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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)

«Cuentos inquietantes», de Edith Wharton

«Wharton sabe crear estampas escuetas, en calma para un observador exterior, pero sacudidas por intensos remolinos subterráneos.»

Solo unas breves notas sobre Edith Wharton harán que sitúen los cuentos que aquí se presentan: neoyorquina de clase alta, amiga de Henry James, con un complicado divorcio que la marcó de por vida e insistente en la caracterización psicológica de los personajes. Novelista de cierto renombre, en sus relatos breves obvió el extenso desarrollo de relaciones humanas para centrarse en escenas de solapada inquietud. Aun así, no les engañe el título: si hay algo misterioso en estas narraciones no pertenece al mundo sobrenatural, externo al hombre, sino a lo que no se dice y se adivina; con una maestría que la traducción refleja a la perfección, Wharton sabe crear estampas escuetas, en calma para un observador exterior, pero sacudidas por intensos remolinos subterráneos. El lenguaje, en ellas, es un personaje más.

Quizás cierto relato –‘Un viaje’– se aparte un tanto de estos parámetros, o por lo menos los lleve hasta la participación de una pequeña sociedad, la que convive en un vagón de un largo trayecto en tren con una esposa que ha de lidiar con un marido enfermo que vuelve de una cura de reposo y debe estar reponiéndose en su litera. La angustia de la joven dama se traspasa obsesiva al lector, no tanto por lo macabro, sino por su efecto entre los pasajeros. Pero lo habitual es que toda la articulación de las relaciones tenga lugar entre las paredes de una casa, mansiones que cobran vida en los ojos de sus habitantes y que, sin atender a presencias extrañas, influyen en los ánimos. Es el caso de «Una botella de Perrier», donde el huésped de un reconocido arqueólogo acude invitado a su palacete en el desierto el mismo día que ha salido a visitar unas ruinas. El ambiente de los criados y las medias palabras lo llevarán a sentir que los muros ejercen una vigilancia implacable. O de «Un cobarde», en el que las quejas de la esposa porque su marido no le permite llevar el nivel de vida al que cree tener derecho, hacen que el pretendiente de la hija se fije en la figura del consorte –indiferente, temerario– hasta descubrir un destructor secreto. O «La duquesa orante», narración de aire asfixiante y arcaico, curiosamente cercana a nuestro Bécquer.

En otras ocasiones, los ambientes son contemporáneos y las personas cercanas son las que logran maniatar los sentimientos. En «La misión de Jane», una mujer decide adoptar una niña y el marido actúa con la misma displicencia que antes en unas páginas de ironía extrema –Wharton siempre es suavemente mordaz–, la niña crece con una personalidad tóxica, lo que al fin y al cabo es lo que une a la pareja. Relaciones matrimoniales, pues, que también se reflejan el «Los otros dos», donde los dos divorcios de una recién casada están presentes en la vida del nuevo matrimonio hasta llegar a una última escena digna de una película en la que apareciera Cary Grant –Peter Sellers, incluso–, amablemente hilarante.

No piensen que a lo que van a enfrentarse es a relatos de terror clásicos, ni siquiera psicológicos. El único con la estructura de cuento de fantasmas –modélico, por otra parte– es «Después», un matrimonio americano que ha tenido un golpe de suerte y se retira a una casa en Inglaterra donde les dicen que hay un espectro, con su dosis policíaca y su choque de culturas, su final derrapa en un giro inesperado. No, si acaso al lector se le quedará un leve ánimo melancólico, pero en ningún caso aterrorizado. El azar, al fin y al cabo, el misterio más potente.

Por César Prieto.