que inventar», que no basta con la prosa habitual y, menos, con la científica.

Su despedida es la visita al perdido bosque de Wistman, que nos deja ese gusto antiguo, casi mohoso, de la naturaleza todavía no invadida, o que recupera sus dignos fueros antiguos, míticos y misteriosos.

Es un libro que está editado, sea por el papel, el tipo de letra, la portada y la traducción, de una manera ejemplar. A Unamuno le hubiera gustado y a los españoles, tan desconsiderados con el paisaje, nos resulta muy oportuno y necesario. Sería digno de ser impedimenta necesaria, lectura recomendada en las escuelas y colegios.

Por Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye

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