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Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008 (Grupo Contexto)
Lo salvaje

Todos los libros de John Fowles que conocemos son extraordinarios.

Lo es la novela con la que inició su trayectoria, El coleccionista, recuperada hace poco por Sexto Piso, y lo es la posterior La mujer del teniente francés, desde hace años disponible en Anagrama, muy conocidas ambas —pero hay que leerlas— por las respectivas adaptaciones cinematográficas. Publicado en 1979, este breve ensayo que nos llega en traducción de la narradora y poeta Pilar Adón, tan próxima a la materia de la que se ocupa Fowles, tiene mucho de autobiografía y es, en última instancia, una poética en la que el autor habla tanto de la naturaleza como de la creatividad, el arte o la escritura.

Fowles empieza por evocar su infancia y la figura del padre, minucioso cuidador de un huerto mínimo —en el jardín trasero de la casa familiar, un adosado de la periferia londinense— que hizo nacer en el hijo el deseo de los espacios no acotados. En la campiña de Devon, adonde se trasladan durante los años de la Segunda Guerra Mundial, el adolescente que veía con desagrado esa dedicación casi obsesiva y encaminada a lograr el máximo rendimiento de unos pocos frutales, descubre el medio agreste, los árboles que crecen a su aire y conforman el ámbito superior —ancestral, mágico, casi sagrado— del bosque en su conjunto, felizmente ajeno a la intervención humana.

Tanto la rigurosa taxonomía de Linneo —Fowles, “naturalista aficionado”, se considera un hereje cuando visita el santuario de Uppsala— como el afán catalogador de la era victoriana y en general la pretensión científica de clasificarlo todo de acuerdo con patrones preestablecidos, son lastres que impiden la relación directa con el entorno natural, que lo cosifican y pervierten reduciéndolo a decorado, eliminando su misterio y alejándolo de la vivencia genuina. AI utilitarismo, que encubre el deseo de posesión, opone una disposición artística que es la que permite —como en el ámbito de la creación, donde no valen los planes ni las enseñanzas— enfrentarse a la naturaleza desde dentro de uno mismo, sin someterla o ajardinada. La ciencia se empeña en domesticar lo salvaje y de ese modo, pretendiendo explicarlo, lo hace incomprensible.

Fowles apoya el ecologismo en su vertiente no “sensiblera”, pero sus argumentos van por otro lado. De poco sirve conservar los paisajes —o recluirlos en reservas— si no somos capaces de entablar con ellos una comunión auténtica, imposible de representar en los libros o en los documentales. Grande o pequeño, el hortus conclusus o jardín cerrado es un pálido reflejo, muy distinto del “caos verde” que distingue a los bosques reales. Algo queda del temor que inspiraban corno símbolos del mal, aunque en nuestra época predominan el desdén o esa forma civilizada de acercamiento que es la aproximación didáctica, igualmente reductora e infecunda en el ámbito de la literatura.

La última parte de El árbol narra el viaje de reconocimiento de Fowles y su mujer al recóndito bosque de Wistman, oculto entre los páramos que inspiraron a Conan Doyle la aventura del sabueso de los Baskerville, donde rodeado de robles enanos y prodigiosos helechos confirma Io inefable de la experiencia intima de contacto con la naturaleza. El secreto, concluye, “consiste en ser, no en decir”, desde la conciencia personal y un presente incontaminado por las ideas previas, sin otra intención que fundirse con aquella para sentir —dejando en suspenso cualquier veleidad analítica— el pulso de la vida en libertad. De eso, de la libertad, es de lo que ha hablado todo el rato.

Ignacio F. Garmendia

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